Manuel Espín publica su nuevo libro titulado ‘Insumisas. Historia de la lucha por la igualdad en España’ (Almuzara Libros, 2026), un análisis histórico desde la Revolución Francesa al día de hoy sobre el dilatado, borrascoso y accidentado camino hacia la equiparación entre hombres y mujeres, y los choques por sus reivindicaciones para lograr la plenitud de derechos y papeles sociales, alejados de su añejo rol de «esposa, madre y ama de casa». Cuarto libro con la misma editorial a razón de uno anual; el anterior, ‘Sexo en el franquismo’ (2025), ha estado el pasado año en distintas fechas entre los más vendidos en las plataformas.
Algunas citas del ‘Insumisas. Historia de la lucha por la igualdad en España’ son escalofriantes:
«Indigna que autores emblemáticos como Clarín o Juan Valera insultaran a Emilia Pardo Bazán por el hecho de ser mujer y escritora».
«Contradictorio que reinas o regentes con poder como Victoria de Inglaterra, Isabel II o María Cristina no hubieran recibido otra educación que los limitados ‘temas femeninos’ de las damas de la aristocracia y la burguesía de su época».
«Isabel II fue criticada por su vida sexual; frente a la aceptación social de sus descendientes, Alfonso XII y XIII con hijos extramatrimoniales».
«El barón de Coubertin se opuso de forma radical a la presencia femenina en el olimpismo».
«En la Transición los partidos democráticos todavía consideraban la igualdad de género un complemento y no un tema de derechos humanos».
Desde Entreletras hemos querido acercarnos a Manuel Espín para conocer de primera mano qué nos quiere contar el autor en ‘Insumisas. Historia de la lucha por la igualdad en España’. El encuentro se produce en una céntrica cafetería madrileña, cercana al edificio de la Bolsa.
Causa sorpresa leer en el libro que textos tan influyentes como el ‘Emilio’ de Rousseau reivindiquen una educación básica para las mujeres; pero solo para que sean mejores esposas al servicio del marido…
Es una constante que se repite a lo largo de los siglos y que responde a un discurso patriarcal. Sin embargo, cuando parece que las revoluciones liberales, empezando por la francesa van a impulsar un nuevo papel social para las mujeres encontramos que retoman los más viejos clichés. Con la implantación de códigos como el napoleónico de honda y larga trascendencia en muchos países, incluido España, donde se las presenta como seres dignos de permanente tutela, sometidos al padre y al marido, con un tratamiento tolerante del adulterio cuando es ejercido por un hombre y extremadamente severo en el de la mujer.
Asombra que escritores todavía emblemáticos trataron a palos a las mujeres creadoras.
En el XIX se debatía sobre si el marido tenía derecho a controlar la correspondencia de su mujer, como hoy se haría sobre su teléfono móvil, y autores como Alejandro Dumas, hijo, defendieran la capacidad del esposo para ejercer ese control. Más cerca de nosotros, Clarín o Juan Valera autores de novelas españolas referenciales de la época como ‘La Regenta’ o ‘Pepita Jiménez’ boicotearon solo por ser mujer y con extrema virulencia y hasta crueldad en sus escritos, que Emilia Pardo Bazán pudiera ser académica. En en libro se habla de muchas mujeres para quienes el simple hecho de acceder a la educación o al sufragio les costó la marginación o el desprecio; a veces por parte de otras mujeres tan machistas como podían ser muchos de ellos.
Se analiza en el texto una situación peculiar: el contradictorio papel de las reinas y regentes que con la carencia de formación habitual en las mujeres coronadas de su época, y se cita expresamente a Victoria de Inglaterra o a Isabel II.
Esa situación se vivió en el XIX español por las mujeres que llegaron al trono, desde Cristina de Borbón, última esposa de Fernando VII y luego regente —a quien lo que verdaderamente le importaba era la especulación económica, los negocios de altos vuelos aunque tuvieran que ver con la trata de esclavos—, su hija Isabel II y su nuera María Cristina de Habsburgo, pero también Victoria de Inglaterra, que como era habitual en las mujeres de ese tiempo apenas habían recibido otra formación que la ‘femenina’, es decir, la preparación para ser buenas esposas y madres…
ISABEL II: ‘QUE LA LLAMARAN ‘PROSTITUTA REAL’ ES UN EJEMPLO DE MACHISMO».

