septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

¿Paranoia o tolerancia?

conversacionEn la política y en la vida social, entre padres de la Patria, o entre vecinos del barrio, hay predicadores solemnes de platós de televisión y sabios apostados en la barra del bar de la esquina. En cualquier sitio y a cada momento, podemos encontrarnos a seres de superioridad impostada, gente altiva, bien pagada de sí misma, porque son gentes que remuneran generosamente su cerebro y, por ello, pontifican inconmensurables con rotundidad de infalibilidad papal.

Tal actitud se corresponde con una posición paranoica; no se trata de una categoría humana, sino de una posición rampante, un proceso creciente que los lleva a encaramarse hasta una atalaya pretenciosa por su ambición, banal por sus logros y patética a la postre.

Estas personas, sean líderes o mindundis, se arropan con ideologías políticas y filosofía de pacotilla, que presentan con cierta lógica y visos de credibilidad, aunque, en algunos casos, sólo sean el disfraz de un comediante, que cree en ellas en tanto que le sirven de instrumento de seducción para catequizar adeptos, en este baile de carnaval. En otros casos, la ideología es una pose, un modo de estar en el mundo, casi un rasgo de identidad, con el cual puede ser coherente o no, porque todo fluye. Y, en todo caso, la ideología refracta, es el color de las gafas con las que miramos al mundo, sin percatarnos que llevamos las gafas puestas que, además, están teñidas y nos engañan.

El problema serio que plantean es que demonizan al otro, lo excluyen porque quien no está conmigo, está contra mí. El otro es el contrario, el adversario, el enemigo a batir, porque es ignorante, siembra odio, crea fantasmas, asusta y genera guetos. Así, esta paranoia crítica ve gigantes donde sólo hay molinos y se incapacita para encontrar consensos mayúsculos, como el de 1978 en España, o pactos simples para articular una ley orgánica, o acuerdos convencionales para respetar los símbolos y la Jefatura del Estado. La convivencia queda amenazada, o estará rota, si enfrente hay otro paranoico crítico, idéntico a su contrincante.
Sin embargo, el otro sólo es la diversidad, riqueza antropológica, piensa con un paradigma diferente, respeta valores distintos y lo alientan pretensiones alternativas, simplemente, porque es otro; su discrepancia contiene una perspectiva establecida desde otro ángulo y lleva micas de verdad, como todo perspectivismo.

El encuentro es posible, si nos centramos en la persona, su singularidad, los avatares que le han afectado y a los que ha tenido que dar respuestas inteligentes, o simplemente adaptativas. El otro, siempre es producto de su existencia. Esto no es misticismo humano, lo demostraron los acuerdos entre Carter, Anuar el-Sadat y Menachem Begin en Camp Davis, conducidos por Carl Rogers, padre del enfoque centrado en la persona.

Cuando el otro es un cuerpo social, pongamos una nación, un partido, una corriente de opinión, etc., la empatía es más fácil, no sólo porque quepa la generalización, que también, sino porque no cabe la anamnesis: no es preciso profundizar en los vericuetos de la intrahistoria, puesto que la confluencia de los miembros que se agregan proviene de una cierta comunión de intereses recíprocos. Basta con comprender el denominador común. Siempre hay razones pragmáticas detrás del corporativismo social. De hecho, todos los grupos se forman para suplir las deficiencias de los individuos que los integran. La humanidad tiene carácter gregario como respuesta inteligente, casi necesaria, ante sus propias contingencias.

Establecida la empatía, es más fácil ser tolerante. El otro, sea de extrema izquierda o de extrema derecha, de izquierda o derecha centradas, o militante casual de no importa qué, es un ser humano alentado por un espíritu de libertad, política y civil, que pretende, con mayor o menor firmeza, mantener su dignidad en la lucha por la justicia.

Naturalmente, el narcisismo es enemigo de la tolerancia; la grandiosidad del ego del narcisista arruina las posibilidades del encuentro, porque lo incapacita para la empatía. El narcisismo se agota en el propio yo. Es una locura cuerda muy difícil de afrontar; un escollo a sortear, porque la intolerancia contra el narcisista lo convierte en paranoico crítico y de ahí sólo cabe esperar la guerra.

La tolerancia con las diferencias nos conduce a su comprensión y, desde luego, nos enseña los intríngulis de esa discrepancia, su lógica interna, a veces analógica, o de simple mimetismo, o de identificación con vaya usted a saber qué patrón de poder.

En todo caso, empezamos respetando al otro, tal como es, si queremos aprender algo del sistema que conlleva. Después, podremos ahondar hasta encontrar las raíces, los principios radicales que, a buen seguro, se entrecruzan con los propios. Las hojas no nos dejan ver el bosque, ni las amistades que hay entre las raíces.
Una vez encontrado lo troncal y garantizado el respeto a las diferencias, será posible un sistema de convivencia fértil, sinérgico y poliédrico, como corresponde a la riqueza humana que lo constituye, porque la tolerancia hacia las diferencias garantiza un mejor equilibrio, un sistema de adaptación más compacto y mejor asentado que el derrote paranoico.

 

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