septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Honrando a Galdós en Marianela

Homenaje a Galdós al cumplirse el primer centenario de su fallecimiento. El día 4 de enero de 1920, murió Benito Pérez Galdós. Al cumplirse un siglo de su fallecimiento, un grupo ateneístas queremos rendir tributo a su memoria ante la escultura, de blanco mármol de Lérida de Victorio Macho, situada en el Parque de El Retiro. Tenemos previsto llevar a cabo una ofrenda floral y leer unas breves cuartillas en memoria de nuestro ilustre consocio, que perteneció durante muchos años a la Docta Casa, en la que coincidió con Amós de Escalante o Emilia Pardo Bazán. Su rebeldía, la riqueza de sus personajes y su compromiso con los desfavorecidos, nos impulsan a rendirle este tributo de afecto.

El Ateneo y los ateneístas queremos honrar a uno de nuestros consocios más ilustres, estuvo vinculado a la ILE, (Institución Libre de Enseñanza), el más grande novelista de los dos últimos siglos, cuyo primer centenario de su muerte conmemoramos este sábado, 4 de enero de 2020. En efecto, me refiero a don Benito Pérez Galdós (1843-1920). Aunque natural de Las Palmas, vino a vivir a Madrid a sus 18 años y se quedó hasta que nos dejara para siempre. Pero nos legó una narrativa moderna, (se le considera su creador), en la que no describe paisajes naturales; pero sí urbanos, parques, calles, plazas, edificios, monumentos, etc. que son objeto de su afilada pluma y su agudo ingenio y su lenguaje preciso y certero. Y, todavía más preciso, resulta cuando describe los perfiles psicológicos de sus personajes con sus defectos, virtudes y todas cuantas características nos pueden dar una idea precisa de la calidad humana de cada uno de ellos. Pero no pretendo seguir por esta línea.

Es en mi doble condición de socio ateneísta y persona ciega, circunstancia en la que también acabaría nuestro escritor. Quiero ahora advertir de una coincidencia que pudiera parecer casual, o fruto de la confluencia astral. Precisamente el día 4 de enero ha sido proclamado, por las Naciones Unidas, como el día mundial del Braille. Esta proclamación, petición de casi todas las asociaciones de ciegos que en los países existen, la hizo la ONU el pasado 17 de diciembre de 2018; por lo que será el segundo año que conmemoramos este día. Creo sobra añadir que el braille es un código de lectoescritura táctil, también usado para la notación musical, que fue inventado por el pedagogo y músico (organista) francés, Louis Braille, quién nacido en 1809 (4 de enero), siendo el menor de 4 hermanos de una familia humilde de un pueblecito próximo a París, tuvo la suerte de poder estudiar en un instituto para ciegos de dicha capital. Allí aprendió música, se hizo profesor y venció cuantas resistencias y prejuicios hubo en su alrededor para poder inventar el código que hoy usamos todas las personas ciegas. Falleció, a causa de una tuberculosis, (por las malas condiciones higiénicas del Instituto donde vivió, estudió y enseñó), un 6 de enero de 1852 (a sus 43 años). En el centenario de esa fecha 1952, Francia trasladó sus restos al Pabellón de Hombres Ilustres de París. ¿Haremos nosotros algo parecido con don Benito?

Con dicho reconocimiento se simboliza como desde la perspectiva de los Derechos Humanos, el derecho de las personas ciegas al acceso a todo tipo de información, educación, etc.

En España existe la ONCE, cuyo objetivo de que los afiliados a la ONCE y el resto de la ciudadanía puedan conocer y disfrutar de este código de lectoescritura desde todos sus ángulos: educativo, cultural, el uso del braille en la vida cotidiana, en el ocio y en muchas otras vertientes.

Sobra advertir que sin ese código nunca habría podido leer novela ninguna de Galdós, ni sus Episodios Nacionales, ni su teatro, ni podría estar escribiendo estas líneas…

Pero tampoco voy a sentar cátedra en este tema. Me limito, por si el amable lector quiere mejor y más precisa información, a remitirle al ensayo de Leoz de la Fuente, Gustavo. «La ceguera y otras enfermedades oculares en las novelas de Galdós», Archivos de la Sociedad Española de Oftalmología, nº 11, 2005, p.633-634.

No me resisto a referirles una novela, como tantas otras con nombre de mujer, “Marianela”, estupenda muchacha, hacendosa, voluntariosa, amable, despierta, sensible, anegada, servicial –no servil- pero poco agraciada según los cánones de belleza para los gustos de la época. Su antagonista, un niño nacido en una comarca minera, las minas de Socartes, en una familia con bastantes posibles, – los ricos de la comarca, hablando en plata-. Marianela, a quien se la menosprecia por su falta de belleza, no valorando todo lo demás, se la encarga la tarea de ser el “lazarillo” de aquel niño a quién enseñará, con su sola inteligencia a caminar y reconocer cada palmo de terreno y caminos que circundan las minas. También a reconocer los cantos de las aves, explicarles sus formas y movimientos. Así con todos los animales, las formas y funcionamientos de las primitivas máquinas de aquellas minas, describir los colores de las hierbas, incluso el arco iris que nunca podrá ver hasta que…

En las novelas, también en las de don Benito, hay milagros, el dinero de la familia permite una intervención quirúrgica de dudosos resultados incluso en la ciencia de estas fechas. Pero sí, el joven consigue ver.

Ahora Marianela tiene otro problema. No es quedarse sin su trabajo, el único que le consideraban capaz de hacer, sino que ha de aceptar ser vista por los ojos que ella sustituía. Por si usted, lector de estas breves líneas no conoce el desenlace, prefiero no desvelarlo para que tenga el placer de leerla entera.

 

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN TRIBUNA