mayo de 2026

Sobre metáforas y reajustes en tiempos de pandemia

Viñeta de Eugenio Rivera

De repente empezaba a recordar uno de esos títulos geniales que han pasado a formar parte de mi colección; una de tantas colecciones intangibles que conforman mi patrimonio inmaterial: “Metáforas de la vida cotidiana”; ese fue el título, de un trabajo académico, que me abrió los ojos y avivó mi inspiración. Ese trabajo, y su título, privaban por vez primera a la literatura de la propiedad exclusiva de la metáfora, cediéndonos sus derechos a los hablantes, a los ciudadanos de a pie, al explicar la magia de nuestro modo diario de hablar y cómo, de manera natural, las palabras, partiendo de su significado originario, se van desbordando a través de derivaciones metafóricas que nosotros mismos generamos a base de sensaciones compartidas o comparaciones inevitables. Quién de nosotros no ha estado alguna vez “en un callejón sin salida”, “al borde del abismo” o “metiendo la pata”… ¿Acaso no hemos subido todos en alguna ocasión por “la falda de una montaña”? ¿Quién no ha pronunciado, por ejemplo, esa frase apremiante de que “el tiempo es oro”? Y todo ello de modo natural, irreflexivo y sin ninguna intencionalidad retórica.

Será por eso, o porque siempre me han interesado las palabras y el uso caprichoso que hacemos de ellas, por lo que comencé con este glosario que habría de recoger las nuevas palabras, o casi mejor, los nuevos significados, que la pandemia estaba trayendo a nuestro lenguaje de cada día.

Confinamiento. Fue una de las primeras palabras nuevas a la que tuvimos que acostumbrarnos; así, de repente, de un día para otro, el gobierno y los ciudadanos no hablábamos de otra cosa. Y a ninguno nos extrañó que su acepción fundamental fuese el aislamiento temporal impuesto por el gobierno por motivos de salud, sin que nadie se acordara ya de su viejo significado relacionado más bien con las condenas judiciales y la jerga legal. Ahora las conversaciones mundanas y familiares versaban sobre cuánto duraría el confinamiento, o cuándo, para qué y en qué condiciones excepcionales podríamos romperlo. Y asomaban, cómo no, las desigualdades sociales, porque no era lo mismo estar confinado en una hermosa casa de varias plantas rodeada de un jardín en torno al cual caminar, correr o saltar, que en un pisito de escasos metros cuadrados, en los que familias enteras con miembros de muy diversas edades se tropezaban por los pasillos y hasta se disputaban los sillones. Y nos invadían dudas irresolubles sobre si estábamos mejor los que sufríamos el confinamiento absoluto, un día tras otro de puertas adentro, o quienes podían atravesar cada día los umbrales de sus casas para asumir trabajos sanitarios o de suministros básicos, en condiciones extremas, más propias de las distopías de la ficción que de nuestra apacible vida real antes de la pesadilla del COVID.

Estado de alarma. El llamado estado de alarma, que declaró el Gobierno aquel 14 de marzo que nunca olvidaremos, parecía trasladarnos a todos a una situación de guerra, de toques de queda, de normas extraordinarias que de ningún modo podríamos desobedecer porque nos acechaba el enemigo. Nos trasladábamos a escenarios cinematográficos con calles desiertas, portones de hierro cerrados y ciudadanos corriendo aterrados porque llegaban unos minutos tarde. Y se trataba, en efecto, de una guerra, aunque al principio nos costara creerlo, con un enemigo invisible y poderoso, escurridizo, que jugaba al despiste, destructor, capaz de mutar… y contra el que empezábamos a desplegar armas improvisadas, que nunca eran tan eficaces como los poderes del virus maligno. Agradecíamos, pues, ese estado de alarma que otorgaba al Gobierno —de modo temporal— poderes especiales con los que intentaría afrontar y tal vez doblegar esa crisis sanitaria que se agrandaba día a día, desbordaba los hospitales y nos ofrecía unas cifras de mortalidad crecientes e imparables.

