Sin duda alguna, en el cine ha habido muchos instantes en los que los personajes brindan con cerveza, porque el rito de la fiesta y la bebida ha estado siempre ligado al cine. No podemos olvidar cómo Errol Flynn y Tyrone Power, dos grandes galanes del cine y malogrados por su muerte prematura brindan en Fiesta (1957), dirigida por Henry King, basada en la novela de Ernest Hemingway y rodada en España.
Al lado de la fiesta se halla el tema del alcoholismo, que también ha tenido en el cine bastante impacto con películas como Días sin huella, dirigida por Billy Wilder en 1945 o Días de vino y rosas, dirigida por Blake Edwards en 1962. Pero la película de la que voy a hablar está basada en la novela de Malcolm Lowry, publicada en 1947, se trata de Bajo el volcán (1984), dirigida por John Huston e interpretada por Albert Finney como el cónsul Geoffrey Firmin), Jacqueline Bisset como Ivonne, su esposa y Anthony Andrews como Hugh Firmin, hermanastro del cónsul.
ALBERT FINNEY COMO EL CÓNSUL GEOFFREY FIRMIN
Con estos mimbres se intenta adaptar una compleja novela, cuyos detalles son muy intensos, porque toda ella está tejida con un lenguaje denso, donde todo cobra relevancia. Lowry escribe con morosidad, pensando en un universo que solo ve Firmin, un espacio donde el alcohol y la ciudad de Cuernavaca son claros protagonistas. Todo ello porque Firmin no puede evitar beber, es un alcohólico, esta patología ha destruido su matrimonio y arrojó a su bella mujer Ivonne en brazos de su hermanastro.
La dificultad de adaptar al cine una compleja novela, llena de descripciones de plantas, de paisajes, de cielos, de nubes, de caballos, era de enorme envergadura. No solo Huston había pensado llevarla al cine, sino también Luis Buñuel, Jules Dassin y Joseph Losey, entre otros.
Huston había leído al menos veinte guiones distintos, con el objeto de adaptar la novela, hasta que al fin se decidió a hacerlo. Producida por Moritz Borman y Wieland Schulz-Keil, la película no puede abordar ese universo complejo del escritor (hay que recordar que Lowry también fue alcohólico y que en la novela expresa todas sus obsesiones), pero si, a través del guion de Guy Gallo, ese espacio de personajes que viven la vida como un sueño, porque el cónsul jamás accede a una realidad, sino que todo permanece en su mundo, hecho de libros y de alcohol. Como no puede beber mezcal, porque lo tiene prohibido, va a las cantinas, hasta que llega la madrugada y bebe cerveza y whisky. Por ello, su mundo queda reflejado en esos garitos donde otros borrachos pasan la noche, él es uno más en ese espacio de degradación.
La película no se rodó en Cuernavaca, sino en Morelos, también en México, donde los mexicanos tienen ese aire espectral que los caracteriza, aquí vistos por los paseos de Firmin, en la mirada de un genial Albert Finney, un actor que dota al personaje de una gran autenticidad. Solo actores como Finney podían dar al protagonista una presencia tan digna y a la vez tan patética. Pienso en otros grandes del cine inglés, como Richard Burton o Peter O´Toole que podían haber estado geniales en el papel también. A su lado, la belleza de Jacqueline Bisset, porque Ivonne es la promesa, la belleza que no ha de morir, pero que, pese al amor que siente por el cónsul, se niega a dejarse llevar por el mundo del alcohol, aunque al volver a Cuernavaca después de su despedida y la ruptura de su matrimonio, acompañará a Firmin en sus visitas a las cantinas.
La vida de Firmin es relatada por Huston, con su estilo hondo y poderoso, porque el director sabe filmar con detenimiento el rostro del cónsul mientras bebe cerveza en un garito, sin olvidar a los mexicanos que lo rodean. Todo ese espacio es filmado con autenticidad y rigor, no podemos apartar la mirada del rostro del gran Finney.
La vida del cónsul, en el corto periodo de tiempo descrito en la película (que es el mismo que en la novela hasta el fatal desenlace), pasa por varias etapas. Lo vemos cuando camina entre las tumbas adornadas de los muertos (ya conocemos la importancia que los mexicanos dan al tema de la muerte), siendo un hombre ajeno al paisaje y a la cultura que lo rodea. Ebrio en muchas ocasiones, Firmin goza de una enorme cultura, pero no ha sabido canalizar su enorme inteligencia. Su miedo a la vida le ha llevado al alcohol, su inacción a pasear por las cantinas y pedir bebida siempre, desatendiendo a sus seres queridos. Todo ocurre en el Día de Difuntos y en la novela el doctor Vigil y M. Laurelle juegan un partido de tenis y recuerdan a Firmin y a su historia de amor, con la frase famosa de la novela: “No se puede vivir sin amar”.
En la película el actor Ignacio López Tarso encarna al doctor Vigil, en su papel de demiurgo supone la otra voz de Firmin, la voz sobria de su amigo. También es importante el papel de Hugh, su hermanastro, que tuvo relaciones con Ivonne. En su nuevo encuentro, ambos se mantienen como amigos, pero ya en la distancia afectiva. Ivonne solo quiere recuperar al cónsul y alejarlo de México. La gran belleza de Jacqueline Bisset acentúa ese magnetismo del que hablaba Lowry en su novela. Ivonne no es la más bella, pero tiene ese encanto y ese atractivo que permanece para siempre. Hugh ha luchado en la Guerra Civil con los republicanos y su papel de soporte para ella va desapareciendo en la película. Ya no hay hilos entre ellos, son seres desolados, abandonados a su suerte.
Mientras Firmin consume cerveza en la cantina, puede ver el mezcal la bebida que le hizo alcohólico y a la que volverá al final de la película, porque sabe que ya no hay destino ni futuro, su vida ha de terminar allí. De una forma casi accidental es asesinado, porque lo absurdo está presente en su vida. Al dejar la otra bebida y volver al mezcal es una manera de sellar su fracaso vital. Tirado en el barro, en el último acto de su vida, como un borracho anónimo, exclama: “¡Qué forma más asquerosa de morir!”.
Aparecen los toros cuando Hugh torea una becerra, el ambiente de los mexicanos pobres, las cantinas, el calor sofocante, todo ello impregna a la película de un agotamiento vital, de una sensación de desasosiego permanente, pero el gran mérito se halla en el rostro de Finney que expresa la rendición ante la vida. El genial actor que ya demostró en muchas películas su indudable talento da a su papel todo el desconcierto ante la existencia y todo el daño que el alcohol ha hecho mella en él. Huston lo sigue, lo filma, lo escruta, como si fuese un amanuense en busca de un código secreto.
Sin la complejidad de la novela, que es, sin duda alguna, una obra maestra, la película es una digna adaptación de un universo complejo que vivió Malcolm Lowry durante su estancia en México del que fue expulsado al final por su alcoholismo. La vida de Lowry se truncó muy joven, porque al igual que su personaje eligió mal las cartas para jugar.
El gran actor británico nacido el 9 de mayo de 1936, protagonista de títulos tan emblemáticos como Dos en la carretera, Asesinato en el Orient Express o La sombra del actor, murió un 7 de febrero del 2019. Uno de los papeles más difíciles que interpretó fue esta adaptación de la novela de Lowry como el cónsul Geoffrey Firmin.












