noviembre 2020 - IV Año

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Clemenceau: el tigre

clemenceauokGeorges Clemenceau (1841-1929), el Tigre, es el político francés más inclasificable de los dos últimos siglos. Demasiado individualista y partidario de la libertad económica, para ser bien acogido por el izquierdismo; y, a la vez, demasiado anticlerical para ser bien acogido por los conservadores. Y, en lo internacional, amigo de los anglosajones y demasiado francés, simultáneamente, para ser bien visto por unos y por otros. Su fórmula, que lo inspiró siempre y que dejó escrita en su Grandeurs et Misères d’une Victoire, ‘mi fuerza es la fuerza de quien no espera nada de nadie, más que de sí mismo’, resume su temperamento. No fue hombre de partido, de escuela de pensamiento o de religión alguna. Su patriotismo, sentido con ardor jacobino, constituyó una fuerza poderosa, a veces decisiva, en su carrera política. Su amor por Francia fue incuestionable, aunque, como alguien dijo, amó a Francia, sí, pero odió a casi todos los franceses. En la Historia de Francia, la gran figura de Clemenceau se alza solitaria, como correspondía al individualista radical que fue toda su vida.

Nació el 28 de septiembre de 1841, en una familia republicana de provincias, en Mouilleron-en-Pareds (La Vendeè). La Vendeè era una región de mayoría conservadora y legitimista, el País de los Chuanes, los temibles guerrilleros legitimistas de la Gran Revolución. Y es también el título de una de las Escenas de la Comedia Humana, de Balzac, centrada en esos contra-revolucionarios de 1789. El padre, Benjamin Clemenceau, un masón imbuido de los ideales de la Ilustración y de la Revolución Francesa, fue partidario de la Revolución de 1848, que expulsó para siempre a los borbones de Francia. También fue uno de los muchos franceses pronto desengañados del bonapartismo de Napoleón III.

De su padre, Clemenceau recibió la influencia anticlerical en la que siempre militó. En 1853, con doce años, fue matriculado en el Liceo de Nantes para cursar la educación secundaria. El estudiante en Nantes aprovechó ese tiempo, gracias a su padre, pero también a sus propias iniciativas, para tomar contacto con los opositores al Segundo Imperio de Napoleón III. También conoció a algunos de los personajes más destacados del republicanismo radical, como el gran historiador de la Revolución Francesa, Jules Michelet (1798-1874).

En ese tiempo escolar se inició como editor de un periódico panfletario de tendencia republicana, Le Travaille, que le deparó recibir un arresto de 73 días, durante el IIº Imperio. Ya estudiante de medicina en París, en 1863, estuvo encarcelado en la prisión de Mazas, durante cuatro meses, por haber redactado un llamamiento para conmemorar la proclamación de la República de 1848. Y a causa de su fogoso temperamento, volvió a ser encarcelado en la Conciergerie de París, durante 15 días, por batirse en duelo, preludio de famosos duelos en los que posteriormente participó, hasta en doce ocasiones, según se dice. Y también por influjo de su padre ingresó en la masonería. Todo un curriculum, desde luego.

El Rey Luis Felipe de Orleans, había prohibido durante su reinado (1830-1848), el uso de la palabra ‘republicano’. De esa prohibición nació el nombre de ‘radical’, que adoptaron para sí los republicanos. Un nombre, éste de ‘radical’, que hizo fortuna en Francia.

jovenclemencauUN MEDICO FRANCES EN NUEVA YORK

Licenciado en medicina, se trasladó a comienzos de 1865 a los Estados Unidos ‘…tras las huellas de Tocqueville…’ como él mismo escribió. No ejerció la medicina, pues se empleó como reportero de un medio francés, Paris Temps, para el que escribió crónicas sobre el final de la Guerra de Secesión (1861-1865). Al terminar la guerra, y para mejorar sus rentas, añadió a su trabajo de reportero el de profesor de francés. En 1869 se casó con una de sus alumnas, Mary Plummer, con la que tuvo tres hijos y de la que se separaría siete años después, en 1876. Como él mismo confesó, su esposa le abandonó por otro.

La experiencia americana fue trascendental para la formación política de Clemenceau. En Nueva York, el republicano francés conoció la principal metrópoli de la que llamará ‘Gran República de la Modernidad’. Clemenceau paseó por la Nueva York de Walt Whitman en los meses finales de la Guerra Civil (1861-1865). Y allí vivió la conmoción y el inmenso duelo por el asesinato de Lincoln, venerado entonces como el gran apóstol de la libertad. La impresión que recibió de América el espíritu del joven provinciano fue decisiva.

