mayo de 2024 - VIII Año

El cientificismo: una doctrina anti-científica

Ilustración de Eugenio Rivera

En los dos últimos siglos, en paralelo al desarrollo científico, nació la “doctrina cientificista” o “cientificismo”. Esta considera al conocimiento científico como el único que posee valor de tal, y que el “método científico” se puede y se debe aplicar a cualquier ámbito de la vida. No trata de imponer una hegemonía espiritual de las ciencias, sino la de un presunto “racionalismo científico”, considerado como única racionalidad posible. Aunque no nació de las ciencias. Sus primeras formulaciones, a comienzos del siglo XIX, fueron el utilitarismo de Bentham (1748-1832) y la filosofía positivista de Comte (1798-1857). Después, ha permanecido como una constante en el pensamiento de los dos últimos siglos, pese a la inconsistencia de la ley de los tres estados (teológico, metafísico y positivo), del positivismo de Comte, y a la indeterminación de la “felicidad general” y la “utilidad para los más”, al margen de toda ética, de Bentham.

La “dogmática cientificista” aparecida en los siglos XIX y XX, fue sorprendente. El “cientificismo” ha alcanzado un prestigio social que los científicos casi nunca, ni siquiera actualmente, han conseguido. La actitud característica del científico ha sido siempre la duda. El “cientificismo” parte de la total seguridad en sus dogmas, mientras que el científico, en su quehacer, parte de que nunca son seguras las asociaciones entre datos y observaciones. Para el “cientificista”, sus dogmas son definitivos —por ser “científicos”—, mientras que, para el científico, todas las evidencias han de considerarse “falsables” y, por tanto, provisionales y sometidas a revisión. El espíritu científico se caracteriza por cuestionar todas las realidades, incluso las evidentes. El científico comprueba hasta qué punto las cosas son, o no, como parecen, y sostiene que lo dado por sabido nunca hay que dejar de cuestionarlo y revisarlo.

Sirva algún ejemplo. Uno de los más claros es el de la observación de que, pese a que la evidencia de nuestros sentidos nos dice que el Sol gira en torno a la Tierra, eso no es así. Una observación más completa revela lo contrario. La astronomía demostró que lo que parecía evidente y de sentido común era erróneo. La grandeza de Ptolomeo (100-170), al planteárselo, y la de Copérnico 1473-1543), Kepler (1571-1630), Galileo (1564-1642) y otros, fue dudar de esa falsa creencia. O la aventura científica que fue la confección del calendario actual. El año definido por el Papa Gregorio XIII (1502-1585), en 1582, tras miles de años de cálculos, fijó su duración en 365 días, 6 horas, 9 minutos y 9,76 segundos… para que, después, se descubriese que ningún año tiene la misma duración. O las expediciones para alcanzar los Polos, Norte y Sur, magnéticos y geográficos, que sólo permitieron descubrir que no hay donde colocar la bandera, pues los Polos terrestres están en permanente movimiento.

Para la “dogmática cientificista”, las ciencias son irrelevantes, casi un estorbo. En realidad, al “cientificismo” no le interesan las ciencias, sino “La Ciencia”, nuevo tótem de una presunta “racionalidad absoluta” que, por fin, se ha configurado en modo “verdaderamente racional”. La “Ciencia”, en singlar y con mayúscula, se encumbra a instancia única y absoluta. Como si la física, las matemáticas, la química, la lógica o la biología, etc., y sus problemas, pudieran reconducirse a una única instancia integradora: “La Ciencia”. El “cientificismo” ignora y desprecia el hecho de que las ciencias se sujetan a sus propios mecanismos de ensayo y error. El “cientificismo”, en su ignorancia, olvida que las ciencias no admiten la traslación de sus principios a la vida social pues eso es, científicamente hablando, muy anticientífico. El cientificismo opera desde prejuicios.

El “cientificismo” instituye a esa “Ciencia” en nueva “instancia suprema”, aunque sea una “Ciencia” irreal, al margen de las ciencias reales, que las ha enarbolado para desplazar y sustituir hasta a la divinidad. La “Ciencia” única y absoluta del “cientificismo”, en tanto que instancia racional suprema, se emplea para cuestionar toda clase de saberes y creencias, a los que reputa de “no científicos” para condenarlos. El “cientificismo” ha puesto en cuestión toda la tradición cultural europea y las creencias religiosas, morales y políticas. Poe contra, las ciencias empíricas nunca han intervenido en asuntos de religión, moral o política.

A diferencia de las ciencias formales, las ciencias experimentales, física, química, biología, etc., divergen en métodos y resultados de otras ciencias y saberes. Las ciencias son disciplinas circunscritas a ámbitos parciales, concretos y bien delimitados de la realidad. Parten de constatar el resultado de observaciones cruciales o “experimentos”. Y, a partir de resultados empíricos, mediante la matemática, establecen regularidades empíricamente mensurables. Regularidades que, una vez verificadas en muchos casos, permiten inducir principios generales. No inducen “verdades definitivas”, sino provisionales, y no versan sobre lo absoluto o sobre el “ser”. Son conocimientos pequeños, limitados, circunscritos a la materia empírica disponible. A cambio sus conocimientos son seguros y permiten actuar sobre la realidad con eficacia.

