enero de 2026

Las cartas de Eliberia / Manuela Ballester Vilaseca (1908-1994)

Mi querida  amiga:

No sé si comenzar por decir que ya eres mi amiga, que tal vez sienta que   te quiero, pero tampoco sé por qué te escribo esta carta. A lo mejor tengo algún motivo oculto que espero desgranar en estas letras. Quizás no te acuerdes de mí.

Era mayo de 1924. Margarita Gil Roësset tenía mucho interés en mostrarme su obra: “Grupo”, dos mujeres entrelazadas, talladas en granito, a la que según los rumores le iban a conceder la medalla de oro en la exposición Nacional de Bellas Artes de aquel año. Yo no creo en las casualidades, pero allí estabas, eras tú, “Manolita”, Manuela Ballester Vilaseca, vestida con traje de chaqueta verde aceituna, ensimismada ante el cuadro “La piedad” de Juan Adsuara. Marga y yo te reconocimos: eras la valenciana; te uniste a nosotras.

El sol atravesaba el zénit del universo cuando empezaron a moverse sus agujas nada más llegar al Café del Henar.  Tú no lo conocías; el número 40 de la calle de Alcalá estaba cerca. El sitio era agradable, lo frecuentábamos. Tomamos asiento en el salón del te: estaba vacío. De aquello  a mí me quedó un grato recuerdo.

Y ahora que acabo de llenar el tintero, cojo la pluma para escribirte pues me han venido a la memoria aquellos momentos deliciosos, y con ellos pienso revolver en tu historia, por supuesto si me dejas.

Desde entonces, trece años después en 1937, aún no ha pasado la guerra, pero tampoco ha llegado la paz. Han sido trece años de viento huracanado,  olor a pólvora., muertos en las cunetas. Tengo suerte: aún no ha ardido la iglesia donde te casaste y por cuyos alrededores paseo ahora, recordando su historia. Claro es que lo mío es el pasado, el recuerdo, los orígenes.

Todavía da sombra al porvenir. No te preocupes, no voy a aburrirte con demasiados datos. Además, tú los conoces mejor que yo.

Allá por el año 1890 fueron todos, mujeres, niños, e incluso ancianos, los que trabajaron en las obras de la iglesia de Nuestra Señora de la Eliana.  De estilo neogótico y planta rectangular, tiene seis arqueadas o capillas, tres a cada lado. El maestro de obras fue Alfonso Roig de Bétera.

Ahora, en mi paseo vespertino, cuando se escapa el año 1937 veo cada uno de esos recortes en la sombra, que esconde un retazo de tu vida, trece como los años pasados desde entonces, aunque el más largo es el que más luz proyecta, a pesar de las noches y las sombras, el que te recuerda a Josep Renau, con el que te casaste aquí, aquel 29 de septiembre de 1932. Era jueves, el  día dedicado a Zeus, o a Júpiter,  el dios de la Justicia. En tu caso no podía ser de otra manera.

Salvador, tu padre, era escultor y Javier, tu tío pintor, profesores en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, estaban convencidos de que Josep era un buen partido para ti, y no pararon hasta verte en el altar, para regocijo de Ricardo Roso Monleón, Vicente Belda, Francisco Dubon, Juan Guardiola, Max Aub, Álvaro de la Puerta, y todos los amigos que habíais conocido en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Aquella parecía una fiesta, una promesa de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios Valencianos, que estabais a punto de fundar. Si hubiese llovido aquel día habría dicho que goteaban chispas de ilusión, pero no llovía. Bailamos y bebimos, tu hermana Rosa, más que yo; Alejandra Soler Gilabert, Juana Francisca Rubio García, la cartelista, tus hermanas Josefina, Teresa y yo, aquella tarde entre bailes y champagne, nos hicimos buenas amigas. Tus hermanos Estanislao y Tonico, nos vigilaban de cerca. Estaba claro que no se fiaban de nosotras.  Éramos un peligro. Por eso tampoco andaban lejos ni tu padre ni tu tío. Ese día como hoy, tampoco  llovía. Se notaba la presencia de tu madre, Doña Rosa Vilaseca Oliver, pero no la vi después de la ceremonia; sin duda, como buena modista que era, estaría fijándose y memorizando los modelos que lucían todas las invitadas a la boda de su hija. También vi a algunos redactores de la revista Estampa. El reportaje no salió hasta el número 288, el 2 de septiembre de 1933.  Había pasado un año. Serías noticia de portada. Después de que se publicase, ya cercano el 4 de noviembre festividad de San Carlos Borromeo, el cartero me dejó una carta tuya en la que me invitabas a las fiestas valencianas. Pese a la situación política no podía negarme.