Al igual que le había sucedido a Tocqueville, unos treinta años antes, Clemenceau descubrió la pujanza y el bienestar que se apreciaba en América, en relación con Europa. Y como Tocqueville, creyó descubrir el secreto de ese bienestar en la libertad y en la democracia. Porque la libertad y la democracia, en América, permitían a los individuos desarrollar todas sus opciones vitales sin las trabas que atenazaban a las sociedades europeas, todas ellas llenas de rastros y restos del Antiguo Régimen. Y es que, en la América posterior a la Guerra Civil, era fácil convencerse de que la injusticia social tenía una solución: la generación de riqueza y la expansión y el desarrollo de la actividad económica. Igualmente, su estancia en América le ayudó a convencerse de que había una receta infalible para la democracia: la solidez y el vigor de las instituciones, y la obligada observancia de la ley.

REGRESO A FRANCIA

En 1869, Clemenceau regresó a Francia, a su Vendée natal, donde abrió consulta de médico, aunque hubo de esperar algún tiempo para ejercer, ganando el sobrenombre de ‘Doctor de los pobres’. En seguida, su gran vocación política le llevó a París. La ocasión lo valía. Era la crisis final del IIº Imperio francés.

En julio de 1870 Napoleón III había declarado la guerra a Prusia. En Berlín, el canciller Bismarck, inmerso en la creación de la nueva Alemania, creyó que convenía a sus planes forzar una guerra con Francia. Una victoria sobre Francia, le daría el prestigio y la fuerza necesarios para unificar Alemania bajo el cetro del Rey Guillermo I de Prusia. Dos meses después, el 1 de septiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán y el propio emperador fue capturado como prisionero por los prusianos. Era el fin de Napoleón III.

Desde el primer momento, Clemenceau se unió a las protestas. El 4 de septiembre de 1870 fue asaltado el Palais-Bourbon y se propuso proclamar la Tercera República que, por diversas razones se demoraría hasta 1875. Aún en 1870, Clemenceau fue elegido Alcalde del XVIIIº Arrondisement de París (Montmartre). Y el 8 de febrero 1871, fue elegido diputado a la Asamblea Nacional, reunida en Burdeos a causa del recién terminado asedio alemán de París (septiembre 1870-enero 1871). En la Asamblea, se opuso al tratado de paz impuesto por Bismarck, que anexionaba Alsacia y Lorena a Alemania.

A mediados de marzo de 1871 volvió a París, donde había comenzado la denominada ‘Revolución de la Comuna’. Era en París donde se vivían las jornadas revolucionarias, ya que la Comuna tuvo escasas repercusiones en Francia. Al igual que otros radicales, como Gambetta, intentó mediar entre los revolucionarios y el gobierno de la Asamblea Nacional, encabezado por Thiers (1797-1877), que había trasladado su sede a Versalles. Al no conseguir avanzar en la mediación con los revolucionarios renunció a su escaño en la Asamblea Nacional, al igual que Gambetta. Los Comuneros fueron aplastados por Thiers, a finales de mayo de 1871. Cinco años después, en 1876, Clemenceau volvió a ser elegido Diputado y, poco a poco, fue ganando el liderazgo de los republicanos radicales, entonces muy dispersos.

Primeros pasos de una carrera política en la que pronto se convirtió en el líder de los parlamentarios radicales. En la Asamblea Nacional destacó por su habilidad parlamentaria, por su oratoria y por su pluma, y como activo protagonista de la caída de muchos gobiernos. Y, sobre todo, destacó en los años del cambio de siglo, con motivo del ‘Affaire Dreyfus’. Un caso que provocó una profunda fractura nacional en Francia, de carácter religioso, y que dividió al país casi 70 años. Una quiebra nacional que sólo se resolvería en la Constitución de la Vª República francesa (1958), con la solución arbitrada por Michel Debrè (1912-1996).

PUGNA POR LA HERENCIA POLÍTICA DE LEON GAMBETTADuelista Le duel Déroulède Clémenceau 1893

León Gambetta (1838-1882) fue uno de los Padres de la IIIª República Francesa y del radicalismo francés: el autor del Programa de Belleville (1869), evangelio del radicalismo francés de la IIIª República. Un texto que orientó a los radicales de la primera generación, los fundadores de la República. De inspiración jacobina, era intransigente con los derechos individuales y favorable al sufragio universal. También incorporaba una fuerte orientación anti-católica, especialmente en materia educativa, en la que el radical Jules Ferry, durante sus gobiernos (1879-1885) sentó las bases de la educación pública en Francia. Cuando Gambetta murió, el republicanismo radical quedaría literalmente huérfano durante más de un decenio.