Comparecencia. A vueltas con la terminología legal, como si no tuviésemos palabras de uso corriente para expresar esa aparición reiterada, una y otra vez cada día, una y otra vez día tras día, del presidente y los más altos cargos para explicarnos con detalles y circunloquios los avances de la enfermedad y sus consecuencias nefastas. Como nadie sabía mucho de ese virus caprichoso y maligno de origen desconocido, la información se convertía en cifras y en gráficos tan complejos como desalentadores. Llenábamos así nuestras horas de confinamiento esperando la siguiente comparecencia y tratando de interpretar no ya los gráficos siempre crecientes ni las cifras demoledoras, sino los signos indirectos que nos transmitían aquellos interlocutores ya habituales, a través de sus peinados a veces desmadejados, de sus corbatas cada día peor anudades, de cazadoras intemporales, o de las huellas de unos sudores que más tenían que ver con la desesperación y la impotencia que con los calores que aún estaban por llegar. Fue así como los ciudadanos confinados, al oír la palabra comparecencia, dejamos de pensar en las audiencias en las que los jueces dictarían sus resoluciones o en la presentación de informes en el parlamento para su discusión y debate, para pensar solo en aquel improvisado escenario de atriles y micrófonos desde donde nuestros dirigentes políticos entretenían nuestras horas de puertas adentro, sin poder ofrecer respuestas a las preguntas que todos nos hacíamos y los periodistas les formulaban.

E.P.I. Nos asaltaban también con las siglas; titulares completos a base de siglas que pasaron de ser especializadas a incorporarse al uso corriente. Para algunos de nosotros, los que habíamos criado a nuestros hijos en la escuela doméstica y amable de Barrio Sésamo, Epi solo era el compañero bromista del cascarrabias Blas. Pero no, las noticias de los nuevos EPI no eran tan amables. Tuvimos que aprender que nos hablaban de los Equipos de Protección Individual que debían llevar los sanitarios, todos los días, todo el día, para el cuidado de los afectados por el virus; sobre todo porque escaseaban. Ninguno de nosotros estaba preparado para afrontar una pandemia de esas características, ni siquiera los sanitarios, que tuvieron que reutilizar los EPI, pasándolos por la lavadora, o suplirlos con bolsas de basura, gorros de ducha o lo que su imaginación y posibilidades les dictasen. Algunos no olvidaremos jamás el significado de estas siglas.

Escalada y desescalada. También el deporte, en concreto el montañismo, nos prestaba imágenes para ilustrar nuestro nuevo lenguaje cotidiano. De pronto todo eran escaladas: de cifras, de expansión, de incidencias, de muertes… Y así durante muchos meses, hasta que empezaron a vislumbrarse por fin algunas desescaladas; subidas y bajadas tan trabajosas y agotadoras, picos que nunca hubiéramos imaginado alcanzar y que nos pusieron a todos al borde de unos abismos de los que no sabíamos cómo íbamos a escapar.

Ola, nueva ola, tercera ola… Los vaivenes del mar siempre habían sido motivo de inspiración, de manera que resultaba fácil trasladarlos a personas y sucesos. Había en ellos, además, algo de inesperado, de invasivo, de irreversible. Olas que podían derribar diques, arrasar edificaciones costeras y engullirse playas enteras. De manera que estas olas en que las autoridades comparecientes clasificaban los ataques del virus tenían siempre esa imagen catastrófica de la que parecía que no íbamos a poder escapar. Y nos medían la intensidad de cada ola, la primera, la segunda, la tercera o la enésima, con una precisión numérica que a todos nos recordaba la escala de Richter con que nos habían acostumbrado a reconocer la gravedad de los movimientos sísmicos. Y sí, pensábamos en el mar al oír hablar de estas olas, pero en ese mar amenazante que nos asustaba con su avance violento, imprevisto e imbatible.