Además, Regino Sainz de la Maza, el 9 de noviembre de aquel año, 1934, ofrecía un concierto de guitarra en el número 2 de la Plaza de San Esteban, donde se encontraba el Conservatorio Superior de Música de Valencia.

El paisaje asaba despacio frente a mis ojos, que se cegaban con la carbonilla de la máquina de vapor. Una patrulla de la Guardia Civil marcaba con sus botas el pasillo de los vagones y sus ojos escudriñaban a los viajeros, buscando tal vez sus pensamientos en el fondo de las miradas. Mi cédula de identificación personal estaba en regla, no me la pidieron, pero si lo hicieron con varios viajeros que estaban sentados frente a mí. Al que estaba sentado a mi derecha, con barba y ojos hundidos, se lo llevaron. Me contagiaron el miedo. Pegué mi cara a la ventanilla y esperé a que volviera el sol. Los relojes corrían mucho más que el tren.

Aquella estación que recibía con el saludo de sus dos torres a los trenes del norte estaba en plena juventud, aún no había cumplido los dieciocho años y estoy segura de que sus bancos de madera soportaban estoicamente tu impaciencia y mi retraso. Me encantó veros a todos en la estación. Tu marido, Josep, con tu pequeño Roy de seis meses, y tus hermanas, Rosa, Josefina y Teresa. Después de los saludos y abrazos, nos acercamos al conservatorio. Veinte minutos por el centro de Valencia. Ese  calor húmedo, típico del Mediterráneo, me iba calando, como las imágenes del viaje.  Todo parecía estar preparado para el concierto del día siguiente. Una fila de señores con sombrero esperaba frente ante la taquilla para sacar su entrada. Tu indiferencia me indicó que ya tenías reservadas las invitaciones. A cada pocos metros te saludaban las hojas de las palmeras que se movían con la brisa. Y la suavidad de aquel viento me llevó enseguida a otros tiempos. Antes de ir a tu casa, te empeñaste en invitarme a cenar en el Hotel Metropol, en el número 9 de la calle Hernán Cortes. Su comedor vibraba con el murmullo de la burguesía valenciana y diplomáticos extranjeros. Los camareros de guante blanco servían arroz a banda y lenguado sobre manteles de hilo fino, mientras el aroma a tabaco caro se mezclaba con el perfume de azahar que entraba por los ventanales.

La orquesta interpretaba suavemente “El himno de la exposición”, del valenciano José Calixto Serrano Simeón, ajena a la tensión política que se respira en las calles de una ciudad que vive su último esplendor antes del conflicto. Un sol agradecido no tardó en iluminar una nueva mañana, la del concierto. Sacaste de tu armario tu vestido rojo; con él y sin sombrero nos fuimos a desayunar.

El Ateneo Mercantil mostraba ya los primeros signos de su renovación —en la Plaza del Ayuntamiento, 18—, aunque queríais que viera las obras de reconstrucción de la fachada principal en la calle de San Vicente de la Chamorra; allí había estado expuesta la obra de tu marido.  Seguramente la reforma valdría la pena. Desde allí, al Pabellón de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios; por el camino, tus explicaciones me aclararon muchas cosas.

La Unión Española de Artistas Proletarios —me decías, mientras caminábamos a pleno sol— fue la primera filial española de la Association des Écrivains et Artistes Révolutionnaires, de París, y se fundó oficialmente el 7 de mayo de 1933, aunque mi marido que la promovió, llevaba trabajando en ella desde finales de 1932.  Se juntaban en el Ideal Room, un conocido café literario en la calle de la Paz —seguías diciendo— con cierta asiduidad artistas y poetas como Juan Gil-Albert y Miguel Hernández. Era un punto de encuentro ideal para la vanguardia cultural, un lugar vibrante para discutir ideas y disfrutar del ambiente cosmopolita de la época; a esas horas de la mañana aún estaba cerrado. Decoraba la puerta principal uno de tus carteles, aún resistía como aquella mujer que representaba a la República, pidiendo el voto para ella. Era el cartel ganador del concurso. Lo vimos en varias fachadas: “¡Votad a la República!”.

Entramos un poco antes del comienzo del concierto. Tu marido había reservado seis butacas en la cuarta fila del patio, para tus tres hermanas, tú, él y yo. A  mi derecha una señora muy distinguida y elegante. Era Josefina de la Serna y Espina, la hija de Concha Espina, esposa del concertista desde el 19 de diciembre de 1930. Ojeaba el programa del concierto. Yo tenía otro igual.  A mí me gustó más la primera parte. Josefina me reconoció enseguida; nos habíamos encontrado varias veces en la Residencia de Señoritas y en el Lyceum Club Femenino.

