septiembre 2020 - IV Año

LUGARES

El Corpus Christi en Camuñas: Pecados y Danzantes

Aunque este año, debido a las circunstancias del Covid 19, han quedado suspendidas todas las actividades del Corpus en nuestro país queremos acercarnos a esta fiesta a través de la que se celebra en el pueblo manchego de Camuñas dada su singularidad. Si en la ciudad de Toledo este día brilla con merecido reconocimiento por sus fastuosas procesiones, sus toldos y su tarasca de nuevo se hace realidad el conocido refrán del ‘unos crían la fama y otros cardan la lana’ cuando recordamos que al suroeste de la provincia, en una de sus pequeñas localidades con menos de 2.000 habitantes, se festeja con bastante menos relumbrón una de las ceremonias más fascinantes de toda nuestra geografía. Aunque declarada oficialmente Fiesta de Interés Turístico Nacional tampoco goza ni de lejos de la difusión de los famosos Corpus de Granada, de Sevilla o de Cádiz con los grandes y majestuosos desfiles de sus custodias. Ni desde luego del glamour de la también apasionante ‘Patum’ de Berga barcelonesa. Pero eso no impide que nos encontremos ante algo profundamente embriagador que merece la pena conocerse.

Como defienden algunos estudiosos la celebración del Corpus Christi, más allá del barniz de ortodoxia que le ha impuesto la Iglesia Católica, encierra elementos esotéricos de ritos paganos ancestrales y asimismo tiene resonancias griálicas. Si esto último es así, en estos desfiles se estaría replicando aquella esplendorosa visión ceremonial del Ciclo Artúrico que nos legó el poeta alemán del siglo XIII, Wolfram von Eschembach, donde el atribulado héroe Parsifal, asiste por vez primera a la presentación del Santo Grial en el castillo de Anfortas, el Rey Pescador.

camuñas 2Pero empecemos por el principio. El término de Camuñas se extiende por una amplia meseta que hacia el oeste se prolonga por la vega del río Amarguillo y que tras la Reconquista se repobló por la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en la estela de las cercanas Villafranca de los Caballeros y Alcázar de San Juan. Cierto es que su fama popular se debe más bien a un personaje medio legendario que responde al nombre del tío Camuñas, apodo del guerrillero local Francisquete, que tuvo en jaque a los ejércitos franceses durante la invasión napoleónica. Menos conocido es, sin embargo, el hecho de que el pueblo, ya durante la Primera República Española, para estar à la page se suma a la fiebre federalista del momento y forma su propio cantón que aunque duró poco permitió incluso hacer troqueles para acuñar moneda propia. En el verbo grandilocuente de Menéndez Pelayo, la localidad se convirtió en ‘una especie de Ginebra manchega y contrabandista’.

Su economía tiene base agrícola, destacando la producción de vino, aceite y azafrán. A dos pasos se encuentran Puerto Lápice y Consuegra con sus célebres molinos. Así que estamos en plena Ruta del Quijote muy cerca del lugar donde nuestro maltrecho héroe cifró su primera aventura cuando pretendió rescatar a una señora vizcaína que se dirigía a Sevilla de las garras de dos monjes benedictinos, hecho que le arrastra irremisiblemente a su pelea contra el gallardo vizcaíno. Un enclave con semejante halo mítico no puede ser más adecuado para que se desarrolle en él una fiesta que no nos va a dejar indiferentes.

Vcamuñas3ayamos, pues, a lo que nos ocupa. Nos encontramos ante un Auto Sacramental que hunde sus raíces cultural y, quizá también, cronológicamente en el Siglo de Oro y cuyo significado nos es desconocido aunque se orquesta a través de la sempiterna lucha entre el Bien y el Mal por parte de sus dos cofradías rivales, los Danzantes y los Pecados. El ritual se representa mediante el baile y la mímica que los años han ido estandarizando en una serie de elementos arquetípicos. Ambas hermandades están fuertemente jerarquizadas y nunca se mezclan durante la ceremonia y, como en el teatro del citado Siglo de Oro, solo están abiertas a los varones. Incluso, uno de los papeles más relevantes que es el de un personaje femenino de sorprendente apelativo francés -la Madama- lo encarna un hombre. Las vestimentas de unos y otros son imponentes con un toque naïf que nos sumerge en un clima onírico. Se engalanan las calles a modo de alfombras de vistosos colores que los vecinos pintan en sus calzadas con motivos eucarísticos diferentes cada año al tiempo que cuelgan colchas y mantones bordados en los balcones para que la procesión discurra por ellas.

