Viaje al Macondo real y otras crónicas
Alberto Salcedo Ramos
Editorial Pepitas de Calabaza, 2016
328 págs.
«El camino es la fuente, el tesoro, la riqueza, solo estando de viaje un reportero se siente él mismo, a sus anchas, se siente en casa», señala ese gran pesquisidor de la realidad contemporánea que fue Rysard Kapuściński. Este espíritu trashumante e indagador, propio de todo gran reportero, impregna las crónicas del colombiano Alberto Salcedo Ramos, quien, en Viaje al Macondo real, publicado en España por la editorial Pepitas de calabaza, recoge las voces, los paisajes, la música, las leyendas, los sufrimientos y anhelos de la Colombia más auténtica.
En un mundo plagado de noticias falsas y hueras que se suceden en cascada interminable, las crónicas de Salcedo Ramos asumen la responsabilidad olvidada por tantos periodistas: esclarecer la realidad con palabras, descender a la raíz, dar la voz a los humildes, a los que han sido olvidados y golpeados por los poderosos.
De esta manera, lo vemos acompañando a un niño de la etnia Kuna, en el departamento del Chocó, por la áspera trocha cargada de asechanzas y abrojos que separa a su pueblo de la escuela regional; o escuchando de boca de un juglar vallenato el origen de su leyenda; o recogiendo las metáforas que un palabrero emplea para evitar conflictos entre los miembros de su tribu; o sintiendo junto a un boxeador, triunfante o derrotado, los duros golpes que le da la vida; o registrando con los agentes de los servicios judiciales de la fiscalía, los rastros que deja la guadaña caprichosa de “la señora muerte”, en las calles de Bogotá; o transmitiéndonos el horror de las minas quiebrapatas que han llenado al país de mutilados.
Colombia es un país de paradojas y contrastes. Salcedo Ramos, atento siempre a las palabras, las recoge con humor e ironía, Pues sabe que «el lenguaje como las fábulas relacionadas con la riqueza siempre huidiza, ayuda a la gente a mantener el optimismo».
Así acontece en su crónica sobre los buscadores de oro, donde el entorno miserable de los pueblos ribereños en que se lleva a cabo la ingrata tarea de lavar la arena es a menudo bautizado con nombres fabulosos: «el porvenir, metrópolis, el progreso»; en el vívido relato que realiza de la matanza amenizada con gaitas que ocurrió en el pueblo de El Salado, que al igual que la Masacre de las Bananeras, es un símbolo de las muchas que han acaecido en Colombia. Un país colmado de villorrios perdidos que solo aparecen en los mapas cuando acontece una tragedia: «mueren, luego existen»; o en la dedicada a los juglares vallenatos, en la que el machismo desaforado de sus representantes se contrapone con la supuesta sumisión del hombre a la mujer, que parece sacada de un manual de caballería del amor cortés.
Las crónicas de Salcedo Ramos, como García Márquez señaló de las de Antonio Pigafetta, están escritas con rigor «y sin embargo parecen una aventura de la imaginación», un relato que nos sorprende y conmueve al mismo tiempo por su realismo inverosímil.
En sus páginas encontramos campesinos refraneros que intentan conjurar la barbarie de la guerra con proverbios, hermanos oscuros que se buscan enrolados en bandos enemigos, boxeadores agobiados por el fardo del pasado en la memoria, futbolistas que siguen anotando goles con una pierna fantasma, juglares vallenatos que se esponjan como gallos de riña…
Con una mirada aguda y cargada de empatía que registra imágenes y sonidos y combina el relato con los detalles del entorno, Alberto Salcedo Ramos, seguidor de la escuela del nuevo periodismo inaugurada por Truman Capote, entreteje sus historias con reflexiones e imágenes literarias al tiempo que realiza una crítica sutil sobre los grandes males de una sociedad terriblemente injusta y despiadada.
En su crónica del palabrero, en la que recoge las hermosas y medidas palabras que un recadero Wayú emplea para evitar conflictos entre los miembros de su tribu, nos dice: «pienso que Sierraiguana, hombre de metáforas, no tendría cabida en un mundo civilizado como el nuestro, en el que muchos pretenden cobrar a la brava hasta lo que no se les debe, pero nadie parece dispuesto a escuchar la palabra».
En la crónica que se refiere a la masacre de El Salado, las imágenes desoladas del entorno, se juntan con sus dolidas reflexiones a manera de colofón: «veo las calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en las paredes y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a ser unos asesinos, no son los únicos que han atropellado a esta pobre gente».
Fiel semblanza de un país difícil y esperanzado, en el que la existencia de muchos de sus habitantes es una metáfora de la resistencia cotidiana, las chispeantes y doloridas historias que Alberto Salcedo Ramos recoge en este libro, acaban conformando un nutrido, sorprendente e imprescindible collage de la Colombia actual.












