marzo de 2026

‘Taller de relojería’, de Alejandro Céspedes

Taller de relojería
Alejandro Céspedes

Editorial Averso Poesía, diciembre 2025
146 págs.

La verdad como fragmento

No es nada nuevo que Alejandro Céspedes (Gijón 1958) ponga sobre nuestras manos sus ideas filosóficas encuadradas en libros de poesía. Esa tragedia existencial que, desde hace varios títulos, nos lleva mostrando con esa artesanía que sólo la capacidad de los elegidos sabe hacer.

La aparición de Taller de relojería, su último libro, confirma algo que ya era perceptible en la trayectoria de Alejandro Céspedes: la progresiva conversión del fragmento en categoría ontológica y no solo en procedimiento formal. Si en libros anteriores la discontinuidad operaba como estrategia expresiva frente a una realidad dividida, aquí el fragmento se erige en principio estructural del mundo y del sujeto.

Esta publicación (la 4.ª Catástrofe elemental como la define nuestro autor) no constituye un episodio aislado, sino la consolidación de un proyecto poético de largo aliento que ha ido perfilándose, libro a libro, bajo la conciencia de una crisis estructural del mundo y del lenguaje. La serie de Las catástrofes elementales (siete) no debe leerse como una mera sucesión temática, sino como una investigación sistemática sobre los modos en que lo real se fractura y sobre la capacidad —siempre problemática— de la palabra para asumir esa fractura sin falsearla. En este cuarto movimiento, el dispositivo alcanza una madurez conceptual y formal que obliga a releer (una buena opción) retrospectivamente el conjunto de su obra.

Desde la “Nota previa”, la cita de Francis Ponge —toda una declaración programática— establece la figura central del poeta–relojero que sitúa a este libro en el terreno de una poética de la responsabilidad (¿podemos compaginar dicha similitud cuando, a veces, ese ejercicio no existe en algunos poemarios de diversos autores?). El artista no es mago ni profeta: es un mecánico que trabaja con fragmentos, que recoge restos de un mundo que nunca ha dejado de funcionar “misteriosamente”, pero humanamente ha funcionado muy mal. Esa distinción es decisiva. El mal no reside en la suspensión del orden natural, sino en la incapacidad ética e intelectual del sujeto contemporáneo para habitarlo con lucidez. El relojero no crea: repara lo que le llega descompuesto. Esa humildad metodológica es, en realidad, una exigencia radical.

La primera parte, “El relojero del mundo (Los fragmentos)”, despliega una cartografía del desastre contemporáneo que evita tanto el efectismo como la abstracción vacía. No se trata tanto de una suma de escenas traumáticas como de un análisis de las condiciones de posibilidad del desastre. Las imágenes de ciudades bombardeadas, de cadáveres reciclados por la historia (la batalla de Waterloo), de accidentes ferroviarios convertidos en archivos digitales (la saturación algorítmica de la memoria digital) o la banalización de rituales colectivos que celebran el paso del tiempo como si se tratara de una epifanía (31 de diciembre), funcionan como estudios de una misma enfermedad: la naturalización de la violencia y la conversión de la historia en espectáculo. La insistencia en los escombros, en los cuerpos fragmentados, en la proliferación de datos que se archivan para desaparecer, construye una poética de la evidencia que rehúye tanto el sentimentalismo (palabra odiada por nuestro autor) como la indignación superficial, y configura un diagnóstico de la época. No se trata de denunciar un acontecimiento puntual, sino de evidenciar la normalización de la catástrofe. El fragmento, como forma, reproduce esa condición: no hay continuidad apacible, sino esquirlas que obligan a recomponer el sentido a partir de discontinuidades. En este punto, el libro dialoga con una línea central de la poesía de Céspedes: la conciencia de que la realidad no se presenta como totalidad armónica, sino como suma conflictiva de materiales múltiples. La estructura fragmentaria no responde a una moda posmoderna, es en este autor una ética de la representación. El fragmento comparece como la única forma honesta de aproximarse a una realidad que ya no se ofrece como totalidad coherente.

Si en Soy Lola Jericó (aunque no forme parte del deslumbrante y ambicioso proyecto Las siete catástrofes elementales emprendido por Céspedes) el desdoblamiento identitario ya apuntaba a una crisis del sujeto que no podía resolverse en aguas conciliadoras (¡qué mujer Lola Jericó!), en Taller de relojería esa fractura se amplía y se sistematiza: el mundo mismo aparece como un mecanismo cuyos engranajes no encajan y el poema se convierte en el espacio donde se exhibe esa disfunción sin anestesia, a pleno dolor. Esta teoría del fragmento ya había sido puesta en práctica con éxito por Céspedes en libros anteriores: Los infraleves, Topología de una página en blanco, La infección de lo humano…).

