septiembre 2020 - IV Año

LUGARES

Vietnam: El país de los nueve dragones

Fotografías: Pilar Pérez-Fuentes.

Viet 6Desde que a finales de los años ochenta, siguiendo el ejemplo chino, los dirigentes vietnamitas decidieran poner fin a la planificación centralizada de la economía y abrir el país al capital extranjero y al comercio internacional, el país ha experimentado un crecimiento económico sin precedentes. Tras una historia de invasiones y guerras (contra chinos, champas, jemeres, franceses, japoneses y estadounidenses), el sufrido pueblo vietnamita lleva treinta años disfrutando del que probablemente sea periodo de paz y prosperidad más largo de su historia.

Además, desde hace unos años, Vietnam se ha convertido en un destino de moda para todo tipo de turistas: jóvenes amantes del senderismo, el motociclismo o las excursiones de montaña; grupos de la clase media de países asiáticos y occidentales; jubilados de renta alta en busca de destinos exóticos. Incluyendo por supuesto muchos estadounidenses para quienes, por razones obvias, el país tiene un ‘morbo’ especial.

Viajando de norte a sur, observando la multitud de construcciones y obras públicas, visitando sus ciudades, sus aldeas montañosas, sus extensos arrozales, sus monumentos y lugares de interés, alojándose en sus hoteles, entrando en los museos, comprando en sus innumerables tiendas, tenderetes, badulaques y comercios de todo tipo, probando en sus restaurantes y quioscos la excelente comida vietnamita, o simplemente caminando sus carreteras, caminos y calles, el visitante que llega por vez primera tiene la sensación de asistir a una explosión, a ratos excesiva, con frecuencia repetitiva e ingenua, de un consumismo incipiente: el primero que los vietnamitas han conocido en su historia.

Una impresión reforzada porque ese mismo visitante tiene enseguida la sensación de que gran parte de la vida de sus gentes tiene lugar ‘hacia afuera’, en la calle. Lo que genera un tráfago continuado de personas y mercancías que, en un primer momento, puede aturdir o incluso asustar. Cruzar por vez primera una avenida de Hanoi o de Saigón (rebautizada Ho Chi Minh City) con cientos de automóviles y miles de motos circulando en todas direcciones suele resultar una experiencia desconcertante cuando no desalentadora… hasta que uno descubre otra de las sobresalientes cualidades de los vietnamitas cuál es su extraordinaria cortesía. Pues si el espantado turista atraviesa Vietcon calma (mejor por un paso de cebra o con el semáforo en verde, por supuesto) y se mueve en una dirección definida, los conductores vietnamitas le tratarán como a uno de los suyos y lo esquivarán con gran habilidad permitiéndole llegar a su destino sano y salvo. De hecho, en los dieciocho días que pasé en el país asombrado por su caótico tráfico rodado -que, a poco que uno se fije, muestra lógicas fácilmente reconocibles- solo vi un accidente en el que, al parecer, un camión había arrollado a un motorista en un cruce. Y el tráfico, metáfora de la vida, fluye. Más despacio unas veces más deprisa otras, pero fluye. Pese a lo que cabía esper sufrí pocos atascos duraderos. Si conducir un vehículo de motor pone de manifiesto el carácter de la gente entonces los vietnamitas son activos, pacientes, listos y tenaces.

En general, se confrontan poco y resuelven con rapidez y sobre la marcha. Los usos que una moto (normalmente escúteres de baja cilindrada) puede llegar a tener son inimaginables. Niños y niñas se socializan sobre ellas entre las piernas, pechos y espaldas de sus padres y madres. Sobre todo, de sus madres. Pues ese es otro rasgo característico del paisaje vietnamita: la masiva presencia de mujeres en los espacios públicos, en particular de las jóvenes conduciendo -la cara cubierta con una mascarilla- sus motos sin parar de un sitio a otro. Vietnam tiene una de las tasas de actividad femenina más elevadas del mundo y la propaganda oficial ensalza el papel de las mujeres como estudiantes, trabajadoras o militares. ¿Significa eso que la igualdad real entre hombres y mujeres está más cerca que en otros lugares? El peso de la tradición, la presión para que representen las ‘esencias’ tribales o de país, la casi exclusiva presencia masculina en los cafés y chiringuitos de carreteras y ciudades durante el horario laboral, o los modelos de mujer que los modernos anuncios y vallas comerciales proponen, parecen desmentirlo.

