junio de 2024 - VIII Año

¿Qué hay tras la puerta? (y II)

“Cuando Dios cierra una puerta, una ventana tiene abierta”

Literatos tan sesudos –como Kafka y Borges– casi vecinos puerta con puerta, no han renunciado a la riqueza alegórica que en su polisemia ofrece recurso tan propicio como el de las puertas. Ya el mismo Cervantes en el Quijote hacía un afortunado uso de él, como apunta muy inteligentemente Silvana Mariel Arena cuando escribe: “Al emprender cada una de las salidas, son tres las puertas que separan a don Quijote del encuentro consigo mismo: la puerta falsa de un corral, la puerta amurada del aposento de sus libros y la puerta de su locura”.

Pero desde luego si hay un escritor que le ha sacado especial partido a la metafísica de la puerta, en sus diferentes hipóstasis (ventanas, pasillos, escaleras y antecámaras), ese es el autor de ‘La metamorfosis’. Las últimas palabras de ‘El Castillo’ se refieren precisamente a una puerta cerrada. “Una ventana es una puerta para mirar. Un corredor es una puerta de tres dimensiones. Una escalera es una puerta que se despliega y sube como un fuelle, una multiplicación de umbrales de puerta, ascendentes” afirma Mario Hernández Aguirre, buen conocedor del universo literario del malogrado autor de Praga. Siempre habrá una puerta que decida el sino último de sus personajes, como hará la película de Bowie, desde la puerta del castillo siempre condenada para K hasta las puertas disimuladas del pintor Titorelli, pasando por la puerta del cuarto de Gregorio Samsa o las innumerables puertas  que no consigue franquear el campesino del cuento ‘Ante la Ley’.

Fotograma de ‘Un perro andaluz’

Si el checo se complace en inundar sus novelas de puertas inaccesibles y sus posibles metamorfosis, el argentino tampoco renunciará a esta estética de la desorientación con su pasión por los laberintos y los espejos.  En su poema ‘La puerta’ no puede evitar su desconsuelo: “Del otro lado de la puerta un hombre/ deja caer su corrupción. En vano/ elevará esta noche una plegaria/ a su curioso dios, que es tres, dos, uno, / y se dirá que es inmortal. (…)” y en su asociación de la puerta con el espejo baste recordar el poema ‘Límites’: “Para siempre cerraste alguna puerta / y hay un espejo que te espera en vano”,  que es una palmaria declaración de intenciones que ratifica que siempre, sin saberlo,  nos estamos despidiendo de algo: también de nosotros mismos, del que fuimos o del que estamos dejando de ser en este preciso instante. El espejo y la puerta serán los elementos indispensables para la construcción de un laberinto, siguiendo la concepción del dédalo minoico (léase también coso taurino como defiende meridianamente Michel Leiris). Y la ambigüedad y la confusión que representa su símbolo del Labris, el hacha de dos cabezas, determinará el hecho de que el solar Teseo y su oponente, el Minotauro de las tinieblas –el encuentro con el Otro, el monstruo– vengan a ser uno y lo mismo. Borges, impenitente lector, sentía una profunda admiración por H. G. Wells del que llegó a decir: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: me gustaría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrante y, a veces, terrible felicidad”. Y el encendido elogio estaba apoyado en aportaciones tan sobresalientes como el cuento ‘The Door in the Wall’ del inglés, que trataba sobre un tal Lionel Wallace, miembro reputado del gabinete británico, que guardaba un secreto que consistía en que había atravesado una puerta verde en un muro blanco, cuando tenía cinco años de edad y descubriendo dentro de sus límites un precioso jardín habitado por panteras y por niñas de rizos rubios y compañeros para sus juegos infantiles; sin embargo, pasado un tiempo es expulsado de ese edén perdido –proverbial locus amoenus u hortus conclusus– debatiéndose entre la terrible e intensa nostalgia de ese topos mítico y la incomprensión de los adultos que le rodean en la vida real. Sencillamente, se ha quedado varado en ese no-lugar del que ya hemos hablado para conceptualizar la condición de la puerta. La incapacidad de Wallace para tender un puente entre su mundo imaginario y su mundo racional acaba por conducirle a la muerte. Imposible que no empiecen a merodearnos por la cabeza las panteras siamesas de Rilke y Borges en el cautiverio de sus respectivas jaulas o ¿es el mismo felino y la misma jaula? Canta Rilke: “Su mirada, cansada de ver pasar/ las rejas, ya no retiene nada más. / Cree que el mundo está hecho/ de miles de rejas y, más allá, la nada” y Borges –sesenta y tantos años después– lo reescribe como Pierre Menard con igual título: “Tras los fuertes barrotes la pantera/ Repetirá el monótono camino /Que es (pero no lo sabe) su destino/ De negra joya, aciaga y prisionera”.

