febrero de 2024 - VIII Año

‘La llama’, de Arturo Barea

Editorial Plaza Janes, 1989. 416 págs.

Arturo Barea Ogazón fue un escritor español. Nacido en 1897 en Badajoz y muerto en el exilio, en la localidad en Faringdon en 1957 (Gran Bretaña).

Esta novela es una de las que escribió dentro de una trilogía sobre los acontecimientos previos a la guerra civil y en los primeros momentos del cerco de Madrid. La trilogía fue escrita en el exilio con el nombre de “La forja de un rebelde”, considerándose una de las mejores aportaciones de aquellos momentos en que se produce el golpe militar y se inicia la guerra en el Madrid asediado. El autor se volcó en contar desde su exilio británico aquellos acontecimientos de los que fue testigo y en cierto modo protagonista.

De los escritores que mejor han recogido esos instantes de 1936 en la capital están también algunos periodistas como Paulino Masip (Diario de Hamlet García) y Eduardo de Guzmán, este último como reportero de “Castilla Libre”, órgano anarcosindicalista. Todos ellos han contribuido con sus obras a relatar la defensa de la capital y los instantes más dramáticos vividos en las filas republicanas. En el caso de Eduardo de Guzmán su testimonio ha quedado recogido específicamente el asalto al cuartel de la Montaña y el cerco de Madrid, así como la rendición del ejército republicano en Alicante, en los últimos días de marzo de 1939, y el desastre del campo de lo vivido en el campo de Almendros. Este fue el primer episodio de otros muchos en que se convirtió España. Una inmensa prisión que se prolongó a otros 300 espacios que se abrieron por todo el territorio nacional para encerrar a los vencidos y desafectos en aquella terrible contienda.

En éste último episodio y en otros es preciso contar también con la obra que Max Aub escribió desde el exilio mexicano. Su tetralogía denominada “El laberinto mágico” es otra gran obra evocadora indispensable para seguir todos estos acontecimientos desde el lado republicano.

En el caso de Arturo Barea estamos ante un testigo privilegiado del momento porque en el momento del levantamiento militar, su sentido de responsabilidad le lleva a actuar al servicio de la República instruyendo civiles para el combate y desde el edificio de la Telefónica, desde la Gran Vía madrileña, como censor de noticias y como interlocutor de los corresponsales de prensa en la capital. Este trabajo le hace estar en contacto directo con esos dramáticos acontecimientos y conocer cada uno de los pormenores de lo que se transmitía desde el centro de Madrid.

Su compromiso con el gobierno republicano le lleva a mantenerse en el puesto, incluso en los momentos de mayor confusión, cuando el gobierno legalmente constituido, acosado por las tropas de Franco, determina abandonar la capital para ir a Valencia. A partir de ese momento, la responsabilidad del cerco en la capital quedó en las manos del General Miaja y la Junta de Defensa de Madrid.

El relato recoge los instantes de mayor confusión en las comunicaciones con el exterior, cuando muchos periodistas en sus crónicas daban por perdida la capital.

Arturo Barea se mantuvo fiel a su trabajo y a sus responsabilidades dentro del Ministerio de Estado, de quien dependían las comunicaciones. En ese mismo emplazamiento de la Compañía Telefónica, cuando las autoridades daban por perdido el cerco, y todos creían que era el final, él supo que esto no iba a ocurrir. Su exilió finalmente en 1938.

En este proceso de resistencia numantina que duró todavía un tiempo, siguió prestando sus servicios en la Secretaria de Estado, dirigida por Álvarez del Vayo, manteniendo unas intensas relaciones con los corresponsales extranjeros.

Durante ese espacio de su vida conoce a la que sería su esposa en esos tiempos turbulentos, Ilse Kulcsar. Esta persona fue una dirigente socialista austríaca que se había comprometido con su país en la defensa de los trabajadores en los duros momentos de 1934, cuando el Canciller Dollfus decidió acabar a tiros con la resistencia obrera en las calles de Viena. Ese compromiso ideológico le acompañó siempre. En ese periplo revolucionario, Ilse viajó a París, y desde allí, a través de la embajada española, decidió incorporarse en Madrid a la causa republicana. Muchos europeos y americanos contribuyeron con sus vidas a ese esfuerzo. Fueron los difíciles momentos de la sublevación militar.

Casi al final de la guerra Arturo Barea abandonó España para recalar en el Reino Unido. En ese periplo que le llevó al exilio siempre lo hizo acompañado de la activista austríaca Ilse Kulcsar. Su vida a partir de ese momento siempre estuvo unído a ella hasta su muerte en Inglaterra.  Ella, después de su muerte, volvió a Viena donde murió vinculada a su memoria.

