septiembre 2020 - IV Año

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Hollywood agoniza

hollywoodEl complejo cinematográfico que conocemos bajo el nombre de Hollywood ha sido, sin duda, una herramienta de poder consustancial a la hegemonía ideológica de Estados Unidos en el Planeta. Su capacidad para imponer a escala masiva una visión del mundo en clave capitalista y para ahormar una serie de estilos de vida basados en el american way of life, incluso en lejanas latitudes geográficas y culturales, se convirtió en una poderosa evidencia durante décadas, señaladamente desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy, ese emporio otrora omnipotente agoniza asaeteado por contradicciones que él mismo atizó durante décadas en otros escenarios de la vida política y social del mundo. Veamos los circuitos por los cuales este proceso avanzó de manera inexorable hasta mostrar el perfil agonizante que expresa en nuestros días.

Mucho antes de concluir la segunda gran contienda mundial en los campos de batalla, Hollywood en buena parte la había ganado ya en las pantallas y en las mentes de millones de espectadores. Tanto era su potencial ideológico, de persuasión y convicción, que consiguió oponer primero -e imponer después- un poderoso y eficaz contramodelo propagandístico al aparato escenográfico, tan perversa como magistralmente, elaborado por la calenturienta mente de Josep Goebbels, el taumaturgo del nazismo hitleriano. La clave de aquel éxito fue que Hollywood, a grandes rasgos, se atuvo a valores y razones de democraticidad y antinazismo en los contenidos de su filmografía.

Derrotado militarmente el monstruo hitleriano –con el fascismo de Mussolini y el franquismo fue mucho más indulgente por razones o sinrazones que habrá que explicar- Hollywood quedó conectado estrechamente a las necesidades geopolíticas, geoestratégicas y geoeconómicas de Washington. Se trataba de un aparato reproductor de ideología de tanta importancia como para embridarlo atirantadamente desde los poderes político-económicos. La pretensión hacia la hegemonía mundial estadounidense había quedado señalada de manera brutal tras el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en dos días de agosto de 1945, con un desenlace, según fuentes distintas, de entre 120.000 y 180.000 víctimas instantáneas, pese a que Japón se hallaba ya derrotado en todos los escenarios bélicos.

casa blancaEn pos de aquel designio por el dominio mundial, Washington se convertiría en el principal accionista, directo e indirecto, de La Meca del Cine, para transformarla en el crucial altavoz del propósito hegemónico señalado. Por ello, los poderes fácticos estadounidenses -la Casa Blanca, el Pentágono, Wall Street, la CIA, el FBI y la Mafia-, decidieron que a Hollywood no le faltara nunca una fluida financiación, directa o indirecta. Y le impusieron una nueva tarea: el enemigo a abatir lo sería a partir de entonces el socialismo soviético. El cambio de rumbo en los contenidos de los filmes producidos en Hollywood sobrevenía toda vez que la alianza militar entre Estados Unidos y la URSS, crucial para la derrota del hitlerismo, quedó rota a la muerte de Franklin D. Roosevelt, al concluir la segunda gran guerra. Aquella rotura obedecía al pertinaz propósito de su sucesor, el presidente Harry S. Truman y de los poderes fácticos estadounidenses, de dividir Alemania y de truncar toda posibilidad de una Europa en paz con Moscú, eventualidad que llenaba –y llena aún hoy- de pánico a la Casa Blanca.

Represión de los sueños de paz

A partir de entonces, el principal cometido asumido por Washington a propósito de Hollywood consistió en forzarle a erradicar cualquier tipo de empatía con el socialismo y el comunismo por parte de intelectuales norteamericanos, en general y guionistas, actores/actrices, productores y directores cinematográficos, en particular. Y lo hizo mediante el férreo control de las distribuidoras cinematográficas y de las fuentes financieras con las que surtía a los grandes estudios; también a través de la represión directa e implacable de quienes habían creído en la durabilidad de la alianza antinazi de la etapa bélica y en la posibilidad de que, tras la hecatombe de la atroz segunda gran guerra, Washington inaugurara una suerte de ‘paz perpetua’, en clave kantiana, que deseaban ver avalada por Moscú, donde tampoco faltaban soñadores.

CazabrujasNo fueron las cosas como soñaban los idealistas. Surgió así el ominoso Tribunal de Actividades Antiamericanas, aventado por el senador Joseph Macarthy, que contaría con la colaboración de un oscuro instructor que llegaría a ser el futuro -y perjuro- presidente estadounidense, Richard M. Nixon. Aquel espantajo de tribunal cercenó toda pretensión de pluralidad ideológica en el seno de Hollywood, dejando una oscura estela de cadáveres artísticos, delaciones y exilios, como el del propio Charles Chaplin. El miedo al proceder inquisitorial del aparato de Estado norteamericano quedó interiorizado hasta el último rincón de los grandes estudios cinematográficos. La Guerra Fría comenzaba a dar sus primeros pasos.

