septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Galdós y la docencia

Homenaje a Galdós al cumplirse el primer centenario de su fallecimiento. El día 4 de enero de 1920, murió Benito Pérez Galdós. Al cumplirse un siglo de su fallecimiento, un grupo ateneístas queremos rendir tributo a su memoria ante la escultura, de blanco mármol de Lérida de Victorio Macho, situada en el Parque de El Retiro. Tenemos previsto llevar a cabo una ofrenda floral y leer unas breves cuartillas en memoria de nuestro ilustre consocio, que perteneció durante muchos años a la Docta Casa, en la que coincidió con Amós de Escalante o Emilia Pardo Bazán. Su rebeldía, la riqueza de sus personajes y su compromiso con los desfavorecidos, nos impulsan a rendirle este tributo de afecto.

Galdós recreó la vida cotidiana con su mirada perspicaz; vio lo aparente y lo íntimo, lo superficial y lo profundo del alma humana. Sus personajes, sinceros y arquetípicos, impresionan por su realidad. Entran y salen en sus obras, se cruzan y se separan en esa vida de una ciudad pequeña como era Madrid. En todos hay verdad y por eso son reales, vivos.

Cada uno tiene sus preferidos, por atractivos o por ruines, por afectados o por naturales, pero todos por reales. Los vicios y virtudes de la sociedad aparecen en ellos junto a la delicada crítica por sus comportamientos que es más comprensiva que ácida y aún en su denuncia halla lugar para la disculpa por las circunstancias de su vida, que no siempre llegue a la exculpación.

El mío preferido es ‘El amigo Manso’, ese docente asturiano contemporáneo de Costa, el cual recomendaba como solución para este país ‘escuela y merienda’. Sigue siendo actual. Hoy vuelve a haber muchos niños que, contra todo pronóstico de hace pocos años, necesitan en la escuela la merienda que no tienen en su casa. Concepción Arenal en ‘La mujer del Porvenir’ reivindicaba el derecho de la mujer a la educación; fue contemporánea del Manso de Galdós.

Como Pirandello nace ‘El Amigo Manso’. Buscando a su autor: ‘quimera soy, sueño de sueño y sombra de sombra, sospecha de una posibilidad’ quiere emerger en el mundo real de la irrealidad de una novela para convertirla en verdad como la vida misma. Desde el inicio se disculpa por ser real y no quimera, y anticipa su temor al presumir que alguno de los lectores no encontrará lo que pretende: ‘a los sentimentales he de disgustarles desde el primer momento diciéndoles que soy doctor en dos facultades y catedrático de Instituto, por oposición, de una eminente asignatura que no quiero nombrar’. Es el primer oximorón que riega la obra; sabe que la sociedad desprecia la enseñanza y la posesión de conocimientos que acreditan sus títulos, ¿o los teme? Siendo motivo de orgullo ser profesor de una eminente asignatura hay una implícita denuncia por el rechazo social que presume y por ello se disculpa. Justo por ser eminente no se atreve ni a nombrarla. No quiere provocar más rechazo del que presume por el hecho de su buena formación: ‘doctor en dos facultades y catedrático de instituto’.

Es penoso reconocer la actualidad de ambas circunstancias. Vivimos en una sociedad donde ‘hasta los gatos gastan zapatos’; donde se obtienen licenciaturas y ‘másteres’ sin pisar el aula; donde todos los licenciados en medicina se autotitulan doctores, menospreciando así a sus colegas que lo son; donde ellos, conocedores como Manso del mundo en el que viven, ni se atrevan a chistar por este eminente título que otros usurpan; donde el sistema de selección de los catedráticos de instituto ha sido substituida por el fraude cometido por los sucesivos gobiernos con su viciosa creación de interinos. Su razón de ser era dar el tiempo necesario para convocar las oposiciones para lo que, administrativamente, basta un año. Pervirtiendo el sentido de la palabra se ha legalizado en tres años y aun se permite un cuarto. Detrás hay una estafa salarial por el menor pago al docente interino durante esos cuatro años que en la práctica se convierten en ocho o diez. La solución social es compensar esa estafa. De modo periódico hay un simulacro de oposición admitiendo a casi todos, sea tirios o troyanos.