Pero en la última década del XIX y la primera del XX, tras el escándalo originado por el caso Dreyfus, y con apoyo de Clemenceau, entre otros, los republicanos de los distritos y de las provincias, y la masonería, celebraron el Congreso fundacional del Partido Radical, el 23 de junio de 1901. Este fue el comienzo de la época de esplendor de los republicanos radicales franceses. El radicalismo da a Francia muchos políticos de fuste, como Emile Combés, autor de la célebre Ley de Separación de la Iglesia y el Estado (1905), Camille Pelletan, el demócrata izquierdista, León Bourgeois, el creador del solidarismo frente al socialismo, o Ferdinand Buisson, el radical socialista. Clemenceau destacaría como el líder indiscutible del radicalismo, por el aura indiscutible de ‘Héroe del Affaire Dreyfus’ y ‘Primer Dreyfusard de Francia’.

En sus relaciones con los políticos, incluso los de su propio partido, se fue creando un apodo que le acompañaría ya siempre: el Tigre. Clemenceau era temido por su fina ironía y por su contundencia en la calificación (o descalificación) de sus rivales internos y externos al radicalismo. Una buena orientación sobre esto la dio el mismo en sus últimos años, cuando respondió a los reproches que le hizo su antiguo colaborador Berthelot (1866-1934) por su mordacidad: ‘Mi esposa se fue con otro, mis hijos me abandonaron y mis amigos me traicionaron. Sólo me quedan las manos para escribir y los colmillos: porque yo muerdo’. De todos los políticos franceses, sólo guardaría buen recuerdo de Gambetta y de Ferri, y eso que Clemenceau había contribuido decisivamente a derribar los gobiernos de ambos: al de Gambetta en 1882, y al de Ferry en 1885.

LA FORJA DE UN ESPÍRITU RADICAL

La agresiva mordacidad en la que era maestro y que utilizó con profusión desde los primeros momentos de su entrada en política, contribuyó a su fama, especialmente la de ‘tumba-gobiernos’, pero también le granjeó muchos enemigos. Enemigos que estuvieron cerca de acabar con su carrera en dos ocasiones, con los casos del general Boulanger (1837-1891) y del Canal de Panamá (1888), o asunto Lesseps, pues el principal imputado fue el constructor del Canal de Suez, y del de Panamá, Ferdinand de Lesseps (1805-1894).

El General Boulanger, llamado el ‘General Revancha’ fue muy popular en Francia. En 1885 lanzó una campaña a favor de una guerra de revancha contra Alemania. En torno a Boulanger se creó un movimiento que intentó convertirle en dictador, en el cenit de su popularidad, en enero de 1889. Su base de apoyo fueron los distritos obreros, en París y en otras ciudades, campesinos católicos, tradicionalistas y realistas. Apoyado por Clemenceau, fue nombrado Ministro de la Guerra, en 1886. Pero muy pronto, el mismo Clemenceau encabezó la denuncia de las tendencias autoritarias del general. El asunto no le perjudicó. Al estallar el escándalo de corrupción de los bonos del Canal de Panamá (1886), volvieron a intentar involucrarlo, pues Clemenceau era amigo de algunos de los acusados, como Lesseps o Eiffel. Pero no lo consiguieron, al menos no totalmente. Clemenceau no fue procesado, aunque si lo fueron Lesseps y Eifel, que resultaron condenados; pero perdió su escaño de Diputado en 1893, no volviendo a ser reelegido hasta 1902, en que logró el acta de senador por Var.

Durante esos años de alejamiento forzoso de la vida parlamentaria activa, la fama de Clemenceau alcanzó cotas que no se superarían hasta 1917-1919, tras la victoria en la Primera Guerra Mundial. Su intervención en el citado Affaire Dreyfus le dio gran popularidad. Fue precisamente en el diario de Clemenceau, L´Aurore, donde Zola publicó su célebre artículo ‘J´acusse’, el 13 de enero de 1898; el mismo título del artículo de Zola fue sugerido por Clemenceau. En ese tiempo, Clemenceau escribió 665 artículos sobre este caso, que no han alcanzado la notoriedad del texto de Zola, pero que levantaron a la opinión francesa: la defensa del prisionero de la Isla del Diablo era la defensa de la libertad en Francia. Su defensa de Dreyfus le valió padecer varios atentados, mucha incomprensión, y el reconocimiento como Primer Dreyfusard (partidario de Dreyfus) de Francia.