Sigamos amarrados al infalible hilo de Ariadna del rioplatense que nos conduce a través de su personal laberinto de puertas –como infinitas cajas chinas– al relato del escritor inglés I.A. Ireland, que lleva por título ‘Final para un cuento fantástico’. El texto apareció en la ‘Antología de cuentos fantásticos’, editada por el propio Borges y sus colegas Bioy Casares y Silvina Ocampo. El segundo lo calificaba en el prólogo del libro como “brevísimo y perfecto” y cumplidamente por ello merece una transcripción aquí:

— ¡Que extraño! — dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!

La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

— ¡Dios mío! —dijo el hombre—. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!

— A los dos no. A uno solo — dijo la muchacha.

Pasó a través de la puerta y desapareció.

El esfuerzo de la lectura merecía la pena por cuanto que la alusión a esa puerta tan pesada nos abisma en la terrorífica clausura que se nos impone a través de su desconcertado protagonista. Es inevitable no recordar aquí un hito de la TV de nuestro país, el mediometraje ‘La cabina’ dirigido por Antonio Mercero, coescrito por él en colaboración con José Luis Garci y protagonizado por José Luis López Vázquez, en el que este vivía una situación kafkiana cuando se le cerraba la puerta acristalada de la cabina telefónica donde había entrado a hacer una llamada. La puerta, con su indispensable chirrido espeluznante,  ya desde los títulos de crédito era también la misma que nos invitaba a entrar en aquella serie antológica de nuestra añorada televisión en las ‘Historias para no dormir’ del sin par Chicho Ibáñez Serrador.

Apollinaire en ‘El bestiario o el cortejo de Orfeo’ ya nos había aleccionado a principios del siglo XX sobre la labilidad insurgente de los accesos al otro y al ego: “Oh puertas de tu cuerpo, son nueve y las he abierto todas. Oh puertas de tu cuerpo, son nueve y para mí se han vuelto a cerrar todas”.

Fotograma de El proceso de Orson Welles

Sin embargo, la puerta puede enmarcar otros rincones más amables como nos hacía imaginar otro argentino universal, el gigantesco Julio Cortázar, cuando decía: “…hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio…” En ‘Casa Tomada’, uno de sus más inquietantes cuentos,  las puertas adquieren la función salvífica de escudo protector que como parapeto convierte la vivienda amenazada en circunstancial refugio ante el avance ignominioso –al íntimo recinto doméstico– de una entidad innombrable.

No nos resistimos a traer un audaz microrrelato que lleva la autoría del editor, cuentista y poeta estadounidense decimonónico Tomás Bayley Aldrich que dada su brillantez y su concisión consignamos aquí para deleite del lector: Una mujer está sentada sola en casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

El suspense está servido, como en los buenos thrillers. Y es que si hay un arte que ha sabido sacarle partido a las puertas ese es el cine –y no solo con fines escenográficos–, si bien no siempre han gozado estas del justo reconocimiento del público como otro actor más del casting (aunque era habitual que las actrices que querían impedir la rivalidad de una recién llegada, la injuriaran diciendo que iba pintada como una puerta).

Las puertas y las escaleras de Kafka en el ámbito fílmico han devenido espacio como elemento narrativo, y lo vemos en Orson Welles (adaptación fílmica de ‘El proceso’ y las alcantarillas de Viena) o en Hitchcock (‘Vértigo’ y ‘La ventana indiscreta’), ese hombre que sabía demasiado. También lo sabían el vienés Lubitsch o el nipón Ozu. Si el autor de ‘Ninoschka’ nos podía contar más cosas en la pantalla con una puerta cerrada que otros cineastas con la bragueta abierta, el asiático era capaz de acercarnos con su objetivo zen a sus hondos personajes a través de las delicadas puertas correderas (shoji) –hechas a base de bastidores de madera y papel traslúcido (washi) – de sus austeros interiores domésticos. Sus puestas en escena rozan la delicadeza poética de las estampas ukiyo-é y de los haikus.

