abril de 2024 - VIII Año

EL ECO Y SU SOMBRA / Una educación de la mirada”

Fotografía de Marina Sogo

De lo que no existe hay más constancia que de lo tangible y mesurable. La bibliografía consultable de lo oculto a los sentidos rivaliza con la de todo cuanto se apresta al discernimiento objetivo y casación formal. Se confiere a esas disciplinas invisibles una especie de certeza jurídica a la que apenas se le puede dar rebatimiento, ya que apela a lo más hondo (también lo más humano) de quien contempla. La misma poesía es una extensión de ese anhelo de comprensión sobre lo que no pareciera que dé indicios de comprensión alguna. Plasmar lo inefable tal vez sea el propósito de cualquier imagen sobrevenida a las disponibles, a todas las que la realidad incansablemente ofrece. Confiamos en que los ojos sepan mirar, pero no les hemos adiestrado a conciencia y terminan por cancelar la visión cuando lo que observan no les cuadra, aunque los creamos abiertos y diligentes en su oficio. Es el ojo temblando al percibir el caos. Presentimos la luz, apreciamos los colores, damos residencia íntima a las formas que con sincera urgencia irrumpen, pero no disponemos de las herramientas que diluciden la naturaleza de la luz o de los colores o de las formas. El oficio de observar es infinitamente más arduo que el de ver, que tiene un predicamento menor y se practica con acostumbrada indiferencia. Se observa para que el poso de lo observado cunda. En el ámbito de las palabras viene a suceder algo parecido: es más hondo contar que hablar. La sombra alerta a la luz de su precariedad, la disuade de pavonearse, la conmina a que se cuide de alardes, creo haber escrito en alguna ocasión. Se enhebra entonces la luz a lo que esa misma luz pudorosamente no indaga. Se le encomienda la clausura de la oscuridad, pero no tiene con qué cancelarla. Los espejos son burdas maquinaciones de la mirada, restituciones de una frivolidad pasmosa. Juntamente con la paternidad, Borges recelaba de ellos: duplican la realidad. La fotografía o la pintura descreen del magisterio del ojo. Como un entomólogo avaro y disciplinado, el fotógrafo o el pintor urden un universo nuevo para que al ojo no le engañe la rutina a la que inevitablemente se ha consagrado. El ojo que mira una representación de la realidad no es el mismo que mira la realidad sin el artificio de su representación.

Barthes, en La cámara lúcida, sostenía que la fotografía (añado yo la pintura, cierto tipo de ella) era un certificado de lo real, una constatación fiable de lo relevante y de lo que se recata de exponerse con tanta facilidad. Todo lo que observamos contiene algo que se nos escapa. La eclosión de esa narración ocultada es el propósito del arte, que aspira a falsear la evidencia o a corromperla. Somos consumidores de imágenes. Las palabras vienen más tarde. La realidad contiene briznas de ficción que nos lastiman o nos conmueven. El ojo codicia que se le excite. Desea más que nada que se le corteje y adule. Cuando damos con el festín que solicita, en ese momento absolutamente epifánico, rompe a llorar de puro gozo. Creemos que es la cabeza la que lo hace prorrumpir en lágrimas, pero es él mismo el que se resuelve en ellas y declara su absoluta felicidad. Vemos unas flores, pero lo que vemos es la vida.

