Querida Pilar:
Gracias por permitirme entrar en tu laboratorio; la verdad es que no sé cómo aguantas este olor tan fuerte. Parece una mezcla de disolventes, ácidos, ozono y etanol. Con las señas que me diste, no he tardado en dar con este edificio, el Laboratorio de Espectroscopia, situado en la calle Serrano 119, en el Instituto Nacional de Física y Química, el «Rockefeller».
Con tu hermana Ascensión —a la que conozco a través de la Liga Universitaria Femenina, de la que es fundadora, y del Lyceum Club Femenino, en el que participa asiduamente— he tenido mayor contacto que contigo; ella es la que me indicó hace tiempo que podía escribirte, incluso visitarte. Y fui a verte en aquel atardecer de luz, después de que mis letras salieran al galope movidas por la curiosidad. También me dijo que erais muchos hermanos, ¿once?; después he ido conociéndoos a algunos de vosotros.
Me recibiste con tu bata blanca impecable sobre un atuendo sobrio, moviéndote con precisión entre prismas y redes de difracción. Yo no sabía qué era eso. Tuviste que explicármelo, aunque creo que todavía me es difícil comprenderlo. A tus veintiséis años, en 1929, te habías licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad Central y, un año después, a los veintisiete, ya estabas en el Laboratorio de la Residencia de Señoritas. Allí, en la nueva sede del Laboratorio Foster que dirigía su fundadora, la doctora Mary Louise Foster, en la calle Fermín Galán 8, te encontraste con la también doctora Felisa Martín Bravo, aquella chica vasca que luego llegaría a ser tu amiga y compañera.
De aquel nuestro primer reencuentro guardo el recuerdo del aroma a metanol y la curiosidad por el aparato que emitía un arco eléctrico que hacía evaporar una muestra de «molibdeno», emitiendo una luz que se descomponía al pasar por una rendija y una red metálica con miles de surcos microscópicos. Me explicaste que el molibdeno era un mineral sólido muy resistente; luego me hablaste de sus propiedades, que ni entendí ni recuerdo, pero eso sí, me dijiste que no mirase directamente a aquel aparato que desprendía un arco de luz, pues podría perjudicarme. Aquello no tenía nada que ver con la historia, pero era un avance logrado por una mujer.
Después recuerdo que me llevaste por un pasillo hasta el amplio comedor donde descansaban tus compañeras. No sé qué estaba tomando, pero me dijiste que aquella chica se llamaba Dorotea Barnés. Sentías mucha admiración por ella; ya entonces era pionera en la investigación de la espectroscopia en España. Esta visita, de poco más de tres horas ganadas al conocimiento, se me hizo corta. Con ella charlaban amigablemente su hermana Rosa y María García Escalera. Yo sospechaba que, aunque fuera capaz de oír sus conversaciones, no me enteraría de nada. Nos sirvieron un cocido como los que hacía mi madre. Entre garbanzo y garbanzo, yo pensaba que había algunas personas a las que no les interesaban ni la química, ni la historia, ni la evolución de las mujeres, pero…
Con el recuerdo del sabor a aquel cocido pasaron varias primaveras. Viajar a los Estados Unidos, según me escribías en una carta de finales de los años veinte, no te supuso ninguna complicación; ibas acompañada por tu amiga Dorotea y dotada de una beca de la Junta para Ampliación de Estudios. Ella iba a instalarse en el Smith College, en Massachusetts, y tú fijaste tu residencia en el Vassar College (Poughkeepsie, Nueva York). Querías centrarte en el estudio de la química y la espectroscopia, aplicando las técnicas que habías comenzado a aprender en Madrid bajo la dirección de Mary Louise Foster.
