junio de 2026

‘Sinfonía para un solo músico’, de Javier Mateo Hidalgo

Sinfonía para un solo músico
Javier Mateo Hidalgo
El sastre de Apollinaire, 2026

Sinfonía para un solo músico es el séptimo poemario de Javier Mateo Hidalgo, una obra que confirma la amplitud de sus intereses creativos y la coherencia de un proyecto literario cada vez más reconocible. Si en sus libros anteriores la pintura y la narración servían como cauce para la exploración autobiográfica, ahora es la música la que ocupa el centro del escenario. Se trata de una indagación en la propia identidad a través de aquello que la ha acompañado desde la infancia.

El propio autor ha explicado que este libro nace de su relación temprana con la formación musical, recibida entre los cuatro y los diecisiete años, y de una convicción que atraviesa todo el volumen: la música constituye «la más perfecta de las abstracciones». Aliada constante, banda sonora de la memoria y estímulo creativo, se convierte aquí en materia poética.

Sinfonía para un solo músico completa, junto a Novela (2024) y Exposición permanente (2025), una suerte de tríptico artístico donde literatura, pintura y música dialogan entre sí. En Novela, Javier Mateo Hidalgo convertía la experiencia personal en relato; en Exposición permanente, recorría la historia de la pintura para reflexionar sobre sus obsesiones, certezas e inquietudes. Este nuevo libro prolonga aquella búsqueda desde otra perspectiva. El itinerario por compositores, obras y recuerdos musicales funciona como un mapa emocional donde el poeta vuelve a narrarse a sí mismo.

La estructura del volumen responde a esa voluntad de convertir la experiencia en partitura. Dos poemas introductorios dan paso a cuatro movimientos —«Poco sostenuto-vivace», «Alegretto», «Descanso» y «Presto»— que reproducen, con cierta ironía afectuosa, la arquitectura de una sinfonía clásica. El propio autor lo reconoce en «Pastoral impresionista», cuando confiesa que la organización del poemario «tiende a ser una falsificación de la séptima beethoveniana». La referencia, lejos de resultar solemne, revela una de las virtudes del libro: su capacidad para conjugar conocimiento musical, cercanía expresiva y sentido del humor.

Desde el poema inaugural, «Último ensayo en el foso», se anuncia la clave de lectura: «Un único intérprete entre bambalinas / dará cuenta de todo el espectáculo. / Solo él sabe que aquellos músicos / de allá bajo son él mismo / y por él también son dirigidos». Ese músico solitario es, naturalmente, el propio poeta, encargado de ejecutar la partitura de una vida hecha de recuerdos, descubrimientos y pasiones. La música aparece como metáfora de la existencia.

La primera sección contiene algunas de las reflexiones más explícitas sobre el hecho creativo. En «Sueños y pasiones», por ejemplo: “¿Qué es la fantasía / sino un remedo de la realidad? / Una teatralización de la corriente vida, / un impulso de los sentimientos / que de las preocupaciones hacen poesía”. Se formula así una poética que atraviesa todo el libro: la escritura como transfiguración de la experiencia cotidiana. La música desempeña aquí una función estructural que va más allá de la referencia temática. Los poemas avanzan mediante variaciones, repeticiones y retornos semejantes a los de una composición musical. Motivos que parecían secundarios reaparecen más adelante enriquecidos por la memoria, como si cada sección retomara una melodía anterior para dotarla de un significado nuevo. Esa arquitectura interna confiere unidad a un volumen que, de otro modo, podría haberse limitado a una sucesión de evocaciones.

En «Alegretto», el tono se vuelve más evocador. Surgen episodios de adolescencia y juventud que revelan la formación sentimental del autor. Reaparece un antiguo compañero convertido en músico profesional; regresan los veranos en los Pirineos navarros acompañados por Debussy; y emerge una escena particularmente significativa: el muchacho inclinado hacia las artes que soporta con naturalidad las bromas de sus compañeros de instituto, quienes lo llaman «el violinista en el tejado». Lejos de sentirse herido, el joven se reconoce en esa imagen fantasiosa y la convierte en una afirmación de identidad.

La tercera sección, «Descanso», constituye probablemente el núcleo emocional del libro. La memoria se despliega con una nitidez afectuosa para recuperar la infancia y los años de aprendizaje. Aparecen los primeros estudios musicales, el profesor de violín que despertó una pasión duradera por la música y abrió también las puertas de la literatura y de la historia. Comparecen los viajes iniciáticos, la amistad y, sobre todo, la presencia de la familia.

Entre las composiciones más logradas destacan aquellas dedicadas al abuelo paterno. Su figura aparece asociada a una sensibilidad musical intuitiva, transmitida casi como una herencia invisible. En “Bohemios” escribe: “Ya de adolescente, / el padre de mi padre / aprendió a tocar la flauta travesera / sin saber que lo que interpretaba / era La flauta mágica de Mozart. / Lo supo mucho más adelante”. Ahí la anécdota trasciende: la belleza precede a menudo al conocimiento. Primero se siente; después se comprende. Son momentos en los que la emoción se impone a la reflexión y el libro alcanza una autenticidad particularmente convincente.

El último movimiento, «Presto», es también el más extenso y ambicioso. Aquí la música deja de ser únicamente recuerdo para convertirse en experiencia presente y horizonte vital. Compositores como Schumann, Albéniz o Smetana son convocados desde la emoción. Especial relevancia adquiere la serie inspirada en Kreisleriana, donde la obra musical se transforma en figura amorosa, en presencia deseada y siempre esquiva. La música es amante, refugio y destino: “Mujer amante, / mujer hecha música, / así te recreo, en cada movimiento / de esta pieza única”.

A medida que avanza esta sección final, el libro gana densidad simbólica. Las referencias musicales ya no remiten sólo a momentos biográficos concretos, sino que terminan configurando una auténtica filosofía de vida. La música aparece como disciplina de la sensibilidad, como forma de atención y como ejercicio de libertad interior. De ahí que uno de los versos finales resuma con acierto el sentido último del poemario, así deja escrito en “Coda”: “La vida se había convertido / precisamente en eso: / en una gran sinfonía / que esperaba a ser escrita, / y que sería interpretada / por un solo músico”.

Formalmente, Javier Mateo Hidalgo se mantiene fiel a una poesía clara y comunicativa. Su apuesta consiste en trasladar al poema la emoción de la experiencia sin recargarla de artificios. Esa transparencia, que podría parecer sencilla, encierra una notable dificultad: sostener el interés desde la autenticidad. Y el autor lo consigue cuando abandona cualquier tentación explicativa y permite que la memoria, la música y las imágenes hablen por sí mismas.

La propia organización del libro evidencia una creciente conciencia compositiva. Cada sección posee un ritmo diferenciado y una función concreta dentro del conjunto, de modo que la lectura avanza con la sensación de asistir a una obra concebida unitariamente. Esa búsqueda de una estructura orgánica constituye uno de los mayores aciertos del volumen y demuestra una madurez artística que ya se intuía en sus entregas anteriores.

En suma, Sinfonía para un solo músico consolida una voz que ha encontrado en las distintas artes un modo de narrarse y comprenderse. El libro funciona como una autobiografía emocional escrita en clave musical, pero también como una celebración de aquello que permanece cuando todo cambia: las pasiones que nos forman, los maestros que nos orientan y las melodías que siguen sonando mucho después de que el concierto haya terminado.

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