febrero de 2026

Por la difícil vida de Télema

Reconstrucción de la Abadía Télema. Ilustración de ‘Rabelais et l’architecture de la Renaissance’, Charles Lenormant.

¡Amigos de nuestra Cofradía de los Incrédulos Contumaces, Ave Fénix de sus resistentes ruinas, heredera de los siglos atrás refundada bajo el nombre Homeéico de Télema por Rabelais por mediación de Gargantúa, en quien delega su voz (si se sabe cómo cabe interpretarla) reconozcámoslo: ¡la zigzagueante marcha humana nos ha ido diezmando, consiguiendo en todo caso que nos sea cada vez más difícil encontrarnos todos, en una nueva Télema! ¡El ruido y vocerío imperante nos ahoga como si estuviéramos en una atiborrada taberna, la pintada dentro de su vientre por el Bosco o la bulliciosa de Barnaby Rodge, empujándonos a la mudez, la renuncia, y apenas si nos podemos hacer escuchar y entender al pretender alcanzar un acuerdo lo bastante común como para que sigamos hermanados en la pena que nos da la hostilidad ambiental, dándonos ánimo con buenos sentimientos y pensamientos creativos para no decaer!

Ya Rabelais fijó su crítica medular a través de un sutil “enigma” y una alegoría consecutiva referenciada simbólicamente al “juego de pelota” (hoy tenis), lo que rematará al final “el monje” analizándola un poco (lo que de ese modo esto es a su vez sentenciado). Lo hace por mediación de su personaje Gargantúa que discurre con aquel no tan lúcido monje puestos al servicio de su pluma. En el texto “fundacional” de la congregación, detalla la larga lista de los que no serán aceptados en la misma, lista cuyas caracterizaciones perduraron y hoy abarcan a muchos más individuos, hoy también más que entonces (supongo) pretendiendo integrarse o formar la “verdadera cofradía” con falsas máscaras a imitación de las honestas nuestras. También el Dante los tuvo por indeseables y como tales los situó en los infiernos, siendo luego pintados por el Bosco en el suyo y marchando tras su Carro de Heno o tratando de rapiñar algo del mismo, todos ellos con similar desvergüenza. Un Infierno que en el Bosco no estaba poblado por las almas de los muertos sino de los vivos y presentes. Los que hechos más fuertes pudieron ir montando toda una red de cofradías sin médula dentro de las cuales se sacarían los ojos para devorarlo todo en exclusiva, provocando nuestros inevitables e infructuosos gritos desgarradores y nuestros desesperados e impotentes momentos de amargura y angustia.

Hay en esa red una diversidad de “Academias” usurpadoras del pensamiento, con proliferación de manuales cuyas páginas están ocupadas por listas de consignas apenas variadamente adornadas con palabras cada vez más inadecuadas con fines musicales malsonantes pero con una evidente y sonora pretendida ostentación.

Con todo, seguimos siendo testarudos, y no dejamos de sacar fuerzas para nuestro consuelo… y nuestra vanidad que con lo poco bueno se contenta. Ciertamente tenemos mucho que decir, quizá más hondamente que antes, o de manera más explícita. ¡Y es que también seguimos teniendo mucho que sentir, o sea, vivir! Nosotros, además, nos caracterizamos por vernos obligados a decirlo todo lo mejor posible, con esfuerzos hondos, con cariño intenso por las palabras y sus sentidos, asumiendo la representación de los que sufren lo inevitable a manos de verdugos y cómplices, o como dice Rabelais: “los que organizan el juego”. Una representación que no pretende ni podría conducirlos a nada, es decir a otra mentira, es decir a engañarlos como buscan hacer los de las falsas cofradías para beneficio de sus amos de quienes viven.

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