En Vassar coincidiste con otras intelectuales españolas como Margarita de Mayo Izarra y Sofía Novoa; os apoyabais. No supe quiénes eran hasta que me dijiste que Margarita trabajaba en la secretaría de la JAE y que Sofía era una musicóloga especializada en el folclore. Ellas, como yo, enseguida se dieron cuenta de que estaban ante una mujer excepcional, de mirada intuitiva e interrogante, con una férrea voluntad, extremada disciplina y minuciosidad en el laboratorio, y una curiosidad asombrosa por los fenómenos de la naturaleza. Enseguida congeniaron contigo; me lo dijiste en una de tus primeras cartas que recibí desde Vassar.
En esa carta y en todas las siguientes insistías en que tenía que ir a visitarte. Tendría que hacerlo porque en ese año la Junta para Ampliación de Estudios me había concedido una pequeña ayuda para estudiar las condiciones de las becarias en América. El viaje lo hice a principios de 1930. Tomé el buque Marqués de Comillas, de la Compañía Trasatlántica, que hacía la ruta del norte y que desde Santander llegaba hasta La Coruña para recoger más pasajeros e iniciar después la travesía oceánica. Fue una experiencia inolvidable por el motivo, el trato y el lujo.
Recuerdo a un «guaje», Juan, asturiano él, que a pesar de la Ley de Cuotas de 1924 había conseguido un pasaje para trabajar en la fundición del acero de Pittsburgh, Pensilvania; decía que era el epicentro mundial, a la que llamaban Steel City. A partir de que yo le dije que era historiadora, creo que le crecieron los oídos. Casi le cuento mi vida. Al llegar al puerto, Juan se despidió y no supe más de él.
Me esperabas ataviada con el uniforme universitario: falda de seda negra, blusa blanca, medias de seda, abrigo fino y zapatos de tacón bajo. Enseñabas una foto mía en un cartel. No tardé en encontrarte. El tren del New York Central Railroad conectaba la terminal Grand Central, en Manhattan, con la estación de Poughkeepsie. Me quedé maravillada ante sus paisajes a lo largo del río Hudson. En la estación tomamos un taxi —era más cómodo y rápido que un tranvía— para recorrer las dos millas de distancia hasta el campus.
Todo coincidía con la descripción que hacías en tus cartas. Aquella era una prestigiosa institución exclusivamente femenina, destacada por su currículo audaz, flexible y de artes liberales, con una fuerte vocación por la excelencia académica y la innovación, incluyendo la enseñanza artística. Era la primera institución que formó parte de las «Siete Hermanas», una asociación de universidades estadounidenses para mujeres. Según nos íbamos acercando por un camino flanqueado por cipreses, me contabas que la arquitecta paisajista americana Beatrix Farrand había creado un «campus-arboreto» con una gran variedad de especies de árboles y un diseño meticuloso.
Me sorprendió ver a bastantes chicas, de todas las edades, haciendo equilibrio sobre sus bicicletas de paseo, con los manillares altos y cómodos —algunas equipadas con guardabarros y protectores de cadena—, entre todos los senderos, casi esquivándose por el campus. Iban de los dormitorios a los comedores, de las aulas a las bibliotecas. Aquello allí era un símbolo de progreso y libertad. Me di cuenta de que casi todas eran de las mismas marcas, aunque de modelos diferentes: Raleigh, Hercules o Sunbeam. Me fijé en ellas para dejarlas reflejadas en mi informe.
Ya no tenía nada que ver con el Laboratorio Foster. Me presentaste primero a tus amigas españolas y tardaste un día, que se me hizo un siglo, en enseñarme tu nido de trabajo; este era amplio, luminoso, provocativo para la creación y los descubrimientos. Entramos y tú desapareciste, abstraída del mundo por la luz y los espejos. Luego tus amigas, Margarita de Mayo y Sofía Novoa, me dijeron que eras así: solo existía tu imaginación, tus objetivos y unos caminos difíciles de escrutar.
Una joven, también con bata blanca y gafas, que revoloteaba por el laboratorio, acudió en mi auxilio. Me explicó que trabajaba contigo en un proyecto sobre la «emisión secundaria de electrones en superficies metálicas». Era una explicación para personas con doctorado en Ciencias Químicas; como cuando me diste aquella lección magistral en el Laboratorio Foster, no me enteré de nada. Intuí que lo que estabais estudiando era la composición química de muestras metálicas a través de los rayos X y RUV (ultravioleta), con el propósito de endurecer el hierro y el acero. Luego supe que se trataba de la investigadora americana Monica Healea, especialista en espectroscopia como tú.