A un árbol se le desangela el paisaje si no se le mira. Su vocación secreta es que se admire su compostura recia y antigua, su obstinación lúcida, su sustancia sin dueño. Lo cierne la lluvia o el sol ocupa la herencia secreta de su dignidad vertical y festiva. Un árbol es la sublimación del tiempo. Se desoye lo que nos cuenta. Cifra el vértigo y la fiebre del mundo. Tutela la vigilia del aire y el insomnio de la tierra. El corazón de un árbol es un poema del que se vale la belleza para no descender al caos. Lo recita con tímida vehemencia. Debemos conceder al árbol una mirada franca y escuchar esa oración privada con sobrecogedora claridad. El problema de nuestro tiempo es que hemos echado a perder la lentitud. Para que el ojo se extasíe (continúo arrogándole esa cualidad de lo vivo y soberano) hay que detenerse. La velocidad es lo que arruina el hallazgo de lo hermoso oculto. Para ver de verdad habría que retirar la confianza en lo que se ve. No te creo, me estás mintiendo, pensaría el ojo. Dejó escrito Vicente Aleixandre que “todo lo que está lo suficientemente visto no asombra a nadie” (“El vals”, en Espadas como labios). No escuchamos el ruido del mar cuando vivimos en el paseo marítimo, ni conocemos la cara de nuestros hijos al verlos a diario. Ni uno mismo se advierte con plenitud cuando ese espejo nos invita a vernos. También el árbol se desvanece y es otra cosa, pero no árbol. Ni el cielo es cielo de tanto pender sobre nuestra indiferencia. Hay cosas que obligan a que se les preste atención. Todas debieran. No hemos visto ángeles custodiando un vuelo de pájaros sobre unos tejados, ni un caballo griego alocado por un campo de fresas para siempre, ni el aire enfebrecido después de una tormenta, ni la piel de la luz cuando concluye el día y los ojos se retiran a su cuartel de bruma, ni el abrazo de un niño a otro niño cuando se acaba el fuego, ni las manos al tocar otras manos con ternura. Nunca aprende uno a mirar. No vemos a los ángeles, no vemos al caballo, no vemos el aire, ni la piel, ni el abrazo, ni las manos.

Fotografía de Pedro del Espino

La asignatura pendiente para ser mejores personas y hacer de este mundo uno mejor es que se nos enseñe de una vez por todas a mirar lo que no se ve. En lo que pasamos por alto está la esencia de lo que creemos haber visto. La pértiga, en su vuelo, describe la locuacidad del ojo que la contempla. Este se ha conformado en la pereza y habría que espolearlo, conminarlo a que se explaye y hasta agote. Interrogamos a la realidad para que nos consuele de su loco trasiego. Es así como hacemos que sea propiedad nuestra. Tampoco es duradera, ni fiable. El juego de las preguntas exige una revisión continua. La credulidad es un obstáculo. Hay que transgredir, hay que aventurarse. Si el surrealismo es una euforia de los sentidos, hay que ser surreales sin interrupción. Un jardín no es siempre un jardín, ni la pipa de Magritte es invariablemente una pipa. En Las armas secretas, Cortázar sostenía que tender una cama no es exactamente tender una cama. Lo impuro es la pureza cuando se la entiende. Lo que se comprende acaba por olvidarse, pero es en todas esas zonas intermedias en que los primores de lo real se difuminan en donde estriba la semilla de lo sensible. Hay imágenes hospitalarias, vive uno en ellas, encuentra en su construcción un asidero, la cualidad ajena a la realidad de pronto retenida en el ámbar del tiempo. Las visitamos casi con pudor, las disfrutamos con breve algarabía, pero permanecen y nos convidan a que prosigamos mirando con otro afán, como si nada de lo que sabemos importara y se precisara un vocabulario nuevo para expresar las viejas ideas, las que nunca desaparecen del todo. Es dejarse fascinar por la sutilidad o por la imponencia, por lo aprendido o por lo nuevo. En ese escrutinio feliz está quizá la armonía a la que propende el alma sensible. Alguna debe haber por ahí adentro. No todo está perdido.

Una fotografía de un buen amigo, la que ilustra este texto, hizo que escribiera un poema que, a su vez, ha propiciado el presente artículo, que no sé si trata de la luz o de la sombra, pero que apela a lo milagroso y a lo olvidado. Es curioso que una cosa lleva a otra y a otra más adelante. Quién sabe si concluirá el viaje de las imágenes y el de las palabras. Lo dejo aquí. Está bien que vea mundo.

Elogio de la luz

El fulgor de la luz arracimada en los pétalos
se derrama con la claridad de un milagro
y es verdad la vida y se cuentan los prodigios
con que nos halaga a diario y nos cobija.

Así declama la naturaleza su virtud sin desmayo,
tiende su limpia maniobra de fragancias,
se deja invadir por el azul sereno de la mañana
y las buganvillas son catedrales en el aire.

Se recrea el verano en su majestad de belleza,
no hay secretos, todo es esplendor, nada huye,
está a la vista la quietud con su deseo adentro,
se escuchan los pájaros con su primor más novicio.

Mira cómo concurre el clamor, a qué altura se ofrece.
Déjate conmover por la fresca liviandad de los colores.
Abre el pecho, deja que lo estregue un cántico de olores.
Está el corazón a medio hacer y el aire lo va cubriendo.

(Lucena, julio de 2019)

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