Dientes de sierra. Menos poéticos que el movimiento del mar, por violento que fuese, nos resultaban los llamados dientes de sierra que nos mostraban los políticos en sus comparecencias diarias, trasladándonos una agresividad que no nos gustaba. A ninguno se nos ocultaba la imagen clara de esa herramienta dentada de acero brillante, capaz de cortar los objetos más duros; por algo el sintagma había sido adoptado por el lenguaje militar, que podía organizar sus empalizadas de defensa a base de repetir ángulos entrantes y salientes, es decir, a modo de dientes de sierra. Ahora, sin embargo, esos gráficos diarios que con tan buena intención nos mostraban nuestros desbordados políticos, se referían a subidas y bajadas continuas, no necesariamente regulares, de la incidencia del virus, o de las víctimas que se iba cobrando, en un zigzag infinito que nos daba muy pocas opciones para la esperanza.

Aplauso. El aplauso a las 8 de la tarde, desde los balcones o ventanas o cualquier otro hueco al que pudiéramos asomarnos, se convirtió muy pronto en algo más que una ovación agradecida a nuestros esforzados sanitarios. Para muchos era nuestra única cita diaria, casi un acto social en medio del aislamiento forzado, que nos permitía ver a nuestros vecinos, hablar, aunque fuera a distancia, sin esas mascarillas que ocultaban nuestros rostros y nuestras emociones. Lo que comenzó por unos minutos de aplauso y un intercambio de saludos estandarizados y formularios fue ganando terreno hasta convertirse en charlas prolongadas y hasta en celebraciones compartidas entre balcón y balcón, que aliviaban nuestras soledades forzadas, nuestras nostalgias de cervezas y abrazos, nuestras vidas abocadas a futuros inciertos y desalentadores.

Mascarilla. El confinamiento no fue la única medida a la que tuvimos que someternos de un día para otro y sin una fecha límite en nuestros horizontes. El uso de la mascarilla se impuso como obligación no ya solo para los sanitarios, sino para todos nosotros, los que podían salir a trabajar porque desempeñaban tareas de servicios y suministros básicos y vitales, y todos los demás cada vez que, con las debidas cautelas, provisión de gel hidroalcohólico y venciendo el miedo que nos provocaba ese virus de propagación aún poco definida, nos veíamos obligados a traspasar nuestros umbrales para ir a la Farmacia, al supermercado o a ocuparnos de nuestros mayores, que acabaron por ser las peores víctimas del aislamiento.

Aislamiento y distancia social. Una de las consecuencias más inmediatas de aquel estado de alarma fue el aislamiento, la pérdida absoluta de todo contacto físico, salvo entre quienes tuviéramos la suerte de no vivir en soledad. En días previos a la clausura total, los más previsores llegaron a colapsar aeropuertos y estaciones para lograr un reagrupamiento familiar que los salvara de la soledad irredenta y de la matadora falta de abrazos sanadores. Y fue así, en medio de aquel aislamiento, cuando también esta palabra desbordó los límites de sus usos y significados habituales, para activar, y convertir en primordial, la que hasta entonces solo fue su tercera acepción, definida en nuestros diccionarios como incomunicación y desamparo.

Un aislamiento que blindaron nuestras autoridades, para las circunstancias excepcionales en que podíamos salir, bien en busca de suministros básicos, bien a desempeñar trabajos esenciales, con lo que dieron en llamar “distancia social”. Un oxímoron en el que, pese a su evidencia, nadie reparó y que ponía en relación conceptos y situaciones tan antagónicos como esa sensación de compañía, alianza y complicidad que evoca lo social, y el abismo físico, o temporal, de un término como “distancia” que, más allá del alejamiento, usábamos con frecuencia para las diferencias insalvables que nos separaban a los unos de los otros, y para esos desafectos que inspiraron las literaturas y las canciones del desamor. Frente a todas las previsiones lingüísticas y al disparate de esa asociación de palabras, el sintagma se instaló y reorganizó nuestros itinerarios, rediseñados ahora a base de líneas amarillas, puntos rojos y peticiones conminatorias de no traspasar las líneas, de no rebasar nunca esa distancia social del metro y medio que tanto nos está costando abolir, y cuyos restos desgastados en las calles y establecimientos nos trae el escalofrío y la sombra de aquellos días, de aquellos meses, de aquellos años.