La campaña ‘Dreyfus’ configuró un movimiento político que impulsó la fundación del Partido Radical, en 1901. Como antes se ha indicado, Clemenceau, el líder del movimiento ‘dreyfusard’, fue uno de los firmantes de la convocatoria. A partir de 1902, la acción política de los radicales se convirtió en acción de gobierno, tras la victoria electoral del Bloque de Izquierdas que encabezaban. Clemenceau sería uno de los muchos primeros ministros de Francia salidos del Partido Radical. Un partido que, en el gobierno o en la oposición, orientó el destino de la IIIª República francesa, ocupando una posición central que le permitía coaligarse, con la izquierda, o con la derecha, sin muchos problemas.

UN VClemenceauETERANO DEBUTANTE

En febrero de 1906, cayó el Gobierno Combès, autor de la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado y de la principal legislación anti-católica que impulsaron los radicales. Para sustituirle, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros el también radical Sarrien. Este designó a Clemenceau Ministro del Interior. Tenía entonces 65 años, pero su energía fue desbordante en su enfrentamiento con el sindicalismo de la CGT.

La CGT era un sindicato revolucionario que utilizaba la huelga general, y hasta el atentado terrorista, para subvertir el orden republicano. Clemenceau, tras fracasar en sus intentos de acuerdo con los sindicalistas, realizó una decidida defensa del orden frente a los disturbios. En la represión de la ola de huelgas se ganó algún mote más: el ‘revienta-huelgas’ y ‘le premier flic de France’ (el primer poli, por policía, de Francia). Pero no ilegalizó a la CGT, por entender sagrada la libertad de asociación, si bien debían ser arrestados y juzgados los dirigentes de asociaciones promotoras de desórdenes. El mismo Sarrien dudó en mantener a su ministro ante la envergadura de las huelgas. En octubre de 1906, Sarrien perdió la jefatura del gobierno. Clemenceau, que se había quejado de la falta de apoyo de Sarrien, lo descalificó con un juego de palabras: ‘Sarrien – Ça, rien’ (‘Sarrien es nada’). La brillante defensa que hizo Clemenceau de su política le llevó a la Presidencia del Consejo, en sustitución de Sarrien.

En sus debates con el socialista Jaures, en 1906, en plena oleada huelguística, Clemenceau reafirmó su individualismo frente al colectivismo del socialista. Jaurès lo acusa: ‘Su doctrina del individualismo absoluto es la negación de los grandes movimientos de progreso que han determinado la historia’. A lo que Clemenceau responde:’ Pretendéis construir directamente el futuro. Y lo que hay que hacer es construir al hombre capaz de construir el porvenir, nosotros lo educaremos y lo liberaremos, mientras que vosotros pretendéis encerrarlo en el estrecho dominio de un absolutismo colectivo y anónimo’. En 1907, además, profundizó el sesgo anti-religioso iniciado por la legislación de Combès.

La política intransigente con la derecha y con la izquierda que impulsó, le mantuvo en la Presidencia del Consejo hasta 1909. Después, continuó desempeñando cargos ministeriales hasta 1913. Entonces, desde su nuevo diario ‘L´Homme Libre’, retornó a su vieja ocupación de ‘derriba gobiernos’. La censura de prensa impuesta en agosto de 1914, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, le llevó a cambiar el nombre del diario que, en protesta, pasó a llamarse ‘L´Homme Enchaîné’. Desde sus páginas fustigó la incompetencia del mando militar, las decisiones equivocadas, el sacrificio inútil de miles de vidas. Pero Clemenceau no era un pacifista, no, su denuncia la realizaba desde la óptica de un activo propagandista de la victoria.

EL GOBIERNO DE LA VICTORIA

En noviembre de 1917 la situación militar de Francia era dramática. La derrota se entrevió como una posibilidad cierta. Entonces, el Presidente de la República, su viejo enemigo Poincaré, se resignó a nombrar de nuevo a Clemenceau, de 76 años, Presidente del Consejo de Ministros. Este configuró un gobierno de hombres de su confianza al que se llamó, con razón, ‘el Gobierno de la Victoria’. Clemenceau fue claro y rotundo ante la Asamblea Nacional al explicar los objetivos generales y sectoriales de su política: ‘En política económica, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; en política interior, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; en política exterior, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; y en política educativa, o en política judicial, de finanzas o laboral, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra’.

