febrero de 2024 - VIII Año

Por eso del vivir, el trabajar y el existir

Querido amigo/amiga:

Tu última comunicación llegó a mis manos, la leí, escribí algunas notas y me he puesto a dar varias claves en contestación a ti u otra/otro participante en nuestros debates o que pretenda hacerlo de cara al futuro. Como puedes ver, nuestra elección del formato epistolar adoptado por los romanos es otro gran acierto de su    inteligencia pragmática. Especialmente en ciencias y filosofía que exigen concreción, síntesis y elegancia

Preguntarás ¿por qué? Y la contestación es que perdí todos tus cartas. Pienso que en mi texto que, supongo, estás leyendo, observarás que quedan sugeridas dudas, certezas y afirmaciones que encuentran lugar en mi contestación.

Tus preocupaciones, que nos son lanzadas de forma provocadora, como es habitual en ti y de agradecer – sé que no piensas que puedan quedar encerradas en la formulación “trabajar para vivir – vivir para trabajar”. Me temo que la propones como inicio de una conversación que merecería desarrollarse en círculos concéntricos más amplios.

En los últimos años, se han ido levantando voces multitudinarias proponiendo la conciliación del tiempo de trabajo con el tiempo personal y familiar, considero conveniente una diferente formulación para darle una dimensión más ajustada.

Me permito, entonces, comenzar por el Existir; esfera de colores más densos, materiales menos móviles o, en su caso, determinados de forma absoluta, diríamos sin márgenes de libertad; entes e incluso formas anclados en un estar no inmóvil pero inmersos en procesos de aparición, cambio o extinción de los que las gentes no tienen noticia alguna. Por ejemplo, los Dioses. No veo por qué haya que limitarse a la materia inorgánica u orgánica, al Cosmos si se quiere. Los Dioses, al igual que una piedra, existen; esta como particularización de la materia infinita y expansiva e inagotable en un instante dado, aquellos simplemente como objetivación de los terrores, pequeñez, frustraciones, desesperación, anhelos y esperanzas de las gentes. Ellos no son responsables de su existencia, ni pueden definir su forma, ni elegir el lenguaje para su manifestación, ni precisar el momento de su muerte; existen sujetos al ciclo vital-histórico de sus creadores. La libertad les es ajena. Spinoza, al identificar a Dios con el Universo lo explicó con las manos atadas, todo necesidad.

Entremos ahora en eso que llamamos el Vivir. Espacio amplio y engañoso, con plazas abiertas a la luz y recodos oscuros, túneles sinuosos y pendientes empinadas, picos elevados y sus convocatorias, miradas atrás y al interior, caminatas en compañía y siempre soledad. Vivir, pues, que puede quedarse en eso del Existir y arrastrarse un poquito más allá o, también, en formularse los interrogantes y ponerse a la construcción de las respuestas. Tarea permanente y dolorosa en  que todas las ayudas no alcanzan, y te obliga a asumirte como pequeño Prometeo. La consciencia como salto de la Existencia al Vivir.

Y así como Carlitos M. decía que la vida es lucha, también sostenía que el ser humano es el producto de su actividad creadora, la desmesurada tarea de apropiarse de la realidad transformándola. Eso de aprehenderla ¿sabe usted?, que puede describirse en la ecuación adaptación-comprensión-utilización-transformación, es decir, un continuo e interminable proceso de aprendizaje que podemos llamar genéricamente trabajo. Aunque el mismo Carlitos M. ya nos enseñó que, como todo fenómeno social, es conveniente analizarlo en su devenir histórico y nos mostró cómo, en determinadas condiciones, eso que llamamos trabajo se convierte en una clara manifestación de la alienación, ergo: del no vivir, de una mera existencia subordinada a fuerzas exteriores tan duras, ingobernables y sanguinarias demandantes de sacrificios, como las deidades tradicionales. Pero tengo la impresión que nosotros, que nos hemos puesto a prueba en caminos de variada naturaleza y atravesado territorios dispares, aunque se nos hayan quedado varias cumbres por hacer, podríamos estar hasta cierto punto satisfechos pues, en la mayor parte de la andadura, pudimos sortear eso del trabajo alienado a pesar de asalariados.

Aprendizaje y creación. Con otros, siempre con otros, los más queridos, los cercanos y también con los que apenas podemos distinguir el rostro, a quienes no llamamos por el nombre, los innumerables, todos ellos, con y por quienes hemos aprendido que vale la pena vivir.

¡Hay que ver con esto del vivir!, resulta ser un bicho que una vez que arranca ya no para y te obliga a hacer balance cada tanto, con meticulosidad de contable. Y de rendición de cuentas en rendición de cuentas llega el día o la noche, que para el caso es igual, en que descubres que has entrado en lo que por estos tiempos se llama Mayores y te ves tentado a considerar que debes hacer un cambio sustancial en tu vivir. No pretendo desconocer que por eso del Estado del Bienestar y aquello de las contradicciones generacionales aparecen restricciones u obstáculos nuevos que obligan a adecuar tu vivir para la siguiente etapa. Lo que digo es que no hay razón para proscribirse los sueños incumplidos, los personales y los de los demás, refugiarse en la memoria o una abuelez que los nietos no te piden. Digo sí, que consciente de las limitaciones personales, aunque agregando el herrumbre acumulado, y tratando de no levantar los dos pies al mismo tiempo al caminar, hay que proseguir en el empeño de aprehender y seguir creando con los demás. Como siempre, cabe elegir el qué, dónde, cuándo, con quién, cómo.

La tierra sigue siendo fértil.

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Archivo Entreletras

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