febrero de 2026

‘El Viento en las Raíces’, de Sandra Bruno

El Viento en las Raíces
Sandra Bruno
Editorial Dalya, 2026

Páginas: 82
Colección: Premio Dolors Alberola 

El viento en las raíces: una Cartografía de la Identidad y el Deseo

 Si en su obra anterior, Humanosis, Sandra Bruno exploraba la naturaleza humana desde una perspectiva más general, en El viento en las raíces la mirada se vuelve introspectiva y afilada. Como señala Manuel Francisco Reina en el prólogo, estamos ante un “libro de crecimiento personal, de madurez”. La poeta ya no solo observa la condición humana, sino que interpela su propio ser como una forma de autoconocimiento y, simultáneamente, de reconocimiento del otro.  Con El Viento en las Raíces nos encontramos ante la consagración de una voz que va de la Especie al Individuo.

La poesía, cuando es auténtica, no solo se lee: se habita. La poeta hispanofrancesa Sandra Bruno nos invita a recorrer con su nuevo libro un itinerario orgánico y descarnado sobre la reconstrucción del “Yo”. Tras su incursión previa en el panorama poético con Humanosis, donde ya se vislumbraba una honda preocupación por la esencia de nuestra especie, Bruno regresa con una obra de madurez técnica y emocional que le ha valido el accésit del premio de Poesía Dolors Alberola.

Este poemario no es una colección de versos aislados, sino un organismo vivo estructurado aristotélicamente en tres actos: “Raíces”, “Arañar el tronco” y “Morder la savia”. A través de esta metáfora arbórea, la autora explora la dualidad de la existencia humana —vida y muerte, memoria y olvido— situándose en ese territorio intermedio donde el ser se reconoce a través de la contradicción. La poesía siempre es un lenguaje entre dos luces.

La primera sección, “Raíces”, funciona como una arqueología emocional y actúa como un ancla en el pasado, pero un ancla que a menudo hiere. Bruno no se limita a evocar sus ancestros, sino que cuestiona las “leyes” familiares y la educación que, a menudo, mutila la identidad. La presencia de citas de autoras como Alejandra Pizarnik, Francisca Aguirre, Simone de Beauvoir y Emily Dickinson no es casual; subraya una reflexión poética sobre el rol de género y las atribuciones históricas de lo femenino.  Para Bruno, la familia es la fuente primaria de fortalezas, pero también el origen de las cicatrices más profundas. En el poema inaugural, ‘Familia’, la autora establece una conexión directa entre la vida y la muerte a través de la figura de la abuela, revelando un matriarcado que custodia silencios y legados:

“Mi abuela me enseñó a cuidar / de nuestra familia limpiando sus tumbas / porque quitar el polvo al lecho de la muerte / era como lavar / sus propios trapos sucios”.

Esta imagen es poderosa: la limpieza de la muerte como un acto doméstico de purificación familiar. Las raíces aquí no son solo el origen, sino también la carga subterránea de “historias que no se cuentan”. La dualidad se manifiesta en la cita de Mo Yan que abre esta sección: “Para un árbol, cambiar de sitio es la muerte; para un hombre, cambiar de sitio es la vida”. Sandra Bruno, marcada por su condición bilingüe y bicultural, vive esa tensión entre la necesidad de pertenecer y la urgencia de ser trasplantada a otros climas para no perecer bajo el peso de la tradición.

También en el citado poema la autora vincula la tierra con la identidad de manera casi física:

“Es lógico amar la tierra, / porque tierra somos”.

Asimismo, en esta primera sección destaca el poema ‘Barbie’, donde la poeta reflexiona sobre la construcción de la identidad femenina y el rechazo a los modelos adultos impuestos. Frente a la irrealidad de la muñeca de plástico, la voz poética anhela una fantasía que la proteja de la crudeza de su propia humanidad:

“…rezar a algo más sólido / que ese engaño llamado realidad, / creer en algo que no me recordara / que estaba hecha de ausencias y de carne”.

La poeta Sandra Bruno

En la segunda parte, “Arañar el tronco”, el poemario abandona la protección de la infancia para enfrentarse a una realidad “tangible” y “adulta”. El poema ‘Tortugas’ es paradigmático de este cambio de tono:

“…las tortugas marinas cargan su paciencia / en la arena roja de los recuerdos. / Ellas ya no odian sus desdenes… / Sólo llevan en sus ojos sin llanto / lo que el mar calló en una vida entera”.

Aquí, el estoicismo y el silencio de las tortugas simbolizan una madurez que ha procesado el dolor sin resentimiento. La autora busca “sobrevivir a la memoria”, a la que califica como un “gusano de seda que muerde saliva”, para poder construir un “nuevo paraíso” personal. Es una etapa de lucha, de “arañar” la superficie de lo cotidiano para encontrar la esencia.

