abril de 2024 - VIII Año

Las negritas de Antonieta / Bénédicte de Buron-Brun

Hoy, domingo de Resurrección, resucito a Umbral, a mi modo.

Sí, estreno esta columna que tiene perfume umbraliano.

Será un diamante de veinte caras. Esta es mi esperanza. Todo será extraído para la vida. “Escribir es poner algo fuera de la muerte” (André Gide, dixit). Sus subrayados en negrita, lo harán, extraerán vida. Ya no digo más.

Lectores / lectoras, os aguardan sorpresas y aventuras.

Hoy, mi negrita es Bénédicte de Buron-Brun, la máxima conocedora de Umbral.

Mi columna es el Palco Magno para ella.

Bienvenida sea la reina Bénédicte. Sí, esta profesora de la Universidad de Pau, una francesa inteligente y guapa con nombre de Reina y de Papisa. Para ella, esta columna. Su estreno mundial, o tal vez madrileño.

Adelante:

Las negritas de Francisco Umbral: el who’s who del último cuarto del siglo XX en España

En los albores de la democracia, desde su crónica/columna “Spleen de Madrid” del recién nacido El País, y valiéndose de la frase balzaquiana, “Uno vale más si sabe que lo miran”, Umbral va a desatar un fenómeno societal que le convertirá en un tribuno adorado u odiado, jamás ninguneado. Incluso cuando se vaya de este periódico por desavenencias políticas y censura, y se aventure con Pedro J. en la creación de El Mundo, muchos lectores se marcharán con él a la competencia únicamente para seguir desayunando con su columna. ¡El tribuno reúne a un millón de lectores diarios!

A estas alturas, huelga recalcar la magnífica prosa poética y las letras de nobleza que el periodista le brindará al gremio vía un hibridismo periodístico-literario sin par. Del mismo modo, obvia subrayar el ojo avizor o el oído atento que caracterizan a quien ostenta el título de “periodista sin carnet”. Mas nos queda por poner de relieve su talento propagandístico; Umbral era un gran publicista avant la lettre. Nadie, aunque vaya alternando los tres ejes esenciales de su discurso (política, literatura y mujeres, en este caso) y por muy genial que sea, se saca de la manga a un millón de lectores diarios. No, la genialidad de Umbral consistió en implicar al lectorado e interactuar con él, y eso mucho antes de que existieran Internet y las redes sociales.

Haciendo caso omiso de los manuales de estilo y de las normas tipográficas (Véase la acepción de “Negra”), y recordando las negritas de Alfonso Sánchez (Véase la columna homenaje en El Mundo del 30-09-1995), Umbral incorpora a su crónica/columna nombres reales o ficticios de vivos y muertos procedentes del mundo político, de la jet-set y de la farándula, o de la literatura. De esta manera, el periodista logra su propósito al enganchar la atención de quien le lee aunque sea en diagonal y, al filo de los años y de los acontecimientos, sus columnas van desgranando quién es quién (el Who’s Who anglosajón) en España y más allá. Lo leen los mencionados que tanto pueden idolatrarlo si la glosa resulta de su agrado como detestarlo si el comentario les desfavorece, pero asimismo se enemista con los ninguneados, los que (ya) no salen —o ya no son «letras de oro»— en sus famosas negritas. Revelador es el soneto que le dedicó «con cierto cabreo y bastante admiración» Joaquín Sabina a Umbral:

Nunca olvidabas celebrar a Olvido
a Carlitos Berlanga, a Ramoncín.
Cuánto he llorado viéndome excluido
de la efímera fama del spleen.

Soñaba que mi nombre, con negritas,
brillaba en tu columna del País
entre punkies, condesas y Pititas
o con Ana (la amo) vis a vis.

Pero no, ha llegado finalmente
el momento feliz tan esperado
¿qué importa que me llames “decadente”?

Me has citado, Dios mío, me has citado,
ese adjetivo, Umbral, sencillamente
al umbral de la gloria me ha llevado.

(Fondos F. Umbral)

En cuanto a los periodistas, muchos le van a copiar, divididos ellos también entre los envidiosos y los admirativos, pero unánimes en reconocer el rotundo éxito de las negritas de Umbral, como lo subraya en un sutil y pertinente cotejo el periodista Javier Maqua («Negocio de funámbulo», El Mundo, 22-01-1993.):

Las negritas de Umbral (he aquí a Umbral mismo, convertido en negrita mía) son como los nombres propios de Proust (otra negrita), pero más nerviosos y acucarachados. Las páginas de Proust están salpicadas por un puñado muy selecto y distinguido de nombres propios (Guermantes, Charlus, Combray, Verdurin…), de aroma intransferible; pero Umbral, que es un incontinente democrático, un escritor convulso, como dice Lola Velasco (negrita suya, negrita mía), no tiene freno y convierte su columna en un sarpullido de patronímicos donde se apiñan, codo a codo, plebeyos y patricios, hedores y fragancias. Los nombres propios de Proust evocan; las negritas de Umbral convocan.