Los Pecados, con temibles caretas con cuernos y varas largas, llevan un traje donde predominan el rojo y el negro. Son, naturalmente, la encarnación del Mal. Desde el ‘Pecado Mayor’ hasta el ‘Pecado de Base’ se cubren con una valona que lleva la Cruz de las Ocho Beatitudes de la Orden de San Juan del cercano Castillo de Consuegra. No deja de ser inquietante que sean los Pecados los que luzcan la cruz de Malta de esta orden de caballería sobre sus sereneros. Entre ellos, hay que destacar los tres enemigos del Alma: el Mundo, representado por el Pecado llamado ‘La Correa’, el Demonio, que es el ya mencionado ‘Pecado Mayor’ con su brutal máscara de cerdo y la Carne, simbolizada por la ‘Pecadilla’ que es el único ‘demonio’ que incorpora un pantalón blanco con cascabeles en las rodillas, como los Danzantes, para simular sus buenas intenciones si bien la parte superior de su atuendo no deja lugar a dudas sobre sus maléficos objetivos. El papel corresponde al cofrade de más edad como jefe del grupo que también incluye a los siete Pecados Capitales.

Los Danzantcamuñas 6es, de careta muy nariguda y vestimenta blanca, son sus antagonistas y como Virtudes militan en el bando del Santo Sacramento. Sin embargo, los primeros resultan, como suele suceder, mucho más atractivos que sus opositores. Con sus extenuantes carreras, su pavoroso ulular inarticulado, que amplifican las máscaras como en el antiguo teatro griego, se llevan de calle, nunca mejor dicho, las simpatías de todos los asistentes. Sus gritos, alaridos, el fuego de la pólvora y el arrastrar rabioso de sus varas en el pavimento son sus señas de identidad. Los Danzantes, por el contrario, llevan la música como acompañamiento y con ella crean un ritmo repetitivo y frenético que logra que el auditorio alcance casi un estado de trance. Es su gran baza que llega al delirio en la danza dramática denominada ‘El Triunfo de la Gracia sobre el Pecado’ que popularmente se conoce como ‘Tejer el cordón’ siendo este el momento álgido del festejo. Los diablos/Pecados acentúan su mímica y sus alaridos a medida que la música se hace cada vez más insistente e inician una desaforada carrera uno por uno a lo largo de las calles para caer haciendo un volapié desbocado mientras se despojan de sus caretas a los pies del Sacramento que enarbolan unos abanderados con sus pendones. Entre los Danzantes tenemos aquellos que representan las tres Virtudes Teologales. El ‘Judío Mayor’, la Fe, ‘El Alcalde’, la Esperanza y ‘El Capitán’, la Caridad. A las que se suman las cuatro Virtudes Cardinales: la Prudencia, la Justicia que lleva un Cordel, la Fortaleza que es la que toca ‘la Porra’ y El Tambor’ que encarna la Templanza. Y la citada ‘Madama’, símbolo de la Gracia. Nos asaltan dos reflexiones. Por un lado, sorprende que si bien la mujer, como adelantamos, no puede incorporarse a las cofradías los personajes que encabezan cada una de ellas son femeninos sin contar con que el ornato artístico de las calles se lleva a cabo con tesón y delicadeza asimismo por las mujeres del pueblo. Curiosa manera de darle relevancia a la mujer en este día que ‘dirige’ una institución religiosa como la católica de decidida vocación patriarcal. Por otro, que la jefatura de las Virtudes recaiga en el ‘Judío Mayor’ junto al significativo hecho de que sus máscaras estén caracterizadas por enormes narices hace pensar en una lejana vinculación del festejo con la antigua comunidad judía y por tanto, se hace posible conjeturar que sus orígenes sean aún más remotos. Tenemos la tentación de fantasear un heterodoxo y perverso simulacro de Carnaval.

Acamuñas1l margen de la celebración propiamente dicha las dos cofradías se rigen por unas estrictas reglas internas. Los Pecados se reúnen desde el Domingo de Resurrección para repartirse los papeles en una casa particular que llaman ‘La Pecauría’ y que no debe pertenecer a ninguno de sus miembros. Es plausible la idea de que estas celebraciones encierren una simbología del ciclo estacional puesto que estas reuniones dan inicio en el equinoccio de primavera, que acaba con la Pascua el domingo de Pentecostés, y con la ceremonia se alumbre ya el solsticio de verano. La prueba está en que los Danzantes, a los que sí les es permitido reunirse en las dependencias parroquiales, también empiezan a danzar desde el mismo Domingo de Gloria.

