junio de 2024 - VIII Año

Sufrimos una indigestión de tecnología

Me acuerdo de un museo en Portugal. Con un ticket en papel entraríamos en segundos. Pero había un sistema informático que no funcionaba y estuvimos horas esperando a que se arreglara. Así la tecnología en muchos momentos ralentiza las cosas, nos obstaculiza, nos estorba. Complica lo más sencillo.

Creen que todo es un problema técnico, que todo lo resolverá la técnica. Absolutamente todo. No hay nada que no pueda resolver la técnica. Todo es cuestión de técnicas y de programas. Cualquier cosa que surja, buscamos la maquinita y lo resuelve. Ya no hay que pensar, que vivir. Ya no hay que hacer nada. Es más, está prohibido hacer nada por nosotros mismos. La técnica lo resuelve absolutamente todo. Y nos hará felices a todos. Y lo fabricará absolutamente todo. Y entonces todo es fabricado y formulado.

La gente se hartará de que cuando puede abrir una puerta en dos segundos con una llave tiene que usar una tarjeta, una célula fotoeléctrica, un programa de ordenador, qué sé yo, que a veces funcionan, a veces no. Solo por demostrar que somos muy técnicos, que estamos en el último grito, aunque el último grito sea comer mierda.

La gente se hartará de que cuando llame a un sitio no le salga una persona viva con la que pueda comunicarse, interactuar, le salga una máquina repetitiva y muerta, que no se sale de su programa, que te dice: opción 1, opción 2, que no se entera.

La gente se hartará de que cuando puede hablar con alguien que tiene al lado, mirar una plaza muy bella, atender una música de Chopin que está sonando, hay  que atender un teléfono móvil, eliminar el mundo entero para escuchar a un ectoplasma a lo lejos.

La gente se hartará de mecanizar su vida, de automatizar todo, querrá un poco de lo inesperado, de sorpresa, de romanticismo, de qué sé yo. No el chirrido metálico del artilugio, no el artilugio en lugar de la carne, no el pitido en lugar del sonido cálido de su amante.  No es la tecnología sino el empacho de tecnología, coño, que no os enteráis, la cursilería de la tecnología.

La gente se hartará de complicar lo sencillo, de plastificar lo carnoso, de evaporar lo concreto, de matar lo vivo.

De tener técnica y no inspiración, de morrear con metales y no con bocas, de coger el móvil en lugar de llegar al orgasmo.

La gente se hartará de las escenas kafkianas de nuestro tiempo.  Cuatro muchachas en la terraza de un bar de Salamanca seguramente son amigas, pero no se dicen nada porque cada una esta mirando su móvil.

Una puerta tonta se abre mecánicamente porque alguien pasa cerca aunque no quiere entrar para nada. Una alarma suena toda la mañana, aunque no ocurre nada malo porque la acciona una máquina y no una persona.  Se parece a aquella letanía que cantaba Luis Eduardo Aute, pero es mucho más absurdo y mucho más kafkiano.

Un restaurante te manda enfocar una mancha fea y sin rostro para ver el menú en la pantalla diminuta de un móvil en lugar de ofrecértela con toda comodidad como siempre en un papel. Un niño llora en su silla desconsolado pero su padre no se entera porque está todo el día mirando el móvil.

Un tipo choca contigo porque solo mira su móvil, y camina por la calle tan sordo como los zombies de “The walking dead”.  Es como la letanía de Aute, pero desde entonces el mundo se ha hecho mucho más desangelado y más estúpido.

Una cola para enseñar los billetes se paraliza porque un listillo ha enseñado el móvil, y hay que mirarlo, y hay que ver si se muestra bien, y hay que ver si hay cobertura, y hay que…, cuando enseñando el papelito de siempre acabaría en un segundo. Una tipa paga una chocolatina con la tarjeta de crédito y hay que esperar si la tarjeta pasa, si la aceptan, si sale el informe, etc, etc

Y volverán las personas, volverá lo humano. Volverá la vida. Un libro sin programar y una brizna de hierba no diseñada. Y los caballos de Faulkner o de Franz Marc. Y las patatas tan humanas de van Gogh.

