“Mas la escuela no es sólo el edificio; la escuela es fundamentalmente el maestro”
Ha habido distintos personajes en nuestro país que han ensalzado la figura del maestro. Precisamente, en un artículo en este mismo medio de El Obrero, no hace mucho, estudiamos cómo para Rodolfo Llopis lo más importante en Pestalozzi fue haber querido y conseguido ser maestro, a propósito del homenaje que se le hizo en las páginas de El Socialista por su centenario. Pues bien, volvemos a un personaje socialista, en este caso el intenso humanista que fue Fernando de los Ríos, para seguir insistiendo en la figura clave del maestro, del profesor, del docente.
La escuela, como hemos puesto en el inicio del artículo, era para Fernando de los Ríos más que el edificio, era el maestro. Y si España, en la Segunda República, estaba empeñada en reforzar la educación y la cultura, debía atender como prioritario e indispensable al maestro, debía reformar la formación científica del mismo y su actuación profesional. En ese momento crucial de cambio el esfuerzo del maestro debía ser “infinitamente mayor y de calidad diferente”.
¿Qué necesitaba el maestro para De los Ríos?
Pues tres “emociones fundamentales”, requisitos para poder cumplir su función de educador:
-El maestro necesitaba profunda fe en la cultura.
-El maestro necesitaba amor hacia el niño.
-El maestro necesitaba contar con un alto sentido del respeto que se debía a la conciencia del alumno.
Si faltaba alguna de estas tres condiciones, y siempre según nuestro protagonista, ya no había maestro “en la integridad y en la plenitud de su acepción”. Y así debía ser porque el maestro tenía que ser educador, “duco”, el que conduce y guia espiritualmente.
El maestro tenía, por lo tanto, una gran responsabilidad porque su función tenía que ver con crear en la conciencia infantil la sed por el saber, por la curiosidad, y por el respeto hacia todo.
El maestro debía tener cómo máxima el principio de Espinoza, “sed inteligere”, comprender. Así era, comprender y hacer accesible al niño a todo lo noble. El odio, el menosprecio, la perfidia en el modo de comportarse eran actitudes que atentaban contra la conciencia, “porque la conciencia tiene su dios mayor y el dios mayor de la conciencia es la virtud de la veracidad”.
Sin lugar a dudas, Fernando de los Ríos, hijo de la Institución Libre de Enseñanza, nos ha dejado un legado inigualable en el campo de la educación, como en otros ámbitos políticos y sociales en nuestro pasado no tan lejano.
En estos tiempos tan difíciles para la educación el magisterio del humanista, catedrático, diputado y ministro que fue Fernando de los Ríos puede ser muy inspirador para tantos docentes cansados, aburridos y que padecen serias dificultades para trabajar.
Las ideas expuestas en este artículo salen del discurso pronunciado por Fernando de los Ríos ante el Comité de Cooperación Internacional en febrero de 1932.
Fuente: El Socialista, número 7196.