La Casa Blanca volvió a las andadas: la guerra de Corea en 1950-1953 impuso a Hollywood la obediencia de integrar en el ADN de sus contenidos cinematográficos un nacional-imperialismo –de ribetes abiertamente racistas- frente al supuesto peligro amarillo de japoneses, coreanos y chinos- que se prolongaría hasta las filmaciones contemporáneas de Steven Spielberg. De tal modo, Hollywood se convertiría, de hecho, en el principal heraldo de la acción exterior, señaladamente bélica e imperialista, de Estados Unidos en el mundo. Asistimos desde entonces a una permanente ceremonia de legitimación, heroificación y mitologización, por vía cinematográfica, de las políticas belicistas de Washington, incluidas las actividades de la CIA por todo el Planeta: sean golpes de Estado, asesinatos políticos, derrocamientos de líderes democráticos, -Salvador Allende fue una de sus miles de víctimas-, persecuciones por razones ideológicas de minorías y todo un repertorio de terror oficializado. Los enemigos del imperio están por todas partes, dice el discurso oficial.

Para ello, resultaba necesario que Hollywood asumiera la tarea de policializar la vida cotidiana de los millones de espectadores de sus filmes –son miles las tramas de guiones a base de policías, expolicías o particulares que se toman la justicia por su mano-, eludiendo la indagación de las causas de conflictos sociales que, en su mayoría, han sido y son inducidos por la aplicación manu militari en América Latina, África y Asia, del ultraliberal modelo del american way of life a la vida política y cotidiana otros pueblos. Los contenidos de la filmografía de Hollywood han pasado a ceñirse, en su mayor parte, al tratamiento de la mera represión y erradicación de los efectos de los conflictos sociales, de los cuales la autocensura previa había apartado los más agudos en el interior de Estados Unidos, los de tipo racial; estos se veían sustituidos en los contenidos cinematográficos por la asignación de papeles de reparto o funciones relevantes –señaladamente jueces u oficiales de policía- a actores de color; las actrices tardarían mucho más en acceder a la primera línea escénica. La realidad social norteamericana mostraba una faz bien distinta, con ghettos de color en plena ebullición.

harryY ello desplegando de manera incesante todo un aparato gigantesco de efectos especiales donde las armas, su uso, consumo y abuso, devienen en la única alternativa para acabar con todo lo malo existente a costa del sencillo mecanismo de disparar. Nadie en Estados Unidos parece poner en relación la proliferación de asesinatos a mansalva en universidades y centros escolares por parte de francotiradores espontáneos con el mensaje de violencia salvaje ínsito en la mayor parte de los filmes que Hollywood hoy emite.

Y, eso, sí, en el otro plato de la balanza, la Meca del cine se ha especializado en resaltar los valores de la familia en clave nacionalista estadounidense, mitificada en su versión más individualista e insolidaria: que matan a uno de los míos, aniquilo a diez de los suyos. Tal es el lema a seguir. Y todo ello siguiendo rituales etnocéntricos, de una sociedad como la de Estados Unidos, otrora baluarte democrático y antifascista, hoy sometida al pensamiento único ultraliberal, pero fragmentada por gravísimos antagonismos de clase, cuya élite multimillonaria, general y moralmente analfabeta, se apresta siempre a avalar u ocultar, sin posiciones intermedias, el papel de las fuerzas de ocupación, ideológica o militar, que sus Gobiernos despliegan a lo largo del mundo.

Nadie cree ya en los mensajes de Hollywood. Washington agoniza hoy porque el estilo de vida que popularizó, basado en el individualismo insolidario y en la dolarización de la vida, de toda forma de vida, ha tocado techo con las crisis inducidas por la voracidad del capital financiero y por la infiltración del crimen organizado entre las prácticas de sus más altos rangos. El conflicto ha acabado por instalarse en la Presidencia estadounidense, institución mitificada hasta la náusea en miles de guiones cinematográficos que ya no pueden proclamar que el bien común, el honor, la justicia y la dignidad residen en la avenida de Pensilvania. Un típico producto de Hollywood pelea allí contra todo aquello que Hollywood produjo. Y lo hace con los mismos códigos que Hollywood asumió imponer al mundo. ¿Dónde quedó el mensaje emancipador de los Padres Fundadores de la Unión?

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