Se reivindica en cierta manera a Isabel II en el libro…
No es tanto una reivindicación sino una contextualización de su figura, tan vapuleada en su tiempo y después, donde se la llegó a calificar de ‘prostituta real’. Galdós nos dejó una impresionante entrevista una vez destronada en la que ella reconoce errores y carencia de formación, algo muy poco común en un exmonarca. En un tiempo donde a las mujeres se les niega el derecho al ejercicio de su sexualidad, potestad que el marido ejerce plenamente, Isabel II fue severamente juzgada desde el punto de vista social hasta llegar a ser vituperada. Pero, ¿cómo contrastar ese juicio en situaciones en las que los monarcas, tanto como los aristócratas o los cabezas de familia masculinos de la burguesía el adulterio era habitual y tolerado, incluidos el hijo y el nieto de Isabel, Alfonso XII y Alfonso XIII con hijos extramatrimoniales? ¿Se la habría considerado de igual manera en caso de haber sido hombre?
Coubertin y el olimpismo tampoco fueron benévolos con las mujeres…
Su aristocraticismo ultraconservador le llevó a defender que el único papel de las mujeres en el movimiento olímpico era el de público, aunque con reticencias, como hoy lo harían los talibanes, y para poner la corona de laurel al ganador. Aún bien avanzado el siglo XX cuando ya había mujeres en el deporte, muchas especialidades les fueron negadas…En la España de la posguerra no podían competir en atletismo, y otros deportes porque se decía que podía afectar a su futura condición de madre. En nuestra época hemos visto como en París todos los deportes están abiertos a cualquier género.
Es curioso lo que se cuenta en el libro sobre las críticas de las mujeres obreras a las sufragistas, o la intuición del dictador Primo de Rivera a incluir mujeres en su Asamblea Nacional, que no era sino un remedo de parlamento.
El movimiento de las sufragistas burguesas tuvo fuerza especialmente en Francia, Reino Unido y Estados Unidos desde finales del XIX, y curiosamente nació desde la posición de varias mujeres contra el esclavismo, llegando a tener mucho impacto público en el periodo anterior a la Gran Guerra. Pero con la desconfianza de las mujeres obreras y sindicalistas, como Rosa Luxemburgo que defendían no ya la igualdad de derechos civiles sino idéntico salario que los hombres. Días atrás un comentario sobre la portada de ‘Insumisas’ donde aparecen tanto mujeres burguesas como trabajadoras me ha hecho reflexionar: en efecto, esas actitudes hace un siglo contrapuestas han desaparecido porque en nuestro tiempo la inmensa mayoría de las mujeres aspiran a trabajar al igual que sus pares masculinos y sin brecha salarial alguna.

Lo de Primo de Rivera…
El general y dictador intuyó que las mujeres podían ejercer un papel en la vida pública desde un contrapeso conservador, frente a las reticencias que su presencia despertaba en otros sectores tanto a la derecha como entre la izquierda. Ese papel de las mujeres estuvo muy presente en la época de los fascismos. En ‘Insumisas’ se habla de la obsesión de Mussolini por la mujer embarazada capaz de hacer aumentar la población italiana a cualquier precio frente a las oleadas de la emigración de principios del XX, o de la negación de Hitler a la presencia de mujeres en la vida pública, con un único referente el de Magda Goebbels, la más importante y representativa del nazismo, que en los días de la guerra llegó a convertirse en una especie de ‘Elena Francis’ recibiendo centenares de cartas donde pedían su consejo para temas comunes. Pero a la vez la profunda contradicción de los mitos femeninos en los nazi-fascismos.
¿Por qué?
Empezando por la propia mujer de Goebbels, no solo nazi furibunda sino una especie de ‘consejera sentimental’ a las mujeres alemanas en torno a 1939 y 40. La supuesta ‘madre de familia numerosa ejemplar’ acaba por ser una parricida en 1945. Frente al mito de la mujer sin cosméticos, paridora de hijos sanos para la patria, tan típica del nazi-fascismo, el cine alemán de la época entroniza mujeres de gran sofisticación porque quiere rivalizar con Hollywood.
Parece curiosa la reivindicación de eliminar el corsé que hacen las mujeres de finales del XIX, de la que también se habla en el ensayo.
