octubre 2020 - IV Año

TRIBUNA

¿Más Estado?

¿Cómo se contará lo que está sucediendo? O, mejor dicho ¿cuál será el relato que explique la nueva situación política, social y económica surgida de este primer shock global en la era de la globalización (shock económico, institucional, social, vital…)? Aún mejor ¿quién logrará imponer la narrativa que justificará los cambios que derivarán de la pandemia? Naturalmente, antes de nada, habría que entender (comprender) las dimensiones del cambio, no estamos ante una Gran Recesión fruto de las contradicciones cíclicas de nuestro sistema económico, nos encontramos ante un cambio de paradigma en la percepción de la realidad, hemos pasado de una sensación de narcisista superioridad vital a una sensación de natural fragilidad y vulnerabilidad.

Esta metamorfosis hace que pasemos de creer que nuestros marcos mentales encajaban con la realidad a intentar encontrar un marco con el que sobrellevar, readaptar y superar la crisis de vulnerabilidad que comentaba al principio. Ello abre un hueco enorme para todo tipo de interpretaciones, aventurismos y, como no, de tendencias hacia el populismo. Sin embargo, de igual forma, nos da la oportunidad de mejorar y explorar vías posibles tanto para comprender los escenarios como para reforzar principios básicos que ninguna pandemia debería ser aprovechada para eliminarlos o tergiversarlos o desnaturalizarlos. Nos hallamos ante el inicio de un periodo de profunda incertidumbre y necesidad de respuestas que solo podría compararse al periodo de entreguerras del siglo pasado.

De la actual situación ha surgido un concepto que veo poco difundido que es el de comunidad. De forma más o menos espontánea nos hemos dado cuenta del sentido de unión y de la necesaria solidaridad que deriva de ello, ha sido una inmersión brutal en la sensación de responsabilidad individual y la corresponsabilidad grupal, en definitiva, la naturaleza nos ha obligado tanto a madurar como percibir el sentido del porqué los humanos somos seres sociales y gregarios, el porqué de la necesidad de compartir solidariamente los frutos y las desgracias. El problema de ello será en cómo se delimita tanto el sentido de comunidad como en el relato que explique dicho sentido y, mucho me temo, que hay y habrá quienes pretendan hacer su agosto a costa del sufrimiento de muchos.

La dinámica que parece estar estableciéndose en el debate político -entendiendo por debate todas aquellas herramientas que buscan crear un clima de opinión- parecen tendentes a crear una sensación de dicotomía entre lo público y lo privado, relacionando lo primero con la solidaridad y lo segundo con el egoísmo, incluso lo primero con la eficacia y lo segundo con la codicia. Pretender crear este marco de juego solo respondería al torticero aprovechamiento de una izquierda trasnochada para lograr imponer un sistema político y económico que se ha demostrado inoperante económicamente hablando y deleznable en lo que se refiere a las libertades positivas y negativas. Por ello no deberíamos caer en este tipo de trampas dialécticas y políticas. Y ni mucho menos desgastar nuestras energías en soluciones inexistentes ni, por supuesto, jugar con la polarización como herramienta política.

Cabría preguntarse entonces ¿necesitamos más Estado, más economía pública y más subvenciones como receta para enfrentar el escenario postpandemia? Pero antes habría una pregunta más interesante a mi parecer ¿para qué sirve (o debería servir) un Estado? Si nos fijamos en los orígenes de los estados, vemos que son la estructuración de unos recursos para lograr proteger y hacer progresar a una comunidad, desde las civilizaciones fluviales a los puntos estratégicos de comercio, se necesitaban sistemas colectivos que solucionasen y previniesen las necesidades del grupo humano en cuestión, por lo tanto, cualquier estado debe saber y poder agrupar en momentos determinados los recursos necesarios para responder a contingencias y para preservar la seguridad (y la libertad) de las personas de la comunidad. En nuestra contemporaneidad el Estado en ningún caso debería erigirse como instrumento moralizante que tenga la potestad de inmiscuirse en nuestra sagrada esfera privada ni tampoco en el organizador de nuestros modus vivendi, debería ser el garante y el guía estratégico que pueda coordinar las fuerzas de la comunidad en pos del bien común y es precisamente en los momentos de emergencia dónde se visualiza ese sentido de ser de los estados.

Para responder a la pregunta anteriormente planteada (¿necesitamos más Estado, más economía pública y más subvenciones como receta para enfrentar el escenario postpandemia?) deberíamos preguntarnos ¿debería el Estado dedicarse a cuestiones sobre las que no tiene expertis como las cadenas de suministro o recurrir a las empresas privadas de solvencia y experiencia demostrada que ya tienen canales establecidos y no necesitan inventar nada?, ¿qué es mejor medida requisar o incentivar la producción para estabilizar los mercados, los precios y las cadenas de producción?, ¿por qué no recurrir a lo privado como parte del necesario sentido de comunidad para lograr objetivos públicos como si fuera lo que son: un todo común?, ¿acaso alguien cree que un funcionario sabrá más que un empresario que lleva muchos años dedicándose a la fabricación del producto X (solo recordar la eficacia de empresas como Inditex o Telefónica para importar productos indispensables)?, ¿por qué, en definitiva, no avanzamos hacia una sociedad más realista y solidaria en el que el Estado juegue ese papel coordinar y motivador para paliar y revertir los costos económicos que se prevén? Y una pregunta que me parece fundamental ¿por qué partidos como Podemos insisten más o menos vehementemente en la dicotomía entre lo público y lo privado cuando lo que aquí ha fallado ha sido precisamente el ‘mercado’ sino la inoperancia y absoluta falta de previsión de lo público para prepararnos y responder a la emergencia sanitaria?

Lo que en verdad ha ocurrido es que se ha visualizado que muchas veces, los gobiernos pierden el sentido de la existencia de los estados y solo se bambolean en medio de la normalidad y el enfrentamiento político, como si la cotidianeidad, la realidad construida a través de los medios y la propaganda fuera la realidad…y la Covid19 nos ha enseñado que no, que lo importante de la política no son las dinámicas endógenas ni las cuotas ni los equilibrios, lo importante es estar preparados para saber prever y responder, para proteger a la ciudadanía y sus libertades, en definitiva para servir a la comunidad.

Por ello, deberíamos crear un marco de entendimiento y de comunidad que multiplique nuestras posibilidades y nos lleve de nuevo a la senda del progreso, deberíamos reforzar las libertades individuales como eje de la actuación política, deberíamos interiorizar que en todo estamos juntos y que de ello se deriva la necesidad de solidaridad y fraternidad pero no como conceptos huecos sino como elementos relevantes de nuestra actividad social y política, deberíamos repensar las estructuras y el funcionamiento del Estado y de todas nuestras instituciones, tenemos la oportunidad de mejorar y profundizar en nuestra democracia, solo falta voluntad política y, si no la hubiera, sería responsabilidad de la sociedad civil impulsar este gran cambio hacia una sociedad más abierta, tolerante, unida y solidaria. Para finalizar quisiera responder a la pregunta de ¿necesitamos más Estado? La respuesta sería: no necesitamos más Estado, necesitamos mejor Estado.

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