junio de 2024 - VIII Año

ALBRICIAS / Divagando

El orden es venerado y el desorden condenado, más vivir no te habrá valido la pena si hasta el momento de morir en todo has sido ordenado. Lo que la razón para bien ordena, la pasión también en muchas ocasiones para mejor lo desordena. Y no es bueno experimentarlo todo bajo la pauta que marca la primera, ni lo es vivirlo todo entregado a la segunda. Y a tal efecto el punto medio se acepta como remedio para salir del paso y siempre que al mismo se llegue por la aplicación a la vida del teorema central del límite, nunca por el mantenimiento de una ubicación equidistante, pues tal eclecticismo no deja de tener un punto cobarde y oportunista.
Sólo el niño y el loco mientras no muten y conserven su esencia están libres de manera permanente de parecer ridículos, su propia risa les es autosuficiente, son felices por su cuenta, para ellos no existe el largo plazo, están en permanente caprichoso cambio y en ambos se admite cierto desorden en su habitual devenir. En el primero esto ocurre, porque solo ha alcanzado como máximo en un cincuenta por ciento su capacidad de razonar; y en el segundo sucede, porque le ha abandonado la razón como mínimo en un cincuenta por ciento.

Ambos [niño y loco] coinciden al nutrirse prácticamente solo de experiencias y los dos se permiten el lujo de prescindir en gran medida de las ideas, lo que los hace seres sujetos plenos de sus actos y no seres previamente sujetados frente a la perpetración y ejecución de estos. Ninguno aparenta ansias de acumular, y para su suerte el límite de la función lineal de sus preocupaciones situado en cualquier punto dentro del eje de coordenadas tiende a cero.

Es harto sabido que si nada se tiene no se tiene nada que perder, y lo que es más destacable nada se tiene obviamente que hacer en gasto de energía y empleo de esfuerzo, más allá de simplemente respirar, para conservar todo lo que tiene, que es nada, pudiéndose también decir que sencillamente es cero.

Sólo el guarismo del cero, de la ausencia de todo y de la nada tiene como representación simbólica la circunferencia, esa línea curva cerrada en la que todos sus puntos están a la misma distancia de otro llamado centro; que se caracteriza por no tener identificado un punto de comienzo y otro final. El resto de números todos en su trazo se sabe por dónde empezaron y cuál fue su punto al terminar; ese donde ya solo queda apagar la luz antes de salir.

Curiosamente el número que simboliza la nada, la ausencia de todo, coincide en su representación con la simplificada del Sol, estrella conocida como el astro rey, que con su círculo interior pintado de amarillo haría un niño y un loco, tengan prisa o no en acabar su obra.

Y para el cálculo de su longitud se precisa de una constante, un número irracional de infinitos decimales, descubierto por el griego Arquímedes, basándose en el teorema de Pitágoras. Pero mira tú por donde fue la inexistencia del cero en el sistema numérico romano, pese a conocer la circunferencia (circular era la medalla que Valeria Mesalina llevaba colgada de su cintura con la leyenda “Hic hábitat felicitas”), lo que hizo que este por tal carencia dejara de ser útil. Como dijo al hablar de su matrimonio su cornudo esposo Claudio: “Al no tener el cero no es un sistema redondo”; y por tanto era un sistema incompleto, que no imperfecto, como también ocurre con el niño y el loco.

¿Quién quiere ser perfecto y completo? El oso polar es un ser perfecto y completo para vivir en el Ártico y el camello es un ser perfecto y completo para vivir en el Sáhara, y es la imperfección que deriva de no ser completo para vivir en ninguno de ambos ecosistemas lo que hace del ser humano –sea cuerdo o loco, sea niño o adulto-, la especie más adaptativa, y en cierto modo por tal causa la superior, pues es el único que puede vivir en los dos hábitats, sin necesidad de puntualmente hibernar ni de estar todo el día jorobado.
Y para los que están siempre esperando, pues nadie que sea adulto y cuerdo se libra de necesitar su propia dosis de infelicidad, la espera alguna famosa la pasaba fumando y otros más anónimos y desconocidos la entretenemos divagando. Divagar es escapar, mentalmente jugar a ser libre como el loco o el niño, buscar estrategias y vías alternativas con las que poder para siempre dar por finalizados capítulos de la existencia que en su momento se iniciaron con vocación de eternidad; pero que por la inevitable rutina consecuencia de la ausencia del cambio nos hacen sentirnos esclavizados.

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