Viñeta de Eugenio Rivera

Los vulnerables. Esta hermosa palabra, con un origen latino que nos transportaba de manera inequívoca al doloroso mundo de las heridas, del cuerpo o del alma, señalándonos como víctimas muy probables, se especializó para la catalogación de grupos sociales que, por determinadas circunstancias, podrían ser blanco fácil de ese virus enemigo. Así que los vulnerables, eso que sonaba como el título de cualquier novela o película sobre las distopías que ahora nos amenazan y nos amedrentan, eran en realidad grupos heterogéneos, no siempre bien definidos: mayores de cierta edad, afectados por determinadas patologías, dependientes, cuidadores… Sí, podría parecer ventajosa la pertenencia a alguno de esos grupos, al fin y al cabo recibiríamos un tratamiento en cierto modo favorable, ventajoso y personalizado, que nos aseguraría la protección contra el virus; pero lo cierto era que a nadie le gustaba en el fondo verse incluido en esa excepcionalidad. Tal vez por la propia denominación del grupo, por la fuerza de la etimología, que no dejaba de recordarnos nuestra condición de heridos, tocados por la enfermedad, por la edad o por cualquier otra circunstancia injusta e irreversible que nos hacía distintos del resto de los mortales.

Grupos de riesgo. No era nada tranquilizador además que esos mismos vulnerables, en medio del hartazgo de informaciones que se distribuían, cada día, a cada hora, en cada medio, y que obligaba a cambiar los nombres de las cosas para no dar la impresión de estar contando siempre lo mismo, recibiesen también la denominación, tristemente sinónima, de Grupos de riesgo. Riesgo, esa palabra dinámica que nos anunciaba la inminencia inevitable de cualquier daño, esa palabra que se había adaptado a tantas circunstancias de la vida, todas extremas, y que muy especialmente había adoptado la jerga financiera, enredándonos siempre en los últimos tiempos con la amenaza de esa prima de riesgo que nos iba a llevar a un colapso económico del que nos iba a costar reponernos; o la jerga deportiva, aludiendo a deportes de riesgo que nos hacían pensar en paracaídas que nunca se abrirían o en los circuitos profesionales de coches y motos que tantas víctimas se iban cobrando o en un sinfín de prácticas que a muchos nos parecían suicidas. Ahora se nos aplicaba ese apelativo a nosotros, a los ya clasificados como vulnerables, recordándonos la proximidad de un daño que nos podría alcanzar a la vuelta de cualquier esquina.

Sobre la “teleactividad”. La imposibilidad de movernos y encontrarnos, de ocupar nuestros despachos o lugares de reunión trajo consigo lo que de un modo genérico se llamó teletrabajo. Siempre es reconfortante que se siga recurriendo a las lenguas clásicas, en este caso el griego, para la composición de nuevas palabras que no resulten engendros o calcos injustificados. Así que nos acostumbramos a trabajar desde lejos, a distancia, como nos habíamos acostumbrado ya a vivir a distancia, sin tocarnos. El teletrabajo —la teleconsulta en el caso de los sanitarios— se incorporó con fuerza a nuestra rutina, sin que aún hoy, que hemos recuperado todas nuestras posibilidades de contacto directo, se haya llegado a erradicar. Y de nuevo la poesía, como para dignificar actividades dudosas, nos traía nuevas expresiones, como la de trabajar “en remoto”, que a todos nos evocaba, en efecto, la lejanía, en el espacio y en el tiempo, rozando casi lo inverosímil, lo que está muy lejos de suceder. Hasta la biología o la mecánica de motores nos prestaban palabras como “híbrido” para definir esos nuevos modelos de vida que, en las escuelas y universidades, desembocaron en una enseñanza híbrida o semipresencial, como si uno pudiera estar solo a medias en alguna parte. Y a algunos nos iba invadiendo la melancolía, el recuerdo cada vez más impreciso de aquellos tiempos ya viejos, y a saber si perdidos para siempre, en los que el contacto era directo y real. Otros, sin embargo, empezaban a ver las ventajas de no desplazarse, de resolver problemas a través de la pantalla, de televivir, y acuñaron frases pragmáticas y ominosas como la de “el teletrabajo ha venido para quedarse”, que saltó a los medios de comunicación, y cuya reiteración aún hoy, tanto tiempo después, seguimos sufriendo, idéntica o adaptada a las muy diversas circunstancias que la vida nos depara.