No obstante, y no me cabe la menor duda, en su inmensa mayoría son profesionales vocacionales; pero con ese sistema se pierden a otros muchos que fueran quizá mejores. Pero en esta sociedad se sigue diciendo esa insultante frase: ‘el que sabe, hace y el que no , enseña’. Seguimos siendo una sociedad que, al revés de lo que ocurre en Finlandia, no valora la docencia. Manso se reconoce como ‘humilde auxiliar de esa falange de nobles artífices que siglo tras siglo han venido tallando en el bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre divino’. Es un oximorón que destaca el valor de la docencia por la nobleza de la tarea. Y añade ‘soy un profesor de filas que cumplo enseñando a los demás lo que me han enseñado a mí, trabajando sin tregua’. Esas frases Galdós traen a mi recuerdo a muchos profesores de mi bachillerato en un Instituto. Pese a su elevada formación en una sociedad donde el analfabetismo superaba el 50 % de la población, la humildad de su comportamiento social, sin vanidad alguna, mantenía su empeño en hacernos más cultos y mejores, soportando el menosprecio social de un salario entonces aún más injusto en atención a sus conocimientos y a la riqueza que producen.

Como contrafigura de este comportamiento ejemplar y ético de la docencia que rezuma Manso a lo largo de toda la novela, presenta Galdós la otra realidad; la de Irene como maestra que no quiere serlo. Con ello da verosimilitud a la descripción de una sociedad, que por desgracia sigue existiendo. Es sincera la confesión de su discípula en la que depositara tantas esperanzas docentes e incluso personales, ambas con grave error de apreciación: ‘La vocación de profesora durome hasta que salí de la escuela de institutrices. … ¡Enseñar gramática y aritmética! Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces… Se necesita un heroísmo tremendo y ese heroísmo yo lo he tenido… Pero estaba llena de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: ‘aguanta, aguanta un poco más, que Dios te sacará de esto y te llevará a donde debes estar…’. Esta confesión produce un terrible desengaño en Manso. Rompe su ilusión tras haber procurado que fuera la mejor maestra para que, en su más discreto nivel de enseñanza, lograra de sus alumnos lo que él pretendía de los suyos. Pero aun en la confesión de desagrado de Irene le reconoce Galdós la realización correcta de la tarea encomendada, aunque a costa de su insatisfacción personal.

Tras este doble desengaño la ética del profesor Manso permanece aunque exprese, no sería humano no hacerlo, un lamento afectivo por la injusticia social: ‘Y a medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es un gusto’. Tras ese ‘que es un gusto’, hay otro oximorón: el triunfo de la tarea hecha. El docente no busca en sus alumnos la repetición, sino la transmisión de la creatividad que genera conocimientos nuevos. Al decir ‘lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso fárrago de adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el Congreso y en los combates de la vida política, que es la vida de la acción pura y de la gimnástica volitiva’ ese nuevo oximorón reivindica la calidad de lo enseñado. Es por eso, porque ‘apena se distingue’, donde reside el éxito de la ‘vida de la acción pura y de la gimnasia volitiva’ de Manuel, su discípulo. Los cimientos de todo edificio yacen enterrados y ocultos, pero la belleza y calidad de la obra que se ofrece a nuestra vista sobre el suelo no se sostendría sin esos cimientos que la soportan.

Es sincera la alegría de Manso:: ‘mi discípulo, con gran beneplácito de sus enemigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en una esfera en la cual el devoto del bien, o se hace inmune cubriéndose con máscara de hipócrita o cae redondo al suelo, muerto de asfixia’. Eso no le impide la crítica política por falta de ética que tan bien conocía por propia experiencia.

Más duro es su comentario, hoy sería calificado de antifeministas, ante la confesión de Irene y su rechazo de la docencia con la que Manso le proporcionara su liberación a través de su mejora cultural y su independencia económica. ‘Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no se desmentían en ella. Como si lo viera… desde que se casó no había vuelto a coger un libro’. En ella hay que ver la solución a lo que crítica. Al margen del argumento erróneo de la raza, en todas es elemento esencial la búsqueda del progreso en el conocimiento, ‘los tiempos, …. el ambiente’ son su atenuante de la decisión personal de Irene, sin llegar a eximirla. Dentro de todo tiempo y ambiente cada uno somos dueños, en mayor o menor medida, algunas veces en medida muy ínfima, de nuestro propio destino. La prueba es evidente. Muchas ‘utopías’, fin de la esclavitud, igualdad de derechos, etc., tienen hoy respaldo legal.

La desbordante vitalidad de las novelas de Galdós incluye pequeñas piedras preciosas que dentro de la agitación social en la que se enmarca, variopinta y ostentosa, suelen pasar algo desapercibidas: el aprecio de Galdós por la enseñanza que necesitaba nuestro país, que sigue necesitando, porque en ella se apoya el futuro, subyace en este relato de vidas tan distintas con cuyo relato nos entretiene de modo amable, pero instructivo si sabemos descubrir el mensaje.

 

 

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