Los nuevos candidatos o novicios que quieren ingresar se tienen que someter a determinadas pruebas o novatadas que recuerdan antiguos ritos iniciáticos de paso. Se llevan a cabo el día llamado del ‘Tiznao’, viernes siguiente al jueves de Corpus. Los cofrades conducen al neófito, con una cruz de cañas a sus espaldas, a un patíbulo y como en el camino al calvario le infligen todo tipo de vejaciones. Finalmente, sometido a un juicio se le condena a sufrir varios suplicios desde arrojarle cubos de agua hasta golpearle con palos para ser ‘ahorcado’ finalmente. El Danzante del Tambor imprime a todo el siniestro cortejo un ritmo implacable.

La celebración dura cuatro días con los actos del miércoles de vísperas por la tarde y terminan el domingo de esa semana, también llamado domingo de la Octava pasando por el jueves del Corpus y el viernes de Tiznaos. La representación del jueves que se repetirá el domingo siguiente comienza mucho antes de la misa de la mañana, dentro de cada grupo, que por separado se reúnen en sus casas para vestirse y llevar a cabo sus respectivos protocolos. Cuando ya temprano se echan a las calles hacen un primer recorrido antes de la eucaristía para recoger tanto al párroco como a las autoridades locales. En la Plaza del Reloj, ante el atrio de la iglesia renacentista de Nuestra Señora de la Asunción con su hermosa torre mudéjar, los Pecados quedan fuera del templo, durante la misa, aullando, tirando petardos y arañando con furia sus varas en el suelo en los momentos más relevantes de la liturgia. Los Danzantes en el interior ‘tejerán el cordón’ bailando al son de sus instrumentos percutantes que no dejan de producir estupor en el visitante, sobre todo, si viene por primera vez. Todo el acto lleva una violencia contenida tal que en la nave se amplifica en un eco estremecedor. Esta danza que bien pudiera sugerir la de las orgiásticas bacantes báquicas provoca un estado enloquecedor inolvidable en un emplazamiento del que se espera recogimiento y silencio. Algo parecido a lo que nos embarga debió, pensamos, sentir el bueno de Parsifal cuando vio el cáliz flotar sobre las manos de las doncellas que lo portaban. Como a él no nos está ‘permitido’ preguntar nada. Solo un profundo escalofrío nos recorre de los pies a la cabeza.

camuñas 7Envueltos por la nutrida muchedumbre que sigue la procesión los Danzantes salen a la calle donde se enfrentan a la animadversión de los Pecados que ante la aparición de la Gracia elevan sus protestas con gestos blasfemos y bufidos. Atacan entre fuego de pólvora y alaridos. Lanzan una desesperada ofensiva contra el Bien, y un disparo anuncia la llegada de ‘La Pecadilla’, que con un horrible aullido acompaña su baldía incursión. Luego entra el resto del grupo con desesperada resolución. A continuación llega ‘El Correa’, que acaba la batalla y tras él todos los Pecados caen humillados con arrepentimiento. Solo en este momento los Danzantes ya pueden empezar a ‘tejer el cordón’ de nuevo ante el paroxismo de los asistentes.

Las filas están encabezadas por la Prudencia, a la fila izquierda, y el Cordel a la izquierda. En el centro de la formación está la cautivadora figura de la ‘Madama’ que es el Maestro de Ceremonias y que con sus enaguas y su polisón color azafrán tañe unas castañuelas al ritmo obsesivo del tambor y la porra y en su sinuosa evolución, como si de un cortejo nupcial se tratara, va recorriendo arriba y abajo la procesión. Sus seductores brincos tienen un sutil carácter erótico y así en su deambular por las dos filas de Danzantes va recogiéndolos de uno en uno y estos la secundan en sus bailes haciendo batir unas sonajas mientras agitan sus blancos pañuelos, para formar una larga columna tras ella cerrada por la Caridad. Aunque tiene una careta lampiña de nariz corta la usa muy poco llevándola sobre la cabeza.

Luego sale la procesión por las calles. En ella participan hombres del pueblo de todas las edades, ya que desde que hacen la comunión los niños pueden pasar a formar parte de cualquiera de los dos grupos. Es entrañable saber que muchos de ellos, que por motivos laborales se han visto obligados a emigrar a las grandes ciudades, solo vienen una vez al año para seguir encarnando sus papeles con una fidelidad encomiable. Sus lágrimas en los ojos tras las máscaras acaban por delatarles.

Tras los desfiles las dos cofradías por separado celebran una comida como final de fiesta a la que invitan a ‘zurra’ a las autoridades y con ello sellan su compromiso de perpetuar la tradición el Corpus siguiente.

Todos los años a Camuñas vienen miles de personas para presenciar esta procesión. Sus calles y sus plazas engalanadas rebosan de gente que vibra con el éxtasis inefable de esta fiesta grande. Pero el año que viene, cuando la nueva normalidad sea solo un mal sueño, sería deseable que nos acercáramos a emocionarnos con este Auto Sacramental único.

 

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