marzo de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / El espejo de los sueños

Fotografía de Marina Sogo

EL ESPEJO DE LOS SUEÑOS / 7171 DÍAS / 4528 TEXTOS

No hay vanidad en lo que voy a escribir. Tan solo se me ha ocurrido escribir sobre la existencia de mi blog. Mi blog. Mi casa. 7171 días abierto. Es un número bonito. Creo que todos lo son. El hecho de hacer un inventario de algo se parece al de recordar.  Pronto cumplirá 20 de los casi 60 que cumpliré en un mes mal contado.  Me agrada pensar que ha ocupado un tercio de mi vida en los que he ido cuidándolo casi a diario. No le escatimo atenciones. Ni una obligación es. Hubo semanas en que no tuve nada que anotar en él. También días en que lo hice dos veces. Esta costumbre, tras tanto tiempo, se ha convertido en una vida supletoria, en una prolongación registral de la mía, y me declaro feliz por la perseverancia, no se crean, y perplejo también. Debí haber abandonado la empresa. Lo pensé varias veces, muchas veces. No sé a el porqué de tener siempre algo que contar. Eso no es normal. Escribir no es normal, pero uno cuenta las cosas que le suceden o las que suceden a los demás. Se me antoja indistinguible un contar del otro.

Hay 4528 entradas, lo cual es abrumador. Alguien entró en mi blog el otro día. Tengo que leerte, me dijo. Creo que le aconsejé que se lo tomara con calma. Que fuera al día. Que prescindiera de lo hasta ahora rendido. No siempre puedo tener cerca a alguien que me lee, aunque sucede con frecuencia, por fortuna. Hubo en esos casi 20 años de escrituras (leo el contador alojado en el blog ahora mismo) 1802466 visitantes. A lo mejor lo cierro, con colmo de pudor o de fanfarria, ya veré, cuando llegue a los 2 millones. Es una buena cifra. No me la hubiese creído cuando me determiné a abrirlo. Estaba en casa de mi cuñado, en Marbella. Me lastimé un pie haciendo el tonto en la playa y el buen galeno me recomendó que lo tuviese en alto unos días antes de recomenzar los paseos y todo eso. La convalecencia fue agradable. La familia me agasajó con distracciones, saben hacerlo. Ahí se me ocurrió lo de abrir esta casa digital. Comenzó alojando reseñas de cine. Eran, más que otra cosa, encendidos elogios hacia películas de toda la vida y, por mi participación como crítico en una revista de cine de la red, comentarios sobre los estrenos de entonces. En el 2006 iba más al cine de lo que voy ahora, a mi desgracia. Veo el cine en casa, ya no escribo en ninguna revista de cine, tan solo dejo de vez en cuando registro sobre lo que veo, casi nunca cosas de la actualidad. El tiempo pasa muy rápido.

Los números, esa estadística fiable, fría, gris, no explican lo que ha supuesto este blog para mí. «El espejo de los sueños» es mi aldea gala irreductible. Los romanos, afuera, no lograrán rebasar sus muros, quemar sus casas. Soy el que se cayó a la marmita y bebió el brebaje de la torrencialidad o de la prolijidad o de la hipergrafia o de la grafomanía. Soy un escribidor, lo hago sin pretensiones, por dejar constancia, ya lo he dicho, por contarme el mundo o por contarme a mí mismo. No he debido terminar de hacer alguna de esas cosas a lo visto, así que no tengo intención de renunciar a este placer que me hace estar aquí ahora, dándole a las teclas. Tengo, a decir de Bukowski, la enfermedad de escribir. No es una elección, me temo, aunque en algún momento lo fuese: es una función orgánica como la de respirar o la de beber agua si hay sed o la de comer cuando el hambre. Por precaución, guardo un registro de toda esta cadena de ceros y de unos que deben conformar las tripas de mi blog, el fantasma en la máquina, todo eso. Es una memoria portátil. Por si un día me da por abrir el editor de esta página y me encuentre que un dron la ha devastado o que la han saboteado los chinos o la madre que parió a la desgracia.

Salvo los tres o cuatro primeros años, mantengo en el blog la misma cabecera: el icónico puente de Queensboro de la película Manhattan, de Woody Allen. Isaac y Mary siguen sentados, viendo cómo amanece, charlando. Yo no he dejado de hacerlo desde entonces. Hago acompañar a la imagen de dos citas, invariables,  perseverantes también. Una es de Antonio Machado: «Amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles». La otra es de Epicuro de Samos: «El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma». Me reitero en la bondad de esas citas, en lo que me dicen, en lo que continúan diciendo. Yo sigo escribiendo, hablándome, ya ven. Ese cómputo de días, de escritos y de visitas me hace feliz, pero lo que más festejo es que mi voluntad haya decidido que siga en pie. Festejo esa consideración, al menos: la de bregar con la escritura, para bien o para mal. He sido tozudo, he resistido con entereza, he hecho de ese blog una extensión (ya lo he dicho, más veces lo diré) de mí mismo. No sabría explicarme sin escribir, tampoco lo haría sin mencionar «El espejo de los sueños», el nombre que di a esta casa. Ese ha sido quizá el cometido más fiable: escribir casi a diario, no dejar que la página entre en barbecho, hacer que el placer sea «el bien primero».

