julio de 2024 - VIII Año

La columna romana / ‘Había una vez un circo (romano)’

Amigos, desde que acabó el Imperio, todo es un lío, tenemos montado un circo, pero no nos resulta divertido; los payasos cada vez son más y tienen menos gracia, mientras que a los humoristas se les censura.  Esto con Roma, no pasaba. Todos hemos escuchado historias sobre el circo romano, pero es que lo que normalmente llamamos circo romano era realmente el anfiteatro, que es donde tenían lugar las luchas de gladiadores, fieras y eso. El circo, con lo que se corresponde mejor es con nuestro “circuito” como el del Jarama y lo que iban los romanos a ver allí, como es lógico eran carreras de coches. Bueno, de cuadrigas…

Esas carreras eran tan, pero tan populares que el Circo Máximo, el más grande en Roma, medía como seis campos de fútbol puestos uno detrás del otro y tenía capacidad para unas 250.000 personas. El estadio más grande actual, no admite más de 120.000 personas, menos de la mitad. Como aprendimos en la aventura de Tintín Aterrizaje en la Luna, de Hergé (1907-1983), los grandes cráteres de la Luna también se llaman circos, tal cual en latín, como el de Hiparco, donde aterrizó Tintín.

El circo romano no era circular, sino un edificio más o menos rectangular con las esquinas en hemiciclo. Como una “U”. El Circo Máximo se llenaba (de hombres y mujeres) para ver las carreras de cuadrigas en las que competían cuatro escuderías, los blancos, los verdes, los rojos y los azules. Las carreras fueron el espectáculo más popular de la Historia de Roma. Cada escudería de carreras se llamaba facción y las rivalidades y las apuestas eran altísimas. Los coches (vale, las cuadrigas) tenían que completar siete vueltas al circuito girando en cada extremo, vértices que se llamaban metae.

Estos equipos o escuderías, tenían sponsors, que no es una palabra inglesa, sino latín puro. Sponsor viene de Sponsio, que significa apuesta y los sponsors antiguos eran literalmente los que apostaban su patrimonio por un equipo. Cada escuadra cubría los enormes gastos que suponía pagar a unos aurigas-pilotos sueldos millonarios y a un equipo técnico formado por mozos de cuadra, adiestradores, veterinarios, mecánicos, etc., sin contar con el altísimo precio de los caballos, adquiridos, según el historiador francés Jerome Carcopino, sobre todo, en Hispania. Los pilotos eran famosísimos y nos han llegado incluso epitafios de algunos que murieron en accidentes de carreras, panegíricos como el que dice así: “¡Oh, crimen del destino! ¿Por qué la meta, que tu carro apenas rozaba, te ha sido colocada tan al comienzo de tu vida?”

Bueno, pues eso, que la vida es un circo y los circos, circos son. Andamos a la carrera, amigos, sin saber dónde está la meta.

Ave, os saludo…

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Archivo Entreletras

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