Y durante la Segunda Batalla del Marne, en julio de 1918, cuando los alemanes parecían incontenibles y se pensó en evacuar París, Clemenceau se dirigió a la nación y al mundo desde la capital: ‘Lucharemos delante de París, lucharemos en París y lucharemos detrás de París (…) no nos rendiremos. Continuaremos la lucha hasta el último cuarto de hora, porque seremos nosotros quienes haremos ese último cuarto de hora decisivo’. Seguro que Churchill leyó estos discursos, pues los copió para sus más vibrantes alocuciones en las horas más difíciles de Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial.

Clemenceau, pese a su avanzada edad, desplegaba una actividad casi frenética. Visitó los frentes, pisó las trincheras, departió y confraternizó con los soldados. Al mismo tiempo que elevó la moral de la retaguardia y combatió con energía a los derrotistas. Hizo detener al pacifista Caillaux, y procesó por negligencia a los integrantes del gobierno que le había precedido. Entre los encausados de este proceso, que no prosperó, estuvo el radical Herriot (1872-1957), que llegaría a ser Presidente de los Radicales y Primer Ministro, años después, en 1924 y en 1932. Clemenceau también logró algunos de los objetivos que siempre defendió en política militar, como la creación del Mando Supremo Aliado unificado, que recayó en el francés Mariscal Foch, y que tan importante sería para lograr la victoria final.

El 11 de noviembre de 1918 Alemania pidió un alto el fuego. Era la victoria, y él, ‘le père de la victoire’. Ningún estadista francés ha sido tan popular en la historia de Francia como lo fue Clemenceau los días siguientes a la victoria. Pero él no era un diplomático. Su intransigencia en las negociaciones para la paz le valdrá un nuevo mote, ‘le perdre de la victoire’ (perdedor de la victoria). Esta parte de su biografía se explica casi siempre mal. Se suele acusar a su intransigencia, más que acreditada, de que los tratados de paz fuesen demasiado humillantes para Alemania, lo que para muchos fue causa de la Segunda Guerra Mundial. Cemenceau creó, con esto, un nuevo motivo de rechazo a su persona, en el futuro, que se unía al de la división de Francia con el caso Dreyfus. La actitud excesiva de Clemenceau en las negociaciones de paz le convirtió en una mala referencia para la integración europea después de la Segunda Guerra Mundial, en la que el entendimiento franco-alemán ha sido siempre tan importante.

Clemenceau en el frente 1918Clemenceau en el frente 1918LA RETIRADA

La popularidad ganada con la victoria, que le facilitó acceder a Acedemie Française (1919), no duró mucho. Clemenceau creyó que la gloria conseguida no sería tan efímera, por lo que presentó en 1920 su candidatura a la Presidencia de la República. Entonces le pasaron factura sus viejos enemigos y su historial de crítico feroz fue profusamente recordado. Incluso, entre los radicales, apenas tuvo partidarios. En enero de1920, tuvo que retirar su candidatura por falta de apoyos. Fue para él una gran decepción. Dimitió de la Presidencia del Consejo y abandonó la política activa. Pero su retirada no sería nada inactiva. Al contrario, fue un tiempo lúcido, el más lúcido de su larga carrera, aunque amargo.

Con un reducido grupo de leales, entre los que destacaría su fiel secretario personal, el periodista y político radical Georges Mandel (1885-1944), que llegaría a ser uno de los símbolos de la resistencia francesa frente los nazis, que lo asesinaron en 1944. Hasta su muerte, en 1929, vivió un tiempo triste, pero fecundo. En esos últimos años escribió cuatro grandes obras: ‘Demóstenes’, ‘Le Grand Pan’, ‘Au Soir de la Pensée’ y, sobre todo, la defensa de su conducta en la Primera Guerra Mundial, ante los ataques que le dirigió el General Foch en sus memorias póstumas, que fueron rebatidos en su obra ‘Grandezas y Miserias de una Victoria’.

Clemenceau murió en París el 24 de noviembre de 1929, en casi absoluta soledad. Su muerte no fue muy sentida, ni muy llorada, en casi ninguna parte del mundo, especialmente en Alemania. En la misma Francia, el duelo no pasó de lo estrictamente protocolario, pese a lo importante que había sido. La española Sociedad El Sitio de Bilbao, de la que era socio honorario, declaró una semana de duelo. Fue el único homenaje que conozco que recibió en el momento de su muerte el viejo luchador.

