
El 29 de diciembre —no paro de pensar en esas fechas a ver si se alivia este calor de julio—, se celebra, como siempre, el día de varios santos. Ya se sabe que además de los más famosos hay otro montón de buenas gentes a los que han santificado y hay días en que se amontonan.
Entre los de esta jornada, con el año a punto de escaparse, el que mejor me cae es san Ebrulfo, un santo muy conveniente al que todos deberíamos tener mucha devoción. Explicaré el porqué.
Este señor vivió en los convulsos tiempos de los primeros merovingios. Al principio formó parte de la corte del rey Childeberto I de París y sus alrededores. Aclaremos que la gran Ciudad de la Luz era por entonces poco más que un corral de vacas. El tal Childeberto, hijo del más conocido Clodoveo, fundador de la dinastía merovingia, fue, como casi todos por entonces, un bruto degollador de familiares y usurpador de tronos, aunque debamos aclarar que eran tronos tribales de chichinabo. Cuentan que se llegó hasta la Península Ibérica a conquistar Pompaelo, que ya había dejado de ser Iruña, pero aún no era Pamplona; y que después se acercó a Zaragoza, que todavía era Caesaraugusta, donde los visigodos maños le dieron para el pelo y tuvo que volverse a las orillas del Sena con el rabo entre las piernas. Ya se sabe que cada vez que los guerreros de Francia cruzan los Pirineos en plan chulo, salen escaldados.
Pues bien, entre los seguidores de ese cacique tribal estaba el tal Ebrulfo hasta que un día le entró una pájara, mandó a su esposa a un convento —se desconoce lo que pensó ella— y él se retiró a un bosque de Normandía para vivir como anacoreta. En aquellos andurriales había muchísimos bandidos, no s
e sabe si ostrogodos, burgundios o antiguos soldados romanos sin oficio ni beneficio, y parece que se dedicaban a hostigar a Ebrulfo y otros eremitas cuando andaban por los bosques buscando setas. Pero, mira tú por dónde, el santo los fue amansando poco a poco y terminó reformando a aquellos bandoleros, bastantes de los cuales se unieron a los ermitaños; hasta tuvo que montarse un monasterio para todos ellos.
De ahí, que le tenga yo mucha devoción a este san Ebrulfo. Alguien que se dedica a convertir ladrones en gente honrada merece que lo recordemos hoy de manera especial. Deberíamos encomendarnos a él, para que convierta a todos los políticos ladrones de esta España de nuestros pecados en gentes honradas que se recluyan en monasterios y así nos dejen vivir a los ciudadanos normales y a los otros políticos honrados que también habrá bastantes.
A la vista de los inacabables procesos judiciales en los que andan señalados un buen número de mandamases de estos reinos durante los que va del siglo XXI y aún del anterior, mucho me temo que el santo se las va a ver y desear para aligerar de amigos de lo ajeno nuestro solar patrio. Más duro será su esfuerzo que el que tuvo que dedicar a los bandidos de aquel siglo VI. Los delincuentes con corbata son mucho más complicados de reconvertir que los brutos medievales.
Propongo que la estatua de Cervantes, que está situada en la madrileña Plaza de las Cortes, sea trasladada a otro lugar y se coloque en su pedestal una imagen de san Ebrulfo para que nos vigile el Congreso. A ver si hay suerte.