La presencia constante de referencias filosóficas y literarias —Eliot, Cioran, Heidegger, Leibniz, Ortega—, algo también muy propio de este autor, no responde a un afán de exhibición cultural; es más bien una firme voluntad de que el libro transcurra en un autoconvencimiento crítico que entiende la poesía como dispositivo cognitivo capaz de exponer su lógica interna, y no como un ornamento; una lógica interna que intenta definir la crisis del sentido en la modernidad tardía. La intertextualidad funciona como red de resonancias que complejiza la lectura. Cuando el texto afirma que “la verdad suele ser áspera” y contrapone esa aspereza a la lubricación de la mentira, no se limita a formular una intuición moral; está interviniendo en el debate contemporáneo sobre la posverdad y la construcción mediática de la realidad; cuando el poema afirma que “dentro de cada instante hay un desastre / pensando cómo abrirse hacia el futuro”, no formula una metáfora brillante, sino una tesis: el tiempo mismo ha sido colonizado por la amenaza. El poema se convierte así en un bellísimo espacio de reflexión epistemológica, porque el texto no se limita a constatar el mal funcionamiento del mundo, el texto interroga y cuestiona también el estatuto del lenguaje que pretende describirlo.

Uno de los logros más notables de esta primera parte es la articulación entre historia y tecnología. El fragmento dedicado al descarrilamiento del Talgo y a la acumulación algorítmica de datos evidencia una paradoja central de nuestra época: el incremento de la memoria digital convive con la erosión de la memoria ética. Todo se archiva, pero nada se integra. La “demencia senil del algoritmo” no es una metáfora caprichosa; es la constatación de que el exceso de información no garantiza comprensión. En este sentido, el libro prolonga una preocupación ya presente en trabajos anteriores: la crítica a una cultura que confunde visibilidad con conocimiento y registro con responsabilidad.

El poeta Alejandro Céspedes

Sin embargo, Taller de relojería no se agota en la dimensión macro histórica. La segunda parte, “El relojero del ser (Cuerpos de Lewy)”, introduce un desplazamiento decisivo: del desastre colectivo al deterioro íntimo. La descripción clínica de los cuerpos de Lewy —con su precisión casi neurológica— marca un cambio de escala, pero no de intensidad. El mundo que se fragmenta en la primera parte encuentra su continuación en un cerebro que pierde cohesión, en una memoria que fluctúa, en una identidad que se deshilacha. Aquí la serie de Las catástrofes elementales adquiere una profundidad inesperada. Si las catástrofes anteriores exploraban dimensiones físicas, históricas o simbólicas del colapso, de la desarticulación humana y su degradación, esta cuarta entrega desciende al ámbito neurobiológico. La catástrofe ya no es solo exterior; es interna, orgánica, incrustada en la química del cerebro. El sujeto se convierte en campo de batalla donde se libra una lucha silenciosa entre recuerdo y olvido, entre lucidez y alucinación. El relojero que intentaba recomponer el mundo debe ahora enfrentarse a la avería de su propio mecanismo, de su propia mente.

La figura del “animal indeciso”, tomada de Valéry, resume esa condición liminar. El yo ya no puede definirse por sus circunstancias, pero tampoco puede sustraerse a ellas (¡bendito Descartes!). La memoria, lejos de ser territorio estable, se presenta como otro territorio intervenido por fuerzas que escapan a la voluntad. La interlocución con Bergson y Ricoeur introduce una dimensión teórica que enriquece el poema: recordar es un acto, pero cuando el soporte neuronal se degrada, el acto pierde soberanía. La conciencia ilumina solo una parte del pasado; el resto permanece en sombra, y en esa sombra anida el dolor. La correlación estructural entre la demencia individual y la demencia colectiva constituye uno de los ejes más sólidos del libro. Así como la sociedad contemporánea archiva compulsivamente y olvida lo esencial, el cerebro enfermo conserva fragmentos desconectados mientras pierde la capacidad de integración. La catástrofe elemental, en esta segunda parte del libro, no es un accidente externo; es una condición que atraviesa todos los niveles de la experiencia. El poema no ofrece consuelo ante esa constatación, pero sí ofrece un marco de comprensión.