* * *

La legislación anti-católica adoptada por los gobiernos radicales de principios del siglo XX, a la que el caso del judío Dreyfus sirvió de justificación, creó una fractura religiosa en Francia que no se resolvió hasta 1959. Una legislación pretendidamente ‘laicista’, pero realmente anti-católica, dictada principalmente por los Gobiernos radicales de Combés y de Clemenceau, entre 1905 y 1909. Y una legislación que afectó a varios países, como España, donde se refugiaron muchos clérigos, frailes y monjas expulsados de Francia. Una situación que, en 1910, indujo al Gobierno de José Canalejas (1854-1912), a aprobar la llamada Ley del Candado, limitativa del número y presencia de órdenes religiosas en España.

Pero los tiempos cambiaron. En 1924, el también radical Herriot, rehusó profundizar en la división, y frenó el proyecto del Cartel des Gauches, que apoyaba a su gobierno, de retirar la Embajada ante la Santa Sede y de suprimir el Concordato Alsaciano-Lorenés, para extender a Alsacia y Lorena el régimen laicista establecido en las leyes del periodo 1905-1909. Una decisión que dio lugar a grandes debates. Herriot, que inicialmente apoyó el proyecto, se vio muy duramente contestado en la Asamblea Nacional por la minoría parlamentaria Alsaciano-Lorenesa, encabezada por un diputado católico, Robert Schuman (1886-1963). Schuman sería el líder de la Democracia Cristiana francesa durante la IVª República, y uno de los Padres de la Comunidad Económica Europea (1956), junto al Belga Monet, el italiano de Gasperi y el alemán Adenauer. Además Herriot, hombre sensato y prudente, estaba muy lejos del maximalismo radical de comienzos del siglo XX. Tampoco guardaba buen recuerdo de Clemeneau, que intentó procesarle en 1917, como antes se mencionó. Además, en 1924, Francia seguía siendo mayoritariamente católica y Alsacia y Lorena mucho más. La cuestión religiosa siguió dividiendo a Francia.

En 1959, el entonces Ministro de Justicia con el General de Gaulle, Michel Debrè, que sería más tarde su Primer Ministro, puso las vías para la solución de esa enconada fractura. Lo hizo en el debate constitucional de la Vª República francesa. La base del compromiso entre laicistas y católicos que impuso Debrè, consistió en el reconocimiento por todos de dos realidades que no podían cuestionarse: la República era laica, pero Francia era católica, y todos lo debían aceptar y respetar. Michel Debrè se había iniciado políticamente en la Resistencia, cuando todavía los comunistas colaboraban con los nazis. Fue un gaullista convencido y, curiosamente, o quizá no tanto, Michel Debrè era judío. Toda una coincidencia.

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El mito del ‘Tío Saín’, el hombre del saco

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Michael Foucault revive en Madrid

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Claude Debussy, a los cien años de su adiós

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Europa: Tiempo de oportunidades

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El pesimismo español y sus antídotos

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Calados o bodegas subterráneas en Rioja: una mirada retrospectiva al pasado

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Antídotos frente al pesimismo español (II)

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D. Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza (y III)

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Giacomo Puccini y ‘La bohème’: Una aproximación

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Riqueza que crea pobreza

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Águilas (Murcia), un escenario de cine

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Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza (II)

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D. Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza (I)

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La globalización en la viticultura

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El Trovo o el verso improvisado, en Águilas (Murcia)

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El espionaje reaparece en la escena literaria española

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Los Reformadores del siglo XVI… mejor los de ficción

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El Trovo o el arte de improvisar en verso

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Moda de altura: ‘Manos tejiendo el Arte’

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La viticultura heroica en la Ribeira Sacra

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Un Centro de Interpretación para salvar un pueblo y su territorio.

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Noche de cine en el Penal de Lurigancho

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Las protagonistas olvidadas de la primera generación de la Reforma

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La Reforma protestante, heredera del Renacimiento y promotora de la Modernidad

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Lo que Estados Unidos le debe a Canarias

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10 Robots que cambiarán el mundo

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Las especies Top 10 cumplen 10 años

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El enigma de los agujeros negros

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La ‘Revolución de los Claveles’ o el día que Portugal ganó la libertad

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Los 10 ‘tesoros’ del MAN

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Henri Cartier-Bresson, fotógrafo del instante

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Viaje al sistema Trappist-1

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La poesía kazaja aterriza en España