Si las raíces representan el pasado heredado, “Arañar el tronco” simboliza la lucha con el presente y la necesidad de una realidad palpable y madura. Aquí, la memoria deja de ser un refugio para convertirse en una amenaza que debe ser superada. En el poema ‘Vivir mil veces’, Bruno define la supervivencia como un acto de tejer un nuevo destino sobre las cenizas de lo vivido:

“Sobrevivir a la memoria, / gusano de seda que muerde / saliva, y tejer otro paraíso / con labios de uvas trituradas”.

En esta etapa del libro, aparece la metáfora marina como símbolo de la zozobra existencial. El poema ‘Marejada’ muestra a una autora que se reconoce vulnerable, aceptando el “naufragio” interior como parte inevitable del crecimiento. Es en esta vulnerabilidad donde empieza a vislumbrarse el amor y el deseo como fuerzas redentoras que contraponen luz a la sombra.

Un momento clave de esta sección es el poema ‘Regla sin reglas’, dedicado a Paco, donde el dolor físico y el éxtasis emocional se funden en una sola experiencia sensorial. Unos versos caracterizados por su crudeza desde un “vientre incomprendido”. La poeta transforma el sufrimiento orgánico en una pregunta existencial sobre la posibilidad de un mundo sin dolor, situando el deseo como el único alivio posible frente a la agonía. La autora se pregunta:

“¿Cómo concebir así este mundo sin dolor? / paréntesis en relieve entre el éxtasis / —por querer disolver mi muerte en ti—”.

Aquí, la “muerte” no es el fin, sino una entrega absoluta al otro, una disolución del ego en el deseo que Bruno describe como lo más parecido a la agonía, pero una agonía creadora.

La tercera parte, “Morder la savia”, representa el clímax orgánico del poemario. Aquí, lo corporal y lo inmediato se imponen sobre la nostalgia. Los títulos de los poemas —‘Tu cuerpo’, ‘Labios rojos’, ‘Primavera’— sugieren un renacimiento a través de los sentidos. La poeta ya no mira hacia atrás; ahora muerde la vida en su estado más puro y fluido.

En ‘Tu cuerpo’, el sueño se convierte en una certeza física que anticipa la explosión de la vida:

“Soñarte es adelantar ese trozo / de primavera a punto de explotar / en mis certezas”.

Esta sección, como cierre del libro, es una celebración de lo corpóreo y lo presente: una declaración de principios sobre la función de la poesía y la renovación del ser. En los versos finales de ‘Diluvio’, la autora conecta el deseo con la esperanza y la tierra, cerrando el ciclo iniciado en las raíces, pero ahora con una sangre purificada y nueva:

“…como la sangre nueva / que me nace ahora / y que se convierte en raíces / de mi salvación terrestre”.   Sandra Bruno desplaza la memoria para colocar en su lugar la “realidad tangible”.

En el poema ‘Labios rojos’, la estética se convierte en ética de resistencia:

“Pintarse de rojo los labios / es un claro acto de supervivencia / frente al suicidio / de tantas almas grises”.

El rojo, tradicionalmente asociado al peligro o a la pasión, se redefine aquí como “vida en rama” y “eternidad de un beso”. El uso del color rojo es recurrente y significativo. Para Bruno es el color de la vida “en rama”, la sangre que circula y que otorga eternidad a un instante compartido. La poeta se asume como un ser de fuego, alguien que pide quemarse para sentirse vivo. Esta transformación culmina en el poema ‘Agua’, donde el deseo de ser “manantial y sed” simboliza la integración total de sus contradicciones: “Ahora soy yo más que nunca: / soy nuestro futuro sin muerte”.

El libro termina con una pregunta de Álvaro García: “¿Cuántas vidas contiene nuestra vida?”. La respuesta de la poeta a lo largo de estas páginas es clara: contenemos tantas vidas como seamos capaces de reinventar a través de la palabra y el deseo.

De nuevo, en palabras de Manuel Francisco Reina, El viento en las raíces es un “reinicio de ciclo poético” para Sandra Bruno. Es un libro que asume un compromiso ineludible con la verdad poética, entendida esta como la capacidad de usar el instinto para no perderse en las mareas de la vida.

Este poemario que ahora ve la luz viene a demostrar que la memoria y la nostalgia, aunque necesarias, pueden ser tóxicas si no se transforman en “savia nueva”. A través de una estructura sólida y una voz que transita de lo confesional a lo metafórico con naturalidad, la poeta consigue que sus raíces particulares se vuelvan universales. El viento en las raíces es una invitación a “arañar el tronco” de nuestra propia existencia hasta encontrar la corriente vital que nos permita, por fin, salvarnos en la tierra que habitamos. A través de sus versos, la autora demuestra que, aunque las raíces sean la fuente del “sabor a cenizas”, también son la base de la “salvación terrestre”.

En suma, El viento en las raíces es un poemario que no solo se lee, sino que se siente como un “diluvio” de “sangre nueva” que nos invita a reconectar con nuestra propia esencia. No es poco.

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