enero de 2026

‘Exposición permanente’, de Javier Mateo Hidalgo

Exposición permanente
Javier Mateo Hidalgo
Prólogo: Arantxa Aguirre Carballeira
Huerga y Fierro Editores, 2025
116 págs.

A aquel que siga con atención, como es el caso de quien firma estas líneas, la carrera literaria de Javier Mateo Hidalgo (Madrid, 1988) no puede sorprenderle un libro como Exposición permanente, su sexta entrega poética tras El mar vertical (2019), Ataraxia (2022), La imagen sonora (2023), el excelente Arquitectura del sueño (2024) y Novela (2024). Y ello no porque el poemario carezca de inesperados hallazgos o brillantes recursos retóricos y expresivos, sino porque el lector habituado al tono, los temas y el estilo del autor se topará, casi en cada página, casi en cada estrofa, con un puñado de motivos reconocibles, claves que vertebran su trayectoria y la dotan de una morfología bien definida y muy particular. A sus 37 años, Mateo Hidalgo es dueño ya de una voz poética sólida y madura, lo que a otros poetas les lleva mucho más tiempo (si es que lo consiguen).

Lo he escrito en algún otro lugar y lo repito aquí: en la obra de Javier, vida y cultura están íntimamente unidas, no se entienden la una sin la otra. He aquí la característica que, a mi parecer, mejor define su trabajo. Pero que nadie se engañe ni se deje arrastrar por el tópico. No hablamos ni por asomo de un culturalismo jactancioso, espectacular y, en última instancia, vacuo, sino de la cultura como alimento necesario, como savia indispensable o motor principal que alientan al homo artisticus que todos llevamos dentro. Para nuestro poeta, la cultura —tanto da la forma en la que se represente: poesía, pintura, música, cine…— es una lente a través de la cual mira el mundo y se mira a sí mismo (el délfico “conócete a ti mismo” es una de las citas que abren el volumen) ,en un proceso de doble análisis que le permite al mismo tiempo dialogar con la tradición y reflexionar sobre el correr de los años oscilando entre la nostalgia (“La imaginación se desborda / cuando el niño se olvida / de que lo es…”) y la esperanza (“Solo ante las imágenes / me he cuestionado tantas cosas / que ahora, por fin, amanece / aquí fuera”).

Después de un poema “a modo de justificación”, y elocuentemente titulado “Autorretrato”, el poemario se articula en diferentes secciones (“Orígenes”, “Bestiario”, “Personas, lugares y cosas”, “De otros espacios posibles”, “Eros y Tánatos” y “Coda”) que contienen un número variable de composiciones cuyos títulos coinciden con los de pinturas de todas las épocas y corrientes estéticas. Desde ejemplos tardomedievales como el mural Cielo de Salamanca (siglo XV), atribuido a Fernando Gallego, hasta propuestas de rabiosa actualidad como Théâtre D´opéra Spatial, creado en 2022 con ayuda de la inteligencia artificial por Jason M. Allen. Entre medias, un variopinto museo (Goya y Chagall, Teniers y Hopper, Turner y Grosz, Clara Peeters y Leonora Carrington…) al que el poeta rinde homenaje mientras nos va hablando de su visión del mundo y del hombre (“Ganamos dinero para sobrevivir / y, mientras trabajamos para ello, perdemos tiempo”, del poema “El avaro”, inspirado en una tela del realista Mariano Fortuny), de sus filias y sus fobias, de sus anhelos, sus miedos o sus inquietudes (“Imaginemos que aquí no acaba todo, / que el arte nos asegura la realidad / y que allí acabaremos recalando”, escribe en “La isla de los muertos”, a partir del lienzo de mi admirado Arnold Böcklin).

Mateo Hidalgo se mueve cómodo, lo demuestra en este y en el resto de sus libros, en el poema abierto, discursivo, sin ataduras ni constricciones estróficas o métricas, usando el verso libre, con alguna rima aquí o allá, buscada por afán rítmico o por intención paródica.

Mención especial merece la sección “Pictorismos”, ubicada justo antes de “Coda”·y subtitulada, con neologismo del propio autor, “Maxínimas en torno a la pintura”. Dedicada a José Luis Morante, reconocido aforista, contiene una serie de interesantes reflexiones teóricas en las que, no obstante, le es imposible al autor abstraerse de su oficio de poeta, pues con gracia y facilidad se desliza hacia lo metafórico (“La pintura siempre pugna por ser carne, más allá de su propia materia”), bordeando incluso en ocasiones los límites de la greguería (“Los museos son neveras que conservan el alimento de nuestra alma”, “El pincel es la muleta civilizada del ser humano”).

Pulcramente editado, como es costumbre desde hace ya décadas, por Huerga & Fierro y con un breve pero esclarecedor prólogo de la cineasta y miembro de la Real Academia de San Fernando Arantxa Aguirre Carballeira, Exposición permanente es un libro que nos habla de poesía y pintura, por supuesto, pero también, y tal vez sea lo más importante, sobre todo aquello que bulle en nuestro interior cada vez que nos enfrentamos al hondo misterio de la creación artística.

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Archivo Entreletras

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