La nueva jerga ciudadana. De repente todos éramos expertos en el manejo de un nuevo vocabulario que había ido surgiendo en torno al virus, su detección, sus causas o sus consecuencias. Así que, cuando empezábamos a poder salir y pese al metro y medio de distancia social, se nos cruzaban, con toda naturalidad, las conversaciones en torno al llamado gel hidroalcohólico con el que despellejábamos nuestras manos antes y después de tocar algo; o se descargaba toda la culpa en los pobres pangolines, sin que nadie realmente conociera la naturaleza ni el tamaño de estos mamíferos asiáticos cuyo nombre se pronunciaba con disparatadas variaciones fonéticas; y se opinaba, sin ningún criterio, sobre las ventajas o desventajas de practicarse pruebas PCR o de antígenos, ilustrando siempre los argumentos con ejemplos de vecinos o amigos de amigos a quienes los resultados de unas contradecían los de las otras o viceversa; y ya positivo y negativo estaban lejos de referirse a hechos verdaderos o falsos, a personas optimistas o pesimistas, o a la presencia o ausencia de carga eléctrica, porque ambos adjetivos, inconscientemente sustantivados, pasaron a referirse a los afectados o no por ese virus maligno que podía alcanzarte pasando desapercibido, sin indicios, y se discutía entonces sobre lo de ser sintomático o asintomático, creándose así más desconfianza y un desconsuelo infinito.

Inmunidad de rebaño. Empezaban a abrirse algunas ventanas de esperanza y oíamos, por fin, hablar del privilegio de la inmunidad, esa prerrogativa diplomática o cinematográfica de la que podían llegar a disfrutar políticos, testigos de cargo o detenidos, pero que para nosotros, en esta era pandémica recién estrenada, significaría la resistencia al virus patógeno. Claro, que no se trataba de un privilegio personal, ni siquiera aún de una realidad, sino de una aspiración de nuestro Gobierno, de un plan científicamente programado, de forma que pudiéramos llegar a la muy metafórica inmunidad de rebaño, sin que a ninguno de nosotros nos importara ese símil con el ganado lanar, resultándonos, por el contrario, muy tranquilizador.

Nueva normalidad. El final del estado de alarma, los efectos benéficos de las vacunas de urgencia, el descenso abrupto y esperanzador del número de víctimas mortales y la normalización de los suministros sanitarios y básicos ayudaron a configurar lo que nuestros dirigentes quisieron llamar la “nueva normalidad”. Todos queríamos, en cierto modo, despertar del mal sueño de la pandemia, olvidar nuestras pérdidas irreparables y volver a nuestras vidas, a esa rutina diaria de subir al autobús, acomodarnos en una sala de cine, frecuentar bares abarrotados y ocupar incluso nuestras mesas de trabajo; una rutina que habíamos dejado de envilecer para convertirla de pronto en uno de nuestros deseos más inminentes. Así que inventaron para nosotros, para satisfacernos, ese afortunado sintagma de la “nueva normalidad”, porque sí, íbamos a volver a nuestras vidas, pero no ya a la de antes, sino a una especie de vida paralela, restringida y modificada a la fuerza por razones excepcionales, y que pudo llegar a evocarnos esa realidad simulada que tanto nos había aterrado en El show de Truman.