Al acabar aquella jornada luminosa, Monica, tú y yo nos fuimos a comer, recordando el cocido de mi madre. Días después, y también al acabar la jornada, cuando entrábamos al comedor, que olía a pasta italiana, se nos acercó un bedel y te entregó una carta. No te resististe a la tentación y la abriste sin pensar que nosotras estábamos allí; te agradecimos el gesto de confianza. Nos enseñaste orgullosa el remite: era de tu hermano Bernardo. Una sombra avanzaba por el comedor siguiendo sus letras hasta envolverte; tu rostro iba palideciendo.
«El gobernador de Guadalajara ordenó el cierre de los colegios que regentaban las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl en Sigüenza, e impuso una multa de 1.000 pesetas a la superiora por su «falta de adhesión al régimen». La medida dejó en la calle y sin formación a muchos niños pobres, por lo que varias señoras acudieron al Ayuntamiento a protestar contra ese atropello. El gobernador multó a cada una de ellas con 250 pesetas, lo que motivó un escrito de protesta, y a cada uno de sus firmantes se les sancionó con el pago de 500 pesetas».
Seguías leyendo en alto y tus ojos se eclipsaban.
«Eduardo Ortega y Gasset, el hermano del filósofo, fue multado con 1.000 pesetas por el gobernador civil de Madrid. La sanción se debió a la publicación de un artículo en el diario Heraldo de Madrid, que el régimen de Primo de Rivera consideró ofensivo y contrario al orden público bajo la censura previa de la época. Yo suelo leer varios periódicos, y el otro día salió esta noticia publicada en la Gaceta de Madrid, así que ya ves cómo van las cosas por aquí».
Abajo se despedía: «Bernardo». Bernardo era coronel del Cuerpo de Sanidad Veterinaria. Otro de tus hermanos, Salvador, estaba en Oxford; me lo habías comentado hacía ya unas cartas. Allí ejercía como catedrático de Lengua y Literatura Española en la universidad. Me reí, no sé por qué, cuando me dijiste que tu hermano Salvador hacía copia de todas las cartas que mandaba. ¡Vaya ganas! Pero luego pensé qué sería de mí como historiadora si él no hubiera guardado copia de todas sus cartas; sin duda eran una joya para conocer su entorno y su propia historia. De los que yo no sabía nada era de tus otros hermanos.
No pasaron muchos días sin que tus amigas españolas recibieran cartas parecidas. Y a ti también te fueron llegando más. Las leías en tu apartamento en el Vassar College mientras esperabas a que yo llegase para compartirlas conmigo. Tu imaginación escapaba a través del gran ventanal. Los magnolios, cargados de pétalos blancos, parecían nubes ancladas a la tierra fértil; a la vez, bajo la luz dorada de la tarde, el arboreto desplegaba un verde eléctrico que ignoraba las fronteras. Desde allí recordabas los jardines de Madrid, pero el aire olía a una libertad fresca y desconocida. Las chicas cruzaban el campus con libros bajo el brazo, ajenas a las sombras que tú habías dejado atrás. Entre las ramas de un roble centenario, un petirrojo celebraba el fin del invierno con un trino vibrante.
Cuando llegué, tú tenías apoyada la frente en el cristal, sintiendo el calor, traspasando océanos. Los sobres descansaban, apesadumbrados por su contenido, encima de una mesa baja. Cogiste uno con el borde negro, señal de luto. Era de tu hermana Luz; según me dijiste, ella trabajaba como bibliotecaria en la Biblioteca Nacional. En la carta recordaba a vuestro hermano Emilio, el artista dedicado a la escultura, al que la septicemia os había arrebatado aquel 18 de marzo de 1920, a los 32 años. En ella no hablaba de la situación del país, sino de su situación interior, de aquel vacío que su hermano le había dejado para siempre. Hablaba de sus obras. Del sobre se desprendió una fotografía; la reconociste al instante: era una imagen de la obra de tu hermano Emilio con el busto de Salvador. La había terminado en 1917, tres años antes de morir. La tituló Salvador. La foto se quedó en la mesa, boca arriba, observándote.