En relación con el conjunto de la obra de Céspedes, Taller de relojería representa una intensificación del pensamiento poético, una culminación y una depuración. La variedad de registros —del tono ensayístico al visionario, de la ironía a la elegía— se integra en una arquitectura más rigurosa y conceptualmente cohesionada. El libro no disemina intuiciones; las organiza en torno a una hipótesis fuerte: la catástrofe no es un accidente, sino la condición estructural de lo real contemporáneo, y el lenguaje poético solo puede ser responsable si asume esa condición sin maquillarla. El fragmento ya no es solo recurso expresivo; es principio ontológico. La poesía se asume como espacio de pensamiento, como laboratorio donde se examinan los límites del sentido, y así el libro confirma una de las constantes de su trayectoria: la negativa a reducir la poesía a confesión intimista o a consigna ideológica, a la superficialidad, algo que Céspedes también detesta.

El cierre del volumen, cuando el relojero reconoce la insuficiencia de su oficio y sugiere que quizá hubiese sido preferible ser mago, introduce y condensa una tensión decisiva que es central en el libro: no hay posibilidad alguna de restauración plena, no hay retorno a la integridad de la pérdida. Y, sin embargo, la renuncia a la magia es ya una toma de posición ética. La magia implicaría una restauración inmediata, una solución espectacular; la relojería, en cambio, exige paciencia, análisis, conciencia de los límites. La aparente derrota del relojero es, en realidad, la afirmación de una ética: no prometer lo que no puede cumplirse. La poesía no puede reparar el mundo, pero lo examina con una lucidez, tan propia de este autor, que incomoda. El poeta no promete redención; ofrece análisis. No oculta la herida; la examina. No reconstruye el mundo; muestra por qué se ha fracturado. ¡Céspedes en estado puro!

En un contexto cultural donde la simplificación y el consumo rápido de emociones dominan el panorama, Taller de relojería se impone como una obra de alta exigencia intelectual. Su ambición no es tranquilizar ni consolar al lector, sino obligarlo a pensar. No simplifica el dolor, lo inscribe en una red de causas y consecuencias que exceden al individuo. Al final, el reloj puede seguir averiado y el mundo puede continuar funcionando mal, pero el gesto de recoger los fragmentos y someterlos a examen constituye una forma de resistencia crítica. Ese gesto —intelectualmente exigente y éticamente incómodo— es lo que convierte este libro en una de las propuestas más sólidas y necesarias de la trayectoria de Céspedes: no porque repare el tiempo, sino porque nos obliga a pensar qué significa habitarlo cuando ya no encaja en ninguna de nuestras expectativas. La catástrofe no es aquí espectáculo ni metáfora complaciente, es la condición misma de nuestra experiencia histórica y biográfica. Al recoger los fragmentos —los del mundo y los del ser— y disponerlos con precisión crítica, el libro demuestra que la poesía puede seguir siendo un instrumento de conocimiento.

No hay promesa de redención en estas páginas, ni ilusión de totalidad restaurada. Hay, en cambio, una voluntad obstinada de mirar de frente la fractura y de asumirla sin maquillaje. Ese gesto, sostenido a lo largo de la serie de Las catástrofes elementales y llevado aquí a su máxima densidad conceptual, convierte a Taller de relojería en una pieza central del proyecto poético de Céspedes. El reloj puede estar averiado; el mundo puede no funcionar; la memoria puede desintegrarse. Pero mientras exista la conciencia crítica que recoge los restos y los somete a examen, el tiempo —herido, incompleto, fragmentario— seguirá siendo pensable. Y esa posibilidad de pensamiento es, en última instancia, la forma más rigurosa de resistencia.

Para todos.

COMPÁRTELO:

Escrito por

Archivo Entreletras

PASABA POR AQUÍ / Julio Verne, te hemos superado
PASABA POR AQUÍ / Julio Verne, te hemos superado

He leído muchísima ciencia ficción. Soy aficionado desde muy joven a las novelas, los relatos, los cómics o tebeos y…

Wikileaks, frente a la extradición de su líder
Wikileaks, frente a la extradición de su líder

La detención en Londres de Julian Assange se inserta de lleno en la controversia de las relaciones políticas, diplomáticas e…

Marejada en Washington. La CIA y Donald Trump, relato de un desencuentro
Marejada en Washington. La CIA y Donald Trump, relato de un desencuentro

Nancy Pelosi, Presidenta del Congreso de los Estados Unidos de América, ha propuesto iniciar una investigación que puede llevar a…

136