Las ciencias experimentales no son, en principio, racionales, sino empíricas. Sólo las ciencias formales (lógica y matemática), ciencias auxiliares de las otras, son íntegramente racionales. La racionalidad en las ciencias nunca es originaria. No es una racionalidad deductiva, sino una racionalidad derivada de la inducción realizada a partir de los datos de la experiencia, irracionales por definición. Sólo tras la constatación experimental de que todos los objetos en caída libre lo hacen con una aceleración uniforme de 9,8 m/s2, pudo Newton (1647-1727) establecer el principio de la gravitación universal, no antes.

Las ciencias empíricas constituyen una forma de conocimiento sistemático muy peculiar y demasiado reciente. Peculiar especialmente para la tradición de los saberes establecida en el mundo greco-latino y el medieval, más orientado a la deducción desde los “primeros principios”. Los antiguos, como bien expuso Kant (1724-1804), en los prólogos de la Crítica de la Razón Pura, introdujeron la lógica y la matemática en el camino seguro de la ciencia. Pero tanto la lógica como la matemática son ciencias formales. En ellas, la deducción es el único camino posible de avance de los conocimientos.

Para los antiguos, lo que hoy llamamos ciencias se situaba en lo que Aristóteles (384-322 a. C.) denominó “techné” (τέχνη) y “episteme” (ἐπιστήμη). Saberes completos pero situados por debajo del saber superior, la “sabiduría” (Sofía, Σοφία). La única ciencia experimental que se desarrolló ampliamente en la antigüedad, desde los egipcios y sobre todo desde los caldeos, fue la astronomía. Aunque ésta solía venir acompañada de una hermanastra, abnegada pero impura: la astrología. Abnegada, pues gracias a la astrología pudieron vivir los astrónomos hasta el siglo XIX, vendiendo cartas astrales y horóscopos, pero de indudable impureza por ser el astrológico un saber mágico.

Las ciencias experimentales modernas han logrado afirmarse entre los saberes en una posición de primacía indiscutible. Y lo han logrado por razón de las aplicaciones prácticas de los resultados de la investigación científica, múltiples y efectivas. Es decir, que han conseguido la supremacía en el ámbito de los saberes mediante las denominadas ciencias aplicadas. Como antes se mencionó, ya los griegos habían ligado los conocimientos teóricos de las ciencias con las tecnologías (techné τέχνη y episteme ἐπιστήμη), y el desarrollo de las ciencias modernas ha seguido esa misma orientación.

El desarrollo científico va unido a la idea de progreso, pues las ciencias han progresado, indiscutiblemente. Porque el “progreso” no se da en todos los saberes o, se da de modos muy difusos fuera de las ciencias. La idea de “progreso” en filosofía es una ilusión común en su historia. La filosofía ocupa un lugar intermedio entre el arte, en el que la idea de progreso carece de significado, y las ciencias, en las que el progreso es mensurable. El progreso filosófico quizá pueda existir, pero es difícil no retornar frecuentemente a Platón y a Aristóteles. Obligatorio en la ciencia e ilusorio en el arte, el progreso es opcional en la filosofía.

Aunque debe subrayarse que las ciencias siempre han necesitado la libertad. La investigación científica y técnica ha necesitado siempre, y quizá lo necesita hoy más que nunca, de la iniciativa individual y de la libertad individual de los científicos, para que las conclusiones o resultados a los que llegan en sus investigaciones prevalezcan frente a ideologías, autoridades y mayorías. Si las ciencias hubiesen tenido que atenerse a las mayorías, incluso a las mayorías de científicos, ni Copérnico, ni Kepler, ni Newton, ni Einstein hubiesen podido progresar, pues las mayorías científicas de sus épocas respectivas fueron muy adversas a sus resultados científicos, al menos inicialmente.

Y, sobre todo, las ciencias modernas han evitado siempre configurar “absolutos”, sea bajo las formas teológicas de “la divinidad”, o de las metafísicas de la “Verdad”. Las ciencias no han pretendido siquiera definir la realidad o la materialidad del mundo. Las ciencias son sistemas de saberes en permanente estado de revisión y puesta en cuestión de sus definiciones y conceptos. Los casos citados del giro de la Tierra alrededor del Sol, la duración precisa del año o la imposible determinación de los Polos terrestres, son palmarios. Y, menos aún, han pretendido erigirse las ciencias en portadoras de una “Verdad” suprema en lo gnoseológico y absoluta y perenne en su formulación, por ser “científica”. Tampoco han pretendido que toda la realidad pueda ser conocida solo científicamente.

Por el contrario, la fe “cientificista” ha divinizado de nuevo la “Verdad”, también en singular y con mayúsculas, como la “Ciencia” en que dice inspirarse. Para ello, el “cientificismo” ha atribuido a esa “Verdad” los caracteres que antaño fueron utilizados para determinar la esencia divina. El “cientificismo” ha pretendido transformar la fe en Dios en fe en la verdad (científica). Es heredero inconsciente de la vieja metafísica. El “cientificismo” no está relacionado con las ciencias, sino con las viejas dogmáticas teológicas y filosóficas.

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