Creen que todo es un problema técnico, que todo lo arreglará la técnica. Incluso las cosas más espirituales y las más escondidas. Porque no existen. No existe nada que escape a los programas y a las fórmulas. La técnica lo controla todo. No solo las cuestiones técnicas, absolutamente todo. La técnica lo hace todo y usted con máquinas puede fabricarlo absolutamente todo. Todo, todo, todo. No cometas la herejía de pensar que algún rinconcito de existencia queda fuera del alcance de la técnica, que no es cuestión de maquinitas.  No hay ningún rincón dentro ni fuera de ti que se escape.  Entra en la ortodoxia de nuestra época, no dudes en nada de esta religión absoluta. La técnica no tiene límites, ningún límite. Vade retro, no te atrevas a cuestionarlo.

Y la tecnología nos trae un montón de problemas, y fallos, y cosas a tener en cuenta, y peligros, y fragilidades. Y nos complica las cosas más sencillas (y en cambio empobrece y simplifica las que son complejas). Y elimina toda noción de espíritu o de interioridad. O siquiera de espontaneidad, de sorpresa (porque todo es programa). Y con apretar mal una tecla se puede hundir el mundo entero. Y se controla a todo el mundo y se vigila a todo el mundo, y se lo reduce a datos y fórmulas. Todo es como un informe policial, pero con menos alma todavía. Y se pierde un montón de tiempo que estaría mejor empleado en leer a Shakespeare, escuchar a Chopin o mirar el atardecer. O en hablar de una vez por todas con nuestra prima. Y al final todo es un aburrimiento y una pobreza sin fin.

Pero, lector, entérate, demonios. (Si pongo coño a lo mejor no me publican el artículo. O a lo mejor el programada Word se niega a escribirlo. Así estamos) Entérate, demonios: quiero máquinas, pero no solo máquinas. ¿Te resulta muy difícil de entender? Hay mucho más que máquinas en la vida. ¿Vamos a renunciar a todo ello y quedarnos solo con las máquinas? ¿Día y noche solo con las máquinas y nada más que ellas? ¿Para todo, para absolutamente todo?  Hay quien no sabe ni siquiera rascarse la nariz sin recurrir a un artilugio. Así progresamos que es una barbaridad. Y las tecnológicas sacan tanto dinero que es una barbaridad.

Pero la gente se hartará. Ya lo veréis.  Todo esto cansará. La sensatez de la vida encontrará algún camino. La razón de la vida se colará por alguna rendija. Y el aire volverá, si no es de las nubes, que están tecnificadas, de algún rincón clandestino en las cavernas. Y el ser humano clandestino volverá. Toda simplificación absurda acaba por estallar.

Y la Naturaleza se destruye porque no la escuchamos y nos volcamos en lo tecnológico y lo artificial. Prácticamente la recubrimos con ingentes cantidades de objetos artificiales. Y quieren resolverlo (la pachanga hipócrita de la “Sostenibilidad”) precisamente con más tecnología, más artificio. Dicen: la tecnología ayudará a la sostenibilidad. Como si dijeran: para ser más natural hágase usted más artificial.  Una broma patética. Y todo se vuelve rebuscado y retorcido. O directamente estúpido. La digitalización de los trenes conduce a que no se puede viajar en ellos. Porque unos tipos compran todos los billetes y luego no viajan. Y los jefes de Renfe supongo que miran a la Luna.  Los técnicos se creen más listos que la Naturaleza. La desprecian, pero se asustan un poco.  Las máquinas eran para ayudarnos y ahora nos arrinconan. Sirven a los poderosos y nos masifican a los demás.

Me acuerdo de aquel museo en Portugal. Yo había viajado solo para ver aquella ventana manuelina y surrealista ante la cual se inspiró Camoens. Con un ticket sencillo de toda la vida en papel entraría en dos segundos. Pero un sofisticado sistema tecnológico para dar las entradas y estuve esperando un montón de tiempo. Casi pierdo mi viaje. Pero la tecnología es la diosa y hay que adorarla por encima de todo. Nuestro papanatismo y docilidad no tienen fin.

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