En el segundo descanso me confesó que a ella también le gustaba más la primera parte. Además, me confesó que estaba emocionada, porque su marido acababa de ganar la Cátedra de Guitarra del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid; posiblemente, este fuese el último concierto que daba en Valencia. Era un gran guitarrista: nos alegramos mucho por él. Pero, sobre todo, había algo que a mí me alegraba más aún: podría estar en contacto directo con Josefina en Madrid.

A la mañana siguiente después del desayuno —¡por cierto, qué buenos estaban los churros!—, desde el número 10 de la calle de la Paz, donde vivíais, fuimos a ver tus obras al Ateneo Mercantil en el número 19 de la plaza de Emilio Castelar, que, aunque estaba en reformas su fachada, aún seguían tus producciones expuestas al público. Antes de entrar compramos el diario Las Provincias.

Hablaba sobre el concierto. Había sido un rotundo éxito con un lleno absoluto y una ovación prolongada tras su interpretación de las obras de Tárrega y Albéniz. Se resaltaron su técnica excepcional, su pulcra ejecución y la capacidad para extraer sonoridades orquestales de la guitarra. Se alabó su esfuerzo por rescatar la música de los vihuelistas españoles, elevando la guitarra a un instrumento de concierto serio.

Una vez dentro, mis ojos paseaban a lo largo de tu creación. Me di cuenta de que quieras integrar el realismo social con una estética vanguardista y feminista. Presentaban una fuerza comunicativa y dignificaban a la mujer. Estaban enfocados a la movilización popular, la alfabetización y el empoderamiento femenino. Además, destacaba el equilibrio entre la delicadeza del trazo y la contundencia del mensaje político. Pasamos un buen rato frete a tus ideas.

En un quiosco cercano pudimos volver a ver tus obras, pero esa vez en el número 2.265 de la revista “Blanco y Negro”. Esas ilustraciones de figurines de moda reflejaban una estética plenamente Art Déco, con líneas estilizadas, figuras espigadas y una composición geométrica muy moderna para la época, me recordaban a tu madre.

Poco antes del comienzo de las balas recibí una carta de tu cuñada Rosa, la hermana de tu marido. Así supe que la revista Pasionaria, a la que llevabas tanto tiempo dándole vueltas, al fin saltó de tu cabeza al papel. En ella se oían tus gritos contra el fascismo y apelando al voto femenino para frenar el fascismo. También que habías organizado a muchas mujeres, que se unieron a la A.M.A. (Asociación de mujeres antifascistas). Otra de tus ideas.

Según tu cuñada, no habías dejado de escribir en las revistas Nueva Cultura Pasionaria, y seguías dibujando para el diario La Verdad. Además, me pedias a mí que colaborase en tus clases de alfabetización para mujeres en la Escuela Femenina Lina Odena, creada por la Sección Femenina del PCE.  Necesitabas maestras.

Buscaba las revistas, escudriñaba tus dibujos y, a la vez, pensaba en lo que me he arrepentido yo por no haberte hecho caso y ejercer el magisterio.

El miércoles, 9 de septiembre del 1936, amaneció luminoso en Valencia donde se había trasladado el gobierno de la Republica. Yo  me había levantado temprano para oír el “Parte”. La Unión Radio Madrid era la principal emisora de la capital, que emitía los comunicados oficiales del gobierno republicano.

Bajé a por los periódicos, para confirmarlo. La noticia estaba en ABC (edición Madrid) y El Sol; en la Gaceta de Madrid se publicó el decreto. Las líneas de teléfono  echaban humo, tuve que esperar casi una hora para que la telefonista me permitiera felicitarte. Entretanto, me dediqué a observar a los señores. Andaban de prisa, como con miedo. Lucían traje con pajarita bajo el abrigo de corte largo, con solapas anchas y en colores oscuros, gris, azul marino o negro, y sombrero elegante de fieltro a juego. Me gustaban, aunque en algunos de ellos, en los bolsillos, sobresalían una especie de bultos que me recordaban a las temidas pistolas. Solo tardaron dos años en salir a la luz.

Sabíamos que durante la contienda las conversaciones telefónicas y las cartas iban a estar prohibidas o al menos censuradas. Por eso dejamos de escribirnos. Tampoco era plan el hacerlo ahora que ya estaba en marcha la operación “Ginebra”, como nosotros la llamábamos en secreto. Fue el 10 de noviembre cuando los valiosos cuadros del Museo del Prado partieron una vez embalados, hacia las Torres de los Serranos en Valencia. También, la Iglesia del Patriarca había sido convenientemente preparada para esconderlas. Y como aquellos tesoros, vosotros también deberíais permanecer escondidos. Esperaré para escribiros hasta que lleguéis a Méjico.

Entretanto, recibid mi abrazo familiar y entrañable.
Os quiere,
Eliberia

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