Cogiste otra carta; también llevaba el símbolo del luto. Tu hermano César te escribía desde Madrid. Estaba bien situado: era director en el Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo y miembro de la Asamblea Nacional Consultiva. No sé por qué me leías la carta en alto, tal vez porque yo era para ti como una hermana en aquella ciudad ajena.
«Querida Pilar: Espero que los aires de las tierras lejanas te sienten bien y que tus investigaciones sigan rindiendo frutos. Te escribo desde el estudio, entre planos y el ruido de la Castellana, para contarte cómo va todo por casa. Pero, sobre todo, quería hablarte de mi mujer. Cada día que pasa me asombra más su temple; tiene esa mezcla de serenidad y firmeza que tanto te recordaría a nuestras mejores tertulias. A veces la observo mientras leo o cuando organiza el caos de mis jornadas de ingeniero, y no puedo evitar pensar en la suerte que he tenido de encontrar a una compañera que entiende mis silencios y mis obsesiones por el cálculo. Blanca siempre pregunta por ti con esa curiosidad genuina que la caracteriza. Dice que Madrid está algo más gris sin tu energía, pero se encarga de que nuestra mesa siempre sea un lugar de luz y de ideas vivas. Me cuida con una paciencia que roza lo infinito, especialmente cuando me encierro en los proyectos del ferrocarril. Me emociono cuando veo su nombre en los programas de los conciertos, Blanca de la Campa y Ganda, y cuando la oigo acariciar el piano ensayando para sus clases en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid; desde que sacó la cátedra no tiene tiempo para nada. Siempre recordaré aquel miércoles, 12 de julio de 1916, en la parroquia de San Sebastián, el día de nuestra boda. ¡Qué calor hacía! Desde la calle Goya número 19, que sabes que es tu casa, recibe un abrazo fuerte de Blanca y de tu hermano, que te extraña. César».
Cuando acabaste de leerla, yo también estaba emocionada. Nos apetecía un helado de vainilla. Cogimos las bicicletas, aunque yo no sé si sabré mantener el equilibrio. Para salir del agujero de la nostalgia, mientras nos tomábamos el helado, quise gastarte una broma, pero me salió mal. Casi sin aguantar la risa, te pregunté qué pasaría si sometíamos al helado de vainilla a una sesión de espectroscopia. Te diste cuenta y te lanzaste. Devolviéndome la sonrisa, empezaste a decirme que, físicamente, la muestra podría derretirse por la fuente de luz o requerir congelación previa para mantener su estructura molecular; durante el análisis obtendrías un perfil químico detallado de su composición. Dependiendo del tipo de espectroscopia, los resultados variarían así: con infrarrojos identificarías grupos funcionales de azúcares, grasas y proteínas lácteas; y con UV-Vis detectarías compuestos aromáticos como la vainillina. Tuve que tragarme la lección magistral, pero me estaba bien empleado; luego, otra vez, la bicicleta me sirvió para regresar a mis aposentos, eso sí, cuidando de mantener el equilibrio.
Pasaron los días; crecieron las notas sobre las alumnas y profesoras españolas, sobre los comedores y las bicicletas. Las estrellas y el silencio iluminaron mi imaginación para redactar los informes, y volví a perderme entre los paisajes y los recuerdos que se quedaban contigo. El barco, el mismo que me llevó hasta ti, me devolvía ahora a una realidad más próxima y más negra.
¡Querida Pilar, me alegro tanto de haberte conocido…! Creo que, aunque me pierda entre tus cristales y tus espectroscopias, te recordaré siempre.
Ahora recibe un fuerte abrazo,
Eliberia.