Ahora bien, todos los nombres no reciben el mismo tratamiento. Puede salir el nombre seguido de uno o de los dos apellidos; únicamente el nombre de pila, a veces deformado por la pronunciación regional, o para que no haya ambigüedad seguido del apellido entre paréntesis; sólo el primer apellido o el segundo; las iniciales, cada vez más numerosas a partir de 1986, a veces acompañadas de otro signo tipográfico: el uso de la barra le da mucho juego a la prosa umbraliana); las iniciales pronunciadas o una mezcla de nombre, inicial y segundo apellido; con apócope (“Fragabarne”, “Rafansón”); con sinéresis (“Pacordóñez”); abreviatura (“ZP”); con sufijo (“Aznarín”, “Boselito”) o prefijo (“Neofelipe”, “Neogonzález”, “Macrofelipe”, “Tardofraga”, “Superfraga”) o unión (“Fragarrobles” por Fraga Iribarne y su cuñado Robles Piquer). A veces Umbral no hace más que reproducir la vox populi ávida de chismorreos y cotilleos, con cierta inclinación a la prensa del corazón. De ahí que llame “Seve” a Severiano Ballesteros. Estos son unos pocos ejemplos entre otros muchos, a veces más complejos y sofisticados, aunque no presentan opacidad alguna para el lector inmerso en el contexto informativo de la época.

Ahora bien, las negritas atribuidas a una personalidad no son fijas y, de hecho, evolucionan hacia un clímax laudativo o despectivo, según el fallo ejecutivo del periodista. Por sus cuitas personales y el desencanto experimentado por la multiplicidad de los casos judiciales bajo el mandato de Felipe González, no es de extrañar que éste pasara de ser el “Felipe” coreado de los mítines a ser “el presidente González” antes de dejar paso a un sencillo “Felipe González”, alternado con un seco “González” o un breve “FG” antes de perderse en un repulsivo “Glez.”. Por supuesto, se expresa abiertamente la subjetividad del escritor con su ideología, sus vivencias y sus opiniones personales: la crónica se torna columna de opinión.

Bénédicte de Buron-Brun. Foto: Casa de Castilla-La Mancha de Madrid

De este modo, “las letras de oro” se van modificando o desapareciendo con el paso del tiempo de la Historia en marcha. En treinta años de crónicas/columnas Umbral saca miles y miles de negritas, donde ya admite al cabo de tres años que “abundan más los mártires que las vírgenes” (“Las negritas”, El País, 8-07-1979). Así de veloces y feroces son los tiempos, los acontecimientos, las modas. Con la distancia de los años, uno va percibiendo las glorias y penas de tantos nombres que no quedan para nada en la Historia política, social o cultural del país, y no digamos en el ámbito internacional. Sin embargo, tuvieron sus momentos apoteósicos cuando los mentó Umbral y no sólo a nivel societal sino, sobre todo, a nivel identitario. Este nombramiento iba mucho más allá de una simple medalla o incluso una condecoración de cara a la sociedad, le valoraban y reconocían en su identidad. El narcisismo, este mismo narcisismo que los ninguneados, por ser ninguneados, le reprochan a Umbral, es el mismo que luce, orgulloso, cada uno de los citados. Si sus crónicas/columnas son imprescindibles para conocer los años clave de la “Santa Transición”, tal y como la bautizó el escritor, asimismo son esenciales desde un punto de vista sociológico y cultural, pero además desvelan una faceta mucho más honda, humana y existencial del periodista y una mente reflexiva que dista mucho del sambenito de frívolo que le han colgado.

Las negritas umbralianas son mucho más que un flash, son el telón que se levanta sobre el escenario del Gran Teatro del Mundo que estrena cada día el fulgor y la fugacidad de la vida política, cultural y social a los que se asoma el lector/espectador: la vieja Comedia humana balzaquiana adaptada a los tiempos modernos por la vista de águila, la profundidad del pensamiento, la mente ágil y la mano febril/fecunda/flameante, de Francisco Umbral.

Umbral me citat, ergo sum.

Bénédicte de BURON-BRUN

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