Aforo y aforamiento. Una de las restricciones que nos trajo la nueva normalidad fue la limitación del aforo en los espacios que volvían a ser públicos. Ahora que, por fin, íbamos a comenzar a salir de nuestras viviendas blindadas, nos asaltaban en cualquier recinto —aulas, comercios, salas de espectáculos— y tras atravesar trabajosamente las líneas rojas de la distancia social, los carteles que nos advertían, con números exactos, sobre la capacidad máxima de las salas, tan mermadas como nuestras vidas postpandémicas, a modo de metáfora, coartándonos nuestros deseos de reunirnos por fin, de saludarnos con abrazos, de arrimarnos más allá de los aforamientos.

Reinventarse. Los cierres de muchos negocios, el hundimiento de grandes o pequeñas empresas y la ruina generalizada nos trajo, como contrapartida, como proyecto desesperado de solución, esta nueva palabra y con ella la necesidad de “reinventarnos”. Y lo que en realidad era una renuncia, un cierre o una capitulación, había que convertirlo —reconvertirlo— en algo nuevo, adaptado a los tiempos del aforamiento, la teleactividad, la distancia social y el miedo a los pangolines, de forma que el eslogan de la reinvención, que saturaba nuestros monotemáticos medios de comunicación, se tornó un manual de autoayuda que nos animaba a elegir en quién o en qué nos queríamos convertir, que nos vendía la vida como una continua transformación y que nos ofrecía oportunidades infinitas de nuevos desarrollos para seguir adelante.

Los últimos coletazos lingüísticos. Palabras nuevas para realidades nuevas. Y así fue como empezó a extenderse ese engendro lingüístico que ensamblaba abruptamente principio y final de dos palabras distintas cuya combinación insistente se había apoderado de nuestras vidas, de nuestras mentes, casi de manera enfermiza, hasta adquirir esa denominación técnica de lo que acababa de convertirse en una nueva patología: la infodemia, ese exceso de información, no siempre real ni contrastada, sobre el principio y fin de la epidemia.

Y sí, podíamos llegar a hablar del fin de la epidemia, y podíamos hacerlo al cabo de muchos esfuerzos, algunos improvisados por la apremiante gravedad, otros cuidadosamente calculados y sobre todo científicamente alcanzados, a través de un plan acelerado de vacunas de muy diversas tecnologías y nombres exóticos; hablábamos, en efecto, sobre si nos habían puesto la Pfizer, la AstraZeneca o la Moderna, opinando desde nuestra ignorancia sobre las ventajas y los riesgos de unas u otras, pero contentos siempre con nuestro certificado COVID, ese nuevo pasaporte que nos permitiría por fin la libre circulación más allá de nuestras fronteras. Habíamos conseguido así, entre todos, el último de los objetivos, lo único que permitiría hablar, de forma real y tranquilizadora, del fin de la pandemia, lo que nuestras autoridades denominaron, más allá de las previsiones de los diccionarios, la gripalización.

Colofón. Pero la vida no nos dejaba tregua, y nos trajo enseguida la erupción del volcán de La Palma, ese interminable y trágico vómito de lava y fuego, que nos recordaba viejas metáforas aprendidas en nuestra niñez, como las inexorables coladas de lava, o nombres nuevos, como las fajanas, de significado inquietante e invasivo, que comenzaban a inundar nuestros telediarios. Y sin habernos recuperado aún de esas imágenes desoladoras de hogares perdidos y tierras asoladas, estalló la guerra contra Ucrania, aquella invasión cuyas dimensiones y extensión en el tiempo aún no podíamos calcular, y que empezaba también a acuñar nuevos sintagmas, como el de los corredores humanitarios, que más bien parecían pasillos de evacuación, por los que intentar escaparse antes de ser alcanzados por peligros más que previsibles. Y así, de modo imperceptible, casi inconsciente, nuestras palabras, nuestras frases, desbordaban sus viejos significados para adaptarse a lo que se nos iba viniendo encima.

Concha Fernández, tres años después

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