septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

El legado de Fernando Morán

moran3Con Fernando Morán desaparece uno de aquellos hombres de la Transición que sacaron a España de las tinieblas del franquismo para situarla entre las democracias más respetadas del mundo.

Morán representa perfectamente a esa generación que desplegó esfuerzo, inteligencia y capacidad de entendimiento para legarnos un país homologable al de nuestros vecinos europeos. El país que entonces soñaban muchos españoles y que hoy disfrutamos.

El legado de Fernando Morán, sin embargo, va bastante más allá del éxito en sus desempeños institucionales. Su bonhomía, su extraordinario bagaje cultural, su trato exquisito con aliados y adversarios, marcaron un estilo propio, ya celebrado entonces, y muy envidiado hoy.

Este asturiano afincado en Madrid fue protagonista de algunos de los hitos más relevantes y determinantes de la historia de la diplomacia española. Él negoció y suscribió, junto al Presidente González, el acuerdo para la entrada de España en las comunidades europeas en 1986.

Fue artífice también de la apertura de la verja hasta entonces cerrada en Gibraltar, así como de la recuperación del entendimiento con el vecino francés, que tan bien vino a los españoles en la lucha contra el terrorismo etarra. Y fue impulsor clave para la renovada influencia española en el continente latinoamericano.

Su paso por distintas instituciones dejó siempre huella, positiva y duradera. En el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la embajada española ante Naciones Unidas, en el Parlamento Europeo, y en el Ayuntamiento de Madrid, donde terminó su carrera política.

En este último destino municipal tuve la ocasión de trabajar de cerca con Fernando Morán. En los despachos del Grupo Socialista en la Plaza de la Villa fui testigo directo de su vasto conocimiento sobre la historia de España y de Madrid, de su fina inteligencia para afrontar problemas complejos, y de un sentido del humor desconocido para muchos extraños.

Muchos saben de la infinidad de chistes que se contaron a su costa, algunos con mejor intención que otros. Lo que no sabe la mayoría es que Morán era el que los celebraba con más risas.

De hecho, presumía que, con el tiempo y sus viajes, había adquirido una prestancia personal cuasi anglosajona que le servía para blindarse ante agresiones y fatalidades. Aún recuerdo cómo se limitaba a enarcar una ceja, sobre su ejemplar diario de Le Monde, cuando algún concejal de la derecha se atrevía a descalificarle durante el desarrollo de un pleno municipal.

Se van los mejores de nosotros… Aprendamos, al menos, de su ejemplo.

 

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