El corsé era un símbolo de opresión contra las mujeres, obligadas a vivir atadas a una prenda extremadamente incomoda e insana, que además exigía que necesitaran la ayuda de otras para ponérselo. Además de que las impedía trabajar y ser independientes. Era una verdadera camisa de fuerza. Las modas desde finales del XIX a nuestros días están muy influidas por las corrientes no solo estéticas de cada época, sino las ideológicas. Y sometidas a un fuerte componente clasista. Pensemos en algo tan natural como amamantar. En otra época solo lo hacían aquellas que carecían de recursos: las burguesas y aristócratas recurrían a nodrizas que acababan de ser madres.

Se habla en el libro de predecesoras de los derechos como Carmen de Burgos, o del Lyceum Club Femenino, primera iniciativa española, en Madrid y Barcelona, desde el final de los años 20 hasta 1936 de entidad de mujeres interesadas por la cultura y la vida pública, en su mayoría pertenecientes a la burguesía, del que forman parte quienes tendrán peso como referencia de la República. Pero también de la posguerra, donde solo se permite su asociación en la Sección Femenina de Falange o en Acción Católica, mencionando diversos ‘versos sueltos’ en la difícil época de la Dictadura. A la vez en el escaso papel que los partidos de la oposición democrática concedieron a los temas vinculados a la igualdad de género…
Este es un hecho demostrable. Incluso después de 1975 estos contenidos seguían siendo un complemento para los partidos políticos hasta bien avanzada la Transición. Un hecho es que en el primer llamado ‘gobierno del cambio’ de Felipe González gobernando con una mayoría absoluta e irrepetible por su elevadísimo apoyo no hubiera una sola mujer en el gobierno. Algo que medio siglo después nos parece chirriante, y viene a demostrar que la mayoría de los pasos se han dado en el siglo XXI donde ya podemos hablar de nuevas sensibilidades sociales.
Peculiar que el libro incluya un apéndice con un monólogo teatral…
Se trata de una pieza ‘Intimidades de una dama del Lyceum Club’ sobre Zenobia Camprubí, un singular personaje, con una amplísima cultura y capacidad de comunicación, cuya vida desde que conoce al antipático, distante, adusto pero maravilloso poeta, Juan Ramón Jiménez. Consagrada a facilitar que él tenga las condiciones apropiadas para desarrollar su vena creativa renunciando a su propia identidad de creadora, por convicción o por un maltrato psíquico que llega a ser asumido por mujeres que pese a su altísima capacidad sirven a un esposo que no siempre es capaz de valorar sus capacidades. Un texto para estrenar en un escenario teatral.
¿Qué se quiere contar a través de esa pieza?
Me conformo con que se reflexione con una idea: el amor por muy alta que sea la intensidad no es un cheque en blanco para la renuncia a la identidad personal, a la creación, al desarrollo de un proyecto de vida. Las relaciones de pareja que mejor funcionan son aquellas que permiten el ejercicio de la libertad y el respeto a la personalidad del otro o de la otra. El concepto ‘amar siempre supone dolor’ parece responder a una jerarquía o una imposición que puede convertirse en dañina.
Parece que el libro no está contado desde una estricta agenda feminista, sino como una controversia sobre la identidad y el rol de las mujeres a lo largo de dos siglos y pico.
Aspiro a que el alcance de ‘Insumisas’ sea transversal, y que pueda interesar a perfiles diferentes de lectores y lectoras, porque la igualdad, tal y como a lo largo de esos siglos ha venido ocurriendo con otras reivindicaciones como la lucha contra la esclavitud o el racismo, o más recientemente la diversidad, inicialmente hay que contemplarla más allá de una ideología o de una actitud política. Se trata de la reclamación de un derecho humano, que todavía no está al alcance de toda la comunidad universal. Incluso en estados con legislaciones sensibilizadas la realidad social ofrece un variado y controvertido abanico de situaciones que vienen a mostrar que la igualdad no se regala y hay que luchar en el día a día. Y no solo por mujeres: pensemos en las imágenes erróneas transmitidas en ciertas campañas contra la violencia de género donde el hombre es presentado como un contrario: cuando su papel debería ser fundamental para erradicar esa lacra, y las iniciativas deben contar con la presencia tanto de hombres como de mujeres.












