mayo de 2024 - VIII Año

ALGARABÍAS / Los ojos de Amarilis

Construcción de la Torre de Babel

El 7 de abril de 1632 moría en Madrid Marta de Nevares, el último amor de Lope de Vega. En las obras del Fénix es nombrada unas veces como Amarilis y otras como Marcia Leonarda.

Su relación había empezado cuando Lope estaba en la cumbre de su éxito como dramaturgo, en 1616. Él, que tenía en ese momento cincuenta y tres años, había tenido una muy agitada vida sentimental, con dos matrimonios, un sinfín de relaciones amorosas y catorce hijos, nada menos, de los cuales vivían únicamente tres. Se había ordenado sacerdote en 1614: en parte por la profunda crisis existencial que sufrió a la muerte de su segunda esposa, Juana de Guardo; en parte por las oportunidades de ascenso social que entrar en religión podía proporcionarle. Ejercía por entonces como secretario del duque de Sessa, además de auxiliar al aristócrata en sus lances amorosos.

Marta tenía en 1616 veinticinco años y estaba casada desde los trece con un tal Roque Hernández (de quien Lope se burla con despiadada crueldad en su correspondencia, tachándolo de animal). Marta y Roque tenían casa en la calle del Infante, muy cerca de la calle Francos (hoy Cervantes), donde residía Lope. (Tiene estas bromas el destino: la calle en que vivía Lope, donde hoy puede visitarse su casa-museo, lleva el nombre de Cervantes; en tanto que al autor del Quijote se le dio sepultura en el convento de las Trinitarias, con fachada y monumento conmemorativo en la calle Lope de Vega. Sorprendente e involuntario cruce: no sabemos qué opinión les hubiera merecido a nuestros autores, que, a pesar de sentir mutua admiración, no siempre estuvieron en las mejores relaciones).

Marta y Roque eran vecinos de Lope desde 1609. Por la correspondencia de Lope se sabe que su amor empezó siendo meramente platónico («plutónico», dice él, por el dolor que le causaba el enamoramiento).

Encarece Lope en sus textos la belleza física de Marta, sus ojos verdes, que no se cansó de cantar, y sus rizados cabellos negros, pero también su amor por la poesía (dice haberla conocido en una academia literaria) y la hermosura de su voz:

Canta Amarilis, y su voz levanta
Mi alma desde el orbe de la luna
A las inteligencias, que ninguna
La suya imita con dulzura tanta.

De su número luego me trasplanta
A la unidad, que por sí misma es una,
Y, cual si fuera de su coro alguna,
Alaba su grandeza cuando canta.

 Apártame del mundo tal distancia
Que el pensamiento en su Hacedor termina,
Mano, destreza, voz y consonancia.

Y es argumento que su voz divina
Algo tiene de angélica sustancia,
Pues a contemplación tan alta inclina.

Edición príncipe de ‘Amarilis’ (Madrid, Francisco Martínez, 1633)

Iniciaron una relación a espaldas del marido. El poeta se enamoró perdidamente. Él mismo se lo escribió a su protector, el duque de Sessa: «Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar en esto».

Es fácil imaginar las maledicencias que suscitó el amorío entre el galán otoñal metido a cura y la joven malcasada, especialmente cuando ella dio a luz a una hija de Lope, Antonia Clara, en agosto de 1617, mientras continuaba viviendo con su marido. La historia es turbia: tal vez a instancias del marido, de quien Lope no se recata de burlarse, llamándolo «puto», el dramaturgo fue atacado en la calle por unos malhechores y se libró por poco.

Al año siguiente, Marta pidió la anulación de su matrimonio y se trasladó a casa de su madre, en la calle de Cantarranas (hoy calle Lope de Vega). Roque murió poco después, en 1620, y Marta termina instalándose en casa de Lope, viviendo con él en lo que para la opinión pública era escandaloso y sacrílego concubinato.

Entre las sátiras más despiadadas que suscitó la relación entre Lope de Vega y Marta de Nevares está una conocida décima de Góngora:

Dicho me han por una carta
Que es tu cómica persona
Sobre los manteles mona
Y entre las sábanas marta.
Agudeza tiene harta
Lo que me advierten después:
Que tu nombre del revés,
Siendo Lope de la faz,
En faz del mundo y en paz
Pelo de esta marta es.

En 1627 les visita la desgracia. Marta sufre una enfermedad ocular que terminará por producirle la ceguera. A pesar de la angustiosa situación, Lope aún tiene humor para mezclar a su tristeza petrarquistas requiebros: los ojos de Amarilis, que matan de amor, son ahora objeto de una cruel venganza. «Yo pienso que los ahorcan donde hicieron el delito», escribe.

En la égloga «Amarilis», compuesta tras la muerte de Marta, se pone de manifiesto el intenso dolor que le causó a Lope la enfermedad de su amada:

Cuando yo vi mis luces eclipsarse,
Cuando yo vi mi sol oscurecerse,
Mis verdes esmeraldas enlutarse
Y mis puras estrellas esconderse,
No puede mi desdicha ponderarse,
Ni mi grave dolor encarecerse,
Ni puede aquí sin lágrimas decirse
Cómo se fue mi sol al despedirse. 

Los ojos de los dos tanto sintieron
Que no sé cuáles más se lastimaron,
Los que en ella cegaron, o en mí vieron,
Ni aun sabe el mismo Amor lo que cegaron,
Aunque sola su luz oscurecieron,
Que en lo demás bellísimos quedaron,
Pareciendo al mirarlos que mentían,
Pues mataban de amor lo que no vían.

Después, relata Lope en esta égloga, por si la ceguera no fuera maldición bastante, Marta perdió también la cordura (algunos biógrafos del Fénix han puesto en duda que esto llegase a suceder). En todo caso, Lope cuidó amorosamente de ella hasta su muerte, el 7 de abril de 1632, que le produjo una infinita desolación:

Ya es muerta, decid a todos,
Ya cubre poca tierra
La divina Amarilis,
Honor y gloria vuestra; 

Aquella cuyos ojos
Verdes, de amor centellas,
Músicos celestiales,
Orfeos de almas eran, 

Cuyas hermosas niñas
Tenían, como reinas,
Doseles de su frente
Con armas de sus cejas.

Bellísimo y muy tierno es el poema que José Hierro dedicó a los amores de Lope y Marta, incluido en su libro Agenda. El sujeto lírico es el propio Lope, un Lope envejecido y cansado que dedica todas sus energías a cuidar de su amada, loca y ciega. Así termina el poema de Hierro:

Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.

 

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Escrito por

Archivo Entreletras

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