Se puede estar más solo que escribiendo, pero ninguna soledad, ni siquiera la no pedida, la que nos invade y sojuzga, rivaliza con la escritura en hondura, en apartarse enteramente del mundo y, al tiempo, en apropiarse de él. En ocasiones, al escribir, se percibe esa soledad, se aprecia cómo se cierne en torno, sin que podamos zafarnos de ella o sin que, por más que nos afanemos, podamos tampoco dejar de escribir. Dejar de escribir con la esperanza de que regrese la luz o de que la oscuridad no cunda, ni se enseñoree como suele. Nunca fue un padecimiento escribir, nunca sentí que me fracturara o que me ablandase o que me retirara alguna posible fortaleza que yo, sabiéndolo o no, pudiera tener y, sin embargo, a veces prefiere uno no tener que dejar consignado nada, no ocupar la limpieza de la hoja o el vacío del editor de este blog. No dura mucho ese arrebato ascético, un poco sobrevenido por el cansancio o por la evidencia de que no hay ningún lado al que conduzca escribir que no se pueda acceder de otro modo, no sé, paseando, tomando café con los amigos en las terrazas del verano o en la intimidad de la casa en el invierno, leyendo lo que otros a los que no conocemos han hecho para nosotros, ah lectores. No es una preocupación que persista, se diluye conforme el día va conviniendo sus peajes y tienes que salir a la calle y acudir al trabajo y regresar a casa andando o en coche, pero de pronto hay una necesidad que bulle y obliga, algo que dice que te sientes y escribas. y se aplica uno en satisfacerla.

No importa de qué se escriba, incluso de la escritura misma, tal es el caso. Lo que de verdad cuenta es penetrar en esa soledad solicitada y dejarse ir. No creo que haya otro método: no hay escritor que no se deje ir, por más que organice y cuadre su trabajo, por más que investigue, tabule o prevea cuál será el texto que finalmente saldrá. Lo que fascina es el acto impetuoso de la escritura, su vértigo, su fiebre, ese avanzar loco, sin brújula, en el que las palabras se prestan y uno las abraza o las censura o aplaza que concurran o se duele de que salgan esas y no otras, que son las que deseamos, pero no están a nuestro alcance. Tal es el caso también. Esta soledad mía es más íntima cuando abre el día. Ahí encuentro que está la cabeza en condiciones, si es que eso fuese cierto. Ahí me envalentono con el día y encaro lo que a su antojadizo capricho haya decidido arrojarme. En este sentido un poco nutritivo de las cosas, escribir es una ingesta de luz, una especie de avituallamiento de coraje para que no nos haga flaquear en demasía el tráfago de las cosas. Como quien sale a correr a primera hora de la mañana y vuelve a casa con el cuerpo encendido y la cabeza alerta. Añado que jamás he hecho eso, no es algo de lo que presuma tampoco.

El blog “El espejo de los sueños”, tal fue el nombre de mi primer libro, el que se me publicó en Antorcha de Paja con la colaboración de la Diputación Provincial de Córdoba en mis tiernos diecinueve años, ha servido para tantas cosas. La más importante, ya lo he dicho, es para dar con amigos. No importa el modo en que se consigan: importa esa propiedad hermosa, y por la lectura de lo que yo haya ido escribiendo hubo desconocidos que entraron en mi casa, ya lo he dicho, y se quedaron. Siguen. También me sirvió para que viniesen otros siete libros. Me gusta pensar en ellos como una especie de hijos de esta madre que es el blog. Él hizo de mediador o de aval o para que las palabras se imprimieran y quedara un libro bonito. Todos lo son. Mis editores (Francisco Gálvez, Pepe Trapiello, José Luis Trullo y Francisco Caro) vieron que podría haber un escritor en mí. A estas alturas, bueno o malo, debe haberlo. Del primero (El espejo de los sueños, 1985) al último (Mala fe, 2025) han pasado 40 años. La de cosas que caben en 40 años. Ahora se me ocurre que me casé, tuve dos hijos, perdí a mi padre, a mi abuela y a mi suegra, me hice maestro (me jubilo en tres meses), vi miles de películas, leí mil libros, amé desconsoladamente el jazz, vi morir a algunos amigos, fui feliz en los bares y descubrí el arte de dormir sin preocupaciones cuando la vigilia invita a que prospere el sueño. Más cosas habrán pasado, me habré dejado algunas importantes.

Mi abuela Luisa no escribió una palabra en su vida. Decía, al verme correr: «Mientras el nieto corre, el mundo gira». Y el placer, ah, el placer, el bien primero, el don más hondo. Uno de los que más aprecio es la de nuevos amigos que el blog me ha traído. Hoy es un día de máximas y de gratitudes. Dejo la dirección del blog por aquí, por si después de esta tabarra egocéntrica alguien decide visitarlo por primera vez o volver. Disculpadme, si podéis, por haber recurrido a contar algo tan personal. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de que se produzca el mandato primero que se impone quien escribe: ser leído. Pues eso.

https://cinepoesiajazz.blogspot.com/

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