Por cierto, el “portero” Lubitsch filmó en los años 30 una fascinante versión cinematográfica del cuento de Perrault que tituló ‘La octava mujer de Barba Azul’ con Claudette Colbert y Gary Cooper en los papeles principales, en clara alusión al rijoso Enrique VIII, a la que seguirían –ya en los 40– la más modesta pero reivindicable  ‘Barbazul’ del también austrohúngaro Edgar G. Ulmer y la genial ’Secreto tras la puerta’ (Secret Beyond the Door…) del maestro Fritz Lang, y ¡cómo no! la seductora ‘Monsieur Verdoux’, película del incombustible Chaplin, a mayor gloria del asesino de las viudas, el psycho killer Landru, llamado por ello el moderno Barba Azul.

Fotograma de ‘Cuentos de Tokio’ de Ozu

Y ya para ir cerrando este alocado y sucinto recorrido a través de las puertas que en el ancho mundo han sido –son todas las que están aunque no están todas las que son– haremos una breve mención de las de la ciudad de “Troya, la de altas puertas” del anciano Príamo, y de “las puertas de Jericó bien aseguradas por temor a los israelitas” de Josué y no dejaremos de detenernos un momento en aquellas comedias de enredo de nuestro prolífico Siglo de Oro – como las hilarantes ‘Casa con dos puertas mala es de guardar’ y ‘La Dama Duende’ de Calderón– que se escapan del género filosófico y contrarreformista de su teatro del honor, aunque asimismo ‘La vida es sueño’ nos podría dar muchas pistas, como ningún otro drama, sobre el valor que las puertas tienen en el cautiverio literario que tantas placenteras lecturas ha dado desde ‘El viaje a través de mi cuarto’ de Xavier de Maistre hasta  ‘El Conde Montecristo’ de Dumas pasando por ‘A puerta cerrada’ de Sartre, ‘La peste’ de Camus, o ‘Esperando a Godot’ de Beckett por más que en algunos casos, como este último, las puertas no sean físicas y a pesar de su invisibilidad funcionen implacables, como ya nos había enseñado el avispado Jim Hawkins. Un ejemplo de esto lo ofrece con brillantez el film ‘El ángel exterminador’ de Buñuel, realizador que había utilizado con acierto las puertas ya desde su etapa muda en ‘Un perro andaluz’ y ‘La Edad de Oro’, si bien su mayor logro lo tiene cuando en la elíptica escena final de ‘Viridiana’ encierra tras la puerta a Silvia Pinal, Paco Rabal y la criada de la casa, para que los tres “jueguen al tute” –en un metafórico menàge a trois a lo Lubitsch– siguiendo el modelo de ‘El apartamento’ de Billy Wilder, como irreverente e inadvertida respuesta a la prohición de la miope censura franquista. “No, no se puede salir –puntualiza el poeta Vladimir Holan– por puertas que en las paredes están solo pintadas”, abundando en la escurridiza dialéctica ficción/ realidad.

Volviendo a Calderón y sus puertas –amén de los imprescindibles Lope y Tirso– conviene reclamar aquí su influencia en el teatro de vodevil centroeuropeo de dilatada tradición –vía francesa a través de Molière y Eugène Labiche– y que llegará hasta el ya mencionado Lubitsch –a través del teatro yiddish– y a la screwball comedy.   El teatro de la cuarta pared –con ese muro infranqueable pero invisible, que nos separa y nos permite al mismo tiempo cotillear desde fuera, no deja de poner en práctica el consabido procedimiento del ojo de la cerradura de la dichosa puerta de la que no conseguimos desembarazarnos.

Por último, para intentar salir a hombros por la puerta grande, cerrando ya el círculo taurino –ovación final y esperada vuelta al ruedo– con el que empezamos, no podemos terminar este artículo sin pegar el inopinado y sonoro portazo, replicando así el que dio la Nora Helmer de ‘La Casa de Muñecas’ de Ibsen, cuando un buen día  abandonó su casa haciendo mutis por el foro y dividiendo pues, como ya sabemos, el mundo en dos mitades –conocida y malhadada, la una e ignota y “elegida” la otra– por cuanto que en esa particular determinación de abrir la puerta del domicilio conyugal para cerrarla estrepitosamente tras de sí después, se llevaba a cuestas con ella el 50 % de la población del planeta –la de su época y las futuras– , certificando así con esta gesta/o épica/o lo que la mujer/las mujeres tenían absoluto derecho a exigir como propio. Nunca una puerta fue bandera de libertad tan elocuente y perentoria como el de aquella puertecita de atrezzo, que Nora cerró por primera vez en el escenario del Teatro Real de Copenhague.  ¡El famoso cuadro de Delacroix –que custodia el Louvre– solo había sido el principio de una venturosa huida hacia delante como presagio de la conquista del mañana!

Puedes leer ¿Qué hay tras la puerta? (I) aquí

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