Instalado en la Gran Bretaña, el escritor siguió trabajando en la defensa de la causa republicana desde Londres, no solo escribiendo, sino trabajando desde los estudios de la BBC de Londres, a través de sus emisiones en español.

Arturo Barea fue un escritor de origen humilde. Sus padres consiguieron impulsarle económicamente en los estudios. Viviendo en Lavapies donde el joven Barea pudo conocer las diferencias sociales de un Madrid injusto.

En la primera de sus novelas de esta trilogía titulada “La Forja” recoge las difíciles condiciones en la que vivieron él y su familia. Describe esos momentos cómo su madre se dedicaba a componer y arreglar pantalones, y a lavarlos en el río Manzanares, escena que recoge literal en la primera de ellas, como una fotografía en blanco y negro.

Consiguió alcanzar no sin esfuerzo una cierta promoción profesional, el conocimiento de idiomas que luego le serán muy útiles, y un empleo en la Oficina de Patentes situada en los Nuevos Ministerios desde donde verá llegar la República y donde estrechó muchas relaciones. Todo este periplo de episodios queda como una crónica de situación en cada una de las obras que compone “La forja de un rebelde”

Su obra fue llevada a la pantalla en una serie para TV por Mario Camus en forma de un telefilm de 6 episodios que quedaron acuñados como una puesta en escena de los sucesos históricos de esos años. La guerra de Marruecos, la Dictadura del general Primo de Rivera, la explosión de alegría de la Segunda República española, la sublevación militar y finalmente, la guerra civil.

La obra de Arturo Barea es un texto desgarrado. Una crónica de los sucesos que el escritor nos aporta como testigo de cargo. Todos los hechos recogidos no solo se refieren a los duros enfrentamientos en el frente, o en las calles de la capital, sino también en la retaguardia de un Madrid acosado.

Se recogen en el texto, no solo la improvisación de una población civil alzada en armas, las dificultades para componer un ejército de nuevo cuño, y los enfrentamientos en la defensa de la capital.

No oculta en el relato las ejecuciones extrajudiciales en un Madrid acosado por los paqueos que infringe la quinta columna, los bombardeos aéreos de la aviación franquista apoyada por Italia y Alemania, y el acoso que siente una población civil dispuesta a resistir en todas y cada una de las vías próximas a Madrid, hasta que el cerco se estrecha.

Es un compendio de hechos, pero también de sentimientos encontrados, de miedo, odios y venganzas, en un escenario en el que la historia había dejado sobre el terreno muchas cuentas pendientes, muchas injusticias entre la población civil y muchos deseos de liquidarlas apresuradamente mediante la violencia.

Su desenlace en 1939 abrió camino a una represión y a una dictadura inmisericorde que duró décadas, y de las que ni siquiera en 1977, con la restauración de la democracia acabó por extinguirse, al quedar presentes muchas de sus cicatrices sin cerrar. Ese esfuerzo por la convivencia las llevó al olvido. Las heridas han persistido en el tiempo al no haberse podido cerrar muchos de los hechos acaecidos, dejando un rosario de españoles en los márgenes de la historia sin ser restituida su memoria.

La obra de Barea tuvo una continuidad en otro texto “La raíz rota” una novela en que un trasunto del autor, viaja a Madrid en 1949 para situar al personaje ante el pasado del propio autor. Su vida anterior, su anterior matrimonio, sus hijos. Es una búsqueda de sus propios pasos, de las huellas de su propia vida. Pero Antolín, su personaje en el relato, se cimbrea en medio de un Madrid de estraperlo, corrupción y cartillas de racionamiento.

Es imposible para el autor recomponer el pasado, es un relato amargo y nostálgico. Es un cristal roto en mil pedazos, todo un adelanto de lo que le ocurrió a Max Aub en “La gallina ciega”, una obra en que el autor después de muchos años en el exilio mexicano vuelve a Madrid. Se encuentra con otro país y otras gentes y acaba por marcharse apenado por las consecuencias que el conflicto ha dejado y las escasas posibilidades de rehacer lo que en su pensamiento era el país que dejó.

Para Aub, que murió al poco tiempo de ese último viaje, le supuso llegar a la conclusión que nadie lo reconocía y que el mismo no reconocía el país que dejó y en el que había vivido.

Para Barea, el exilio británico fue el camino de la nostalgia y de la vida de un escritor en otro entorno, lejos de los que fueron sus referentes. Cultivó el ensayo, escribió cuentos y sobre todo nos dejó unas de las mejores crónicas de nuestra propia historia. Una historia que tuvimos que rehacer en el tiempo y la distancia porque la censura nos alejó de nuestro propio pasado por muchas décadas.

Tuvimos que redescubrirle con la llegada de la democracia, a través de publicaciones en español de sus obras impresas en América latina donde fue considerado uno de los grandes escritores del exilio.

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