septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Saldremos más fuertes, más unidos y más iguales

genteHay quién se cree que aún estamos con las manos atadas en el interior de una cueva. Hay quién cree que con dedicarse a proyectar sombras será suficiente como para mantener una ficción desbordada por la realidad. Hay quién cree que los ciudadanos somos menores de edad a los que hay que dulcificar la realidad o alentar esa especie de disonancia cognitiva que tantos frutos ha dado hasta ahora. Hay quién no ha entendido que el individuo, su percepción de la realidad, su marco mental, su cosmovisión, ha cambiado y, por tanto, ha cambiado profundamente el paradigma sobre el que se sustentaba la sociedad hasta hace más bien poco. Aunque si me permiten la digresión, creo que esta pandemia solo ha acelerado unos procesos que arrancaban de más atrás, quizás desde la fecha más cercana desde la disolución intelectual de los metarrelatos escatológicos y la descomposición de certezas neopositivistas y tecnológicas.

Vemos cómo se han preparado una serie de conceptos y juegos del lenguaje para lograr la sumisa aceptación de una realidad por parte de una sociedad angustiada ante la percepción vital de ser seres frágiles. No solo me refiero a los tres conceptos recogidos en el título de este artículo, también a los juegos del lenguaje como ‘nueva realidad’. El problema radica en que hasta ahora se toleraba una asimetría entre la realidad construida comunicacionalmente por los poderes públicos y fácticos y lo que se podía percibir debido al estado de pereza intelectual en el que nos conformábamos con todo aquello que garantizase nuestro sesgo de confirmación y nuestro propio marco, sin embargo, ahora tras el escenario surgido con la pandemia, esta pereza ya no es tal, nos encontramos ante una ciudadanía que es la que ha llevado el peso de la responsabilidad y demostrado que la solidaridad es una herramienta fundamental para el bien de la sociedad y que, además, no necesita ser tutelada por nadie.

Es por todo ello que sorprende que se sigan con esas políticas que nos tratan como menores de edad o indigentes intelectuales, del nuevo paradigma del que hablaba más arriba surge una sociedad donde el ciudadano es el centro (para lo bueno y para lo malo) y nos da el verdadero sentido de comunidad.

Es interesante empezar con lo de ‘Saldremos más fuertes’, naturalmente si hacemos un brevísimo ejercicio de comparación del tratamiento de esta pandemia con EEUU hay una imagen que lo resume: la portada única en la prensa nacional con la portada del New York Times con los nombres de los cien mil muertos…una es ilusión y la otra realidad, una condensa ese apego por las sombras y la otra por la responsabilidad. ¿Saldremos más fuertes? ¿A qué se refieren? ¿a una situación económica que ya está impactando en el tejido productivo de las industrias más importantes del país? ¿en la cronificación de un escenario de pobreza y la práctica desaparición de la clase media? ¿en la ausencia de un verdadero plan de reconstrucción económica que no pretenda deslizar bajo mano un cambio de paradigma económico populista? ¿en serio debemos aceptar afirmaciones cínicas como esas cuándo la percepción de la realidad es la contraria?

Seguimos con otro mantra muy en boga ‘de esto salimos unidos’. El concepto de unidad es interesante, de hecho, como decíamos, la sociedad ha respondido unida al desafío de la pandemia. Pero a nivel político ¿no resulta un ejercicio de cinismo pretender hacernos creer que hay algún atisbo de unidad cuando los actores políticos están agudizando un frentismo que no solo es perverso sino que además dañino para los intereses de nuestro país? Vemos cómo para el Gobierno, el esfuerzo para conseguir una auténtica unidad política que nos lleve a la senda de la reforma, el progreso duradero y la isonomía se reduce a la lograr el mínimo de escaños para mantener el estado de alarma, prefiriendo firmar pactos con filoetarras que ponen en duda una más que necesaria seguridad jurídica ante Europa ahora que nuestra única tabla de salvación está en la Unión Europea. Pero aún hay más, para tapar el nulo esfuerzo para alcanzar un gran pacto nacional con las fuerzas políticas responsables de nuestro país, se culpabiliza al contrario de ser el culpable de la inacción consciente del Gobierno para la negociación. Esta forma de actuar debería cambiar de forma urgente, los partidos deberían de dejar de hacer cálculos partidistas y electorales y pactar un programa de reformas para los próximos años. Lamentablemente, como decía, muchas veces al ver las sesiones parlamentarias, parece que estemos viendo un debate electoral en el que solo se mima al que necesitas para tu cálculo ultracortoplacista y se vilipendia a los que deberían contribuir a un escenario de estabilidad a medio y largo plazo. Para acabar este punto ¿en serio alguien se va a creer esto de la unidad cuando Pablo Iglesias no hace más que alentar un clima (artificial) de división entre demócratas (ellos) y fascistas (los demás y quiénes ellos decidan)?

Acabo con uno de los lemas favoritos de la Vicepresidencia Segunda, el de la igualdad, alguien como yo que nació en barrios duros de la Barcelona de los años setenta sabe bien cuál es el sentido de la igualdad en contexto difíciles, digo esto porque lo que plantea Iglesias y los suyos podría dividirse dos grupos: pésimas soluciones para problemas inexistentes (nacionalización de todo lo privado) o utilización de los recursos públicos para mantener y cronificar una paupérrima situación socioeconómica de una parte sustancial de la población. Entiendo que hay una alta probabilidad en esto último que ello responda a un esquema clientelar con el que consolidar y perpetuar las posibilidades electorales. El concepto de igualdad practicado por esta izquierda populista es algo que ya hemos visto (y no hemos de olvidar): igualdad en la pobreza, pero eso sí, como decía Orwell: ‘todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros’.

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