En cualquier caso, los viet son refinados y elegantes. Sobre todo, si los comparamos con los con frecuencia voluminosos, ruidosos y mal vestidos jubilados occidentales. Parecen sonreír con mayor facilidad que sus vecinos chinos, aman los cafés, las flores, la buena mesa, los helados, la música y las celebraciones al aire libre. Un ejemplo: llegamos a Hanoi un viernes; al día siguiente las céntricas avenidas y calles en torno al lago Hoan Kiem, profusamente iluminadas, fueron cerradas al tráfico para que las familias pudieran pasear cómodamente y montar a los más pequeños en cochecitos y motos eléctricos dispuestos gratuitamente para ello. Cuando le pregunté a la recepcionista si aquello se debía a alguna festividad señalada, me miró sonriente: ‘No señor’ respondió ‘Se hace todos los fines de semana’. Entre el perpetuo caos de la India y la apabullante y a veces brutal masificación china, los viet parecen delgados, elegantes y organizados, como si buscaran un difícil equilibrio entre persona y masa, entre colectividad e individualidad. Un personaje de El simpatizante la novela de Viet Thanh Nguyen, ganadora del premio Pulitzer de 2014, los define como los italianos del sureste asiático. En cualquier caso, para el turista, Vietnam es un país seguro y amable, donde todo funciona, hay escuelas e institutos de nueva construcción en las aldeas más remotas, y no se percibe miseria: en dieciocho días tan solo vimos dos ancianas y una niña mendigando a la entrada de un templo de Cholón y en un arrabal de Ho Chi Minh City.

Más que en sus palacios y templos -aunque los hay, y algunos, como la ciudadela y las tumbas imperiales de Hue o las ruinas champas de My Son, son magníficos- es en sus paisajes y sus gentes donde reside el principal atractivo del país: en la cordillera de Fransipán, fronteriza con China; en las minorías étnicas, sus aldeas y sus mercados; en el barrio viejo y el Templo de las Literatura de Hanoi; en la excursión por el río y los túneles bajo las formaciones cársticas de Trang An; en la indescriptible bahía de Halong; en la brumosa Cordillera de Mármol; en las inacabables playas en torno a Danang y Hoi An; en los campesinos y campesinas de los arrozales del centro y el sur con las tumbas sembradas aquí y allá, sobre los mismos campos donde sus familiares trabajaron o cayeron en la guerra; en Ho Chi Minh City y su movimiento perpetuo; en las pequeñas pagodas de Cholón; en los túneles de Cu Chi y su epopeya guerrera; en la red de canales y las ciudades y los mercados flotantes del delta del Mekong; en la sutil poesía de sus farolillos, telas y jardines; en el ingenio que despliegan para transportar cualquier cosa, incluidos cerdos vivos o ataúdes de madera, en sus frágiles motocicletas.

Viet 7Por supuesto, no todos son luces en el Vietnam de hoy. El Estado sigue siendo un monopolio del partido comunista y tanto la disidencia política como la organización al margen de los cauces oficiales son castigadas. El crecimiento económico no ha traído aparejado un mayor respeto por los derechos humanos. Las desigualdades entre el campo y las ciudades, entre las distintas regiones y entre los diversos grupos sociales son evidentes. La desigualdad social entre, por ejemplo, el nivel de vida de los habitantes de los arrozales o los pueblos flotantes del delta y los barrios emergentes de Hanoi, Ho Chi Ming City o Dananag es muy grande y tiende a crecer. Se detectan casos de corrupción entre autoridades municipales. Las exportaciones de pescado y arroz (Vietnam es el segundo exportador mundial de arroz después de Tailandia) han sido frenadas en algunos países al no cumplir con los estándares fijados para su consumo. La deforestación (agravada durante la última guerra) avanza en muchas zonas, pese a la retórica de las autoridades. Algunas especies animales, como el rinoceronte vietnamita, se han extinguido. Los masivos desarrollos habitacionales y hoteleros amenazan con liquidar paisajes y modos de vida únicos. Algunos centros históricos y enclaves naturales llevan camino de convertirse en auténticos ‘parques temáticos.

