
La idea me persigue hace muchísimo tiempo y ahora se me impone con más fuerza y temor que nunca: El fanatismo es la enfermedad más grave que ataca a la humanidad.
Aunque a veces pueda parecerlo, no es fanático el admirador, el seguidor, el entusiasta, el fan, el aficionado. Eso puede serlo cualquiera, de una religión, de una idea política o de una costumbre. Nada que objetar de gustos, preferencias o incluso manías de cada quien.
El problema, el terrible problema, es cuando el gusto o la pasión se encastillan, cuando al adepto le cambian un par de letras y se convierte en adicto; cuando el seguidor, afiliado o discípulo se convierte en sectario, cuando el entusiasmo se ciega en el objeto de su fervor.
Sin duda los tiempos de crisis empujan a cuantos la padecen a radicalizarse; y mucho me temo que quienes estamos vivos desde el siglo XX y lo que va del XXI, andamos en crisis permanente, salvo momentos aislados, por una causa o por otra: demasiadas guerras, propias o ajenas —que en cierto modo también tienen algo de propias—, economías maltrechas, pandemias más o menos virulentas, cambios de paradigma, etc. Más que crisis propiamente dichas puede tratarse de cambios tan constantes, tan acelerados que nos hacen perder pie por mucho que intentemos adaptarnos como mejor podamos. Ya lo decía Ricardo de la Vega en La verbena de la Paloma: «Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, es una brutalidad, es una bestialidad». Y conste que adaptarse a las ciencias será difícil pero conveniente. Por el contrario, si los cambios son a peor como en el caso que nos ocupa resulta sumamente peligroso.
Yo, al menos, no consigo tranquilizarme cuando observo que el fanatismo mata la racionalidad en tantos sectores.
Están en sorprendente crecimiento la intolerancia, el sectarismo, la irracionalidad del extremismo. Cada vez son más los que afirman que están en posesión absoluta de la verdad y por los tanto intentan que todos piensen igual que ellos; muchos de ellos, incluso, utilizando la violencia, la mentira descarada, la propagación del miedo, o incluso métodos más sutiles, pero igualmente indeseables. Cada día son más los que confunden lo que imaginan perfecto para ellos con la realidad y le aplican un sentido absoluto y excluyente. Cada vez son más y más radicales los que, a falta de reflexión y cordura, insisten en que llevan toda la razón y el resto están equivocados. Todo ello, esgrimido por esa caterva de individuos que todo lo ven blanco o negro y son incapaces de apreciar la inmensa gama de grises que son la sal de la vida.
Me da igual que sean fanáticos religiosos de uno u otro credo, obsesivos de una idea política o un partido concreto, o furibundos seguidores de nacionalismos, localismos, estatismos o cualquier otro tipo de tribu que mira a los demás con desprecio, superioridad, ánimo proselitista y, en casos extremos, con agresividad.
Siento ser pesimista —optimista bien informado dicen algunos— y temer que ese fanatismo creciente de que hablamos, con su obcecación, intolerancia, xenofobia, segregacionismo, racismo o discriminación esté creciendo a pasos agigantados.
De no pararnos a pensar, de no convertirnos en fanáticos del antifanatismo, me preocupa que nos acercaremos peligrosamente a alguna de esas distopías que la ciencia ficción nos viene mostrando de la mano de Philip K. Dick, Ray Bradbury, George Orwell, Frederik Pohl o Aldous Huxley entre otros.
Si cualquier lector o amigo observa que me pongo intransigente, sectario o pertinaz, que me dé una colleja a tiempo. Se lo agradeceré.