En carreteras, aldeas y ciudades abunda la propaganda oficial (tanto más cuanto más al norte y muy poco en el delta), si bien está muy por detrás de la de Samsung, LG, Honda, o las grandes cadenas de resorts, empresas de comunicaciones, condominios o supermercados locales. Este sincretismo entre la imagen del tio Ho y la propaganda comunista por una parte, y la masiva imaginería del nuevo capitalismo en expansión por otra alcanza su apogeo al inicio de avenida Nguyen Hue que une el antiguo ayuntamiento de la ciudad (en la actualidad sede del Comité Popular) con el río Saigón. En ese lugar se ha erigido una gran estatua al fundador de la república socialista de Vietnam, y muchos vietnamitas y turistas se fotografían al pie de la misma con la fachada colonial de fondo, con la icónica imagen del rascacielos de Bitexco sobresaliendo al frente, y con las más exclusivas tiendas de Cartier y Dior a un lado, y de Hugo Boss y Deschamps al otro. Nada de lo que sorprenderse si recordamos que entre las varias religiones que se profesan, la dominante, denominada Tam Giao, logró hace varios siglos rendir culto a Confucio, Buda y Lao Tsé simultáneamente, con frecuencia en el mismo templo. Y en un país donde, sobre todo en el sur, abundan las iglesias y seminarios católicos, algunos de los cuales, como el imponente de Phat Niem, en la norteña ciudad de Nin Binh, fue edificado a finales del siglo XIX, en estilo sino-vietnamita. O donde no es raro ver en las aldeas de los arrozales estrechas viviendas de planta china con fachadas, ménsulas y cúpulas de estilo imperio e inspiración francesa.

Viet 5Dieciocho días y siete mil caracteres no permiten hacerle justicia a un país con mil años de historia, 350.000 km2 de superficie y 91 millones de habitantes inmerso, además, en una transformación acelerada. Para mi generación, Vietnam representó durante mucho tiempo lo lejano y remoto, y también una de las últimas guerras de liberación de unas gentes oprimidas y divididas por el colonialismo extranjero. Un país que, si acaso, asociábamos a películas como El americano impasible e Indochina, o a novelas como El amante de Marguerite Duras. Todo ello pertenece al pasado. Probablemente para bien. Por lo menos a corto plazo. Lo que el futuro vaya a depararnos está sin embargo por ver. El último día de nuestra estancia, tumbado frente a la piscina del Hotel Victoria de Can Tho con uno de los nueve brazos (que los viet denominan ‘dragones’) del Mekong a mi espalda, trataba de encontrarle sentido al viaje. Entonces leí un párrafo de La vuelta al mundo de un novelista de Blasco Ibáñez: Pienso que nunca volveré a pasar por aquí… Nosotros desapareceremos y las olas seguirán hinchándose en aristas infinitas, y los peces continuarán sus saltos voladores, y se repetirán las albas y los ocasos. Y, cuando transcurridos los siglos, no quede un hueso ni tal vez dos moléculas juntas de la materia que forma ahora nuestros cuerpos, se reproducirá igualmente este espectáculo que nuestra vanidad humana se imagina fabricado expresamente para admiración y recreo de los animalillos razonantes que pasamos metidos en una especie de dedal.

Blasco lo escribió hace casi cien años frente a las costas de Filipinas, a bordo del Franconia, un vapor francés en el que se había embarcado meses atrás, un mar que es ahora testigo de la ardua disputa entre China y el resto de los países ribereños, Vietnam entre ellos, por la soberanía de unos islotes donde el gigante del norte está construyendo una importante base aeronaval. Leerlo me hizo reflexionar sobre cómo ha cambiado el mundo desde entonces. Blasco, genuino heredero de la mejor tradición positivista europea, confiaba en el futuro del mundo y de la especia humana. Nosotros no podemos permitirnos ese lujo. Nada es remoto ya. Y nada, ni siquiera el planeta que habitamos, puede darse por garantizado. Que dure, que duremos, requiere hoy, y seguirá requiriendo aún más en el futuro, sacrificios y esfuerzos. Gran parte de ese futuro se está decidiendo en zonas hasta hace poco consideradas atrasadas y remotas de Asia. Dejarse invadir por la melancolía de quien no volverá y constata que suceda lo que suceda, sucederá sin su intervención, podía ser, me dije, el sentido real de ese viaje.

 

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