marzo de 2026

LAS CARTAS DE ELIBERIA / María Josefa de los Reyes Cerrato Rodríguez (1897-1981)

Estimada amiga:

Dado que no tengo el placer de conocerte, te diré que he llegado hasta ti a través de mis amigas de la «Residencia de Señoritas». Me han hablado de una joven extremeña que solo visitaba la residencia en los momentos de los exámenes y que quería acercarse, estudiar y curar a los animales.

Por eso, desde el primer momento me interesó tu personalidad, y saciar esa curiosidad es el motivo de esta carta. He esperado a recibir tu invitación para ir a verte. No tengo ni idea de cómo es un negocio de «herrador», quizás tú puedas explicármelo, aunque antes de escribirte me he intentado informar sobre este oficio medieval. Me llevaré una gran sorpresa. ¿El herrador era la persona encargada del cuidado de los animales de carga, de los que dependía el transporte y el trabajo de los vecinos? Empezaba a entender algo.

Mi amiga Pilar de Madariaga, científica de prestigio, que te conocía y que había coincidido contigo en época de exámenes en la residencia, me había dicho, hacía tiempo ya, que en Calamonte tu taller se parecía a un laboratorio. Me moría por ir a verlo, hasta que llegó tu invitación.

Los tiempos andaban revueltos; los transportes, casi paralizados por las huelgas. En el tren expreso de la compañía M.Z.V. tuve tiempo de leer durante toda la noche, hasta llegar a Mérida, lo que había ido recopilando sobre ti. Yo era nueve años mayor que tú; eras extremeña, de Arroyo de San Serván, Badajoz. Hacía ya siete años que habías obtenido el título de veterinaria en la Escuela de Córdoba, eso sí, tras un permiso especial del ministerio para cursar la carrera. Aquella máquina infernal no dejaba de pitar ni de echar un humo que se filtraba a través de las ventanas.

Supe que eras maestra como tu madre, que te habías licenciado en farmacia y que habías aprendido solfeo en el conservatorio de Madrid. Casi nada.

Desde Mérida, para llegar a Calamonte tendría que coger un carro de mulas, aunque tal vez hubiera algún coche; no importaba el precio. La estación de Mérida, que funcionaba como pulmón logístico para el transporte de corcho, cereales y ganado de Extremadura, era un cúmulo de vapor, hollín y bullicio de viajeros, maletas de madera y mercancías agrícolas. A la entrada había un carrero dispuesto a prestarme el servicio. Aproveché para enterarme de en qué consistía el oficio de herrador.

—Señorita —me dijo, aún recuerdo sus palabras casi al pie de la letra—, usted que es de capital y se la ve estudiada, no va a aguantar el olor a cuerno quemado y excrementos de caballo. El buen hombre no conocía mi capacidad de aguante. Se hizo el importante.
—El oficio se aprende de los padres y ellos de los abuelos. No vale cualquiera para trabajar la forja. Cobran en especias, ¿sabe lo que es el trueque? Tú me das y yo te doy, sin dinero de por medio. Claro que sabía lo que era el trueque. Pensé que los caballos que iban tirando del carro también tendrían que pasar alguna vez por el taller de tu hermano Rafael, el «albéitar».

El potro, situado en la plaza de los Arcos, era una estructura de piedra, madera y hierro destinada a inmovilizar al animal, y allí me dejó el carrero. Antes de bajarme del carro, vi cómo acariciabas la cabeza del caballo. Percibí enseguida que, aunque no se expresaban de la misma manera, conocías el lenguaje de los animales; por eso supe que eras tú. Y allí estabas, con tu hermano Rafael, esperándome. Tú tenías un aspecto más refinado. Él, alto y con una camisa de cuadros, pantalón de pana y boina echada hacia atrás, sudando, parecía no haber tenido tiempo de dejar el martillo; aparentaba más años. Mis ojos se desviaron hacia aquella herradura clavada en el madero, con la boca hacia arriba.

Si hubiese estado allí mi amiga Vera de Alzate, me hubiese dado una lección magistral, pero solo estaba tu hermano, que con voz aguardentosa me empezó a hablar de una historia que, poco a poco, me iba cautivando. Decía que, desde antiguo, los arrieros pedían a los herradores que les pusieran a sus bestias siete clavos en las herraduras para protegerlas y evitar que se despeñaran en los desfiladeros. Además, cada uno de esos siete clavos representaba una bendición distinta: salud, dinero, amor, suerte, protección, paz y felicidad. Él, que había tenido la suerte de encontrar una de aquellas herraduras en la montaña, la había colgado detrás de la puerta de su casa con las puntas hacia arriba para recibir esos dones. Según me contó después, por eso su hermana había podido estudiar para veterinaria, y ahora el negocio funcionaba perfectamente.

El sol presidía un paraíso azul y dejaba caer un calor sofocante sobre la llanura. Salimos de la plaza y cerca, sobre el dintel de una puerta de piedra, había una herradura clavada con la boca hacia el cielo; la había puesto tu abuelo Manuel, pero no recordabas cuándo. Estaba oxidada. La puerta se quedó entreabierta. En el pueblo todos se conocían. La luz entraba por unos amplios ventanales, dejando a la vista un espacio diáfano sobre el que destacaba la sombra corta del potro. En una vitrina de madera artesanal, colocados de forma meticulosa y ordenada, los distintos instrumentos quirúrgicos. Cerca, pero en otra vitrina, diversos frascos con productos químicos. Seguramente tendrían alguna utilidad. La fragua, el yunque y el fuelle los habías colocado lejos de la zona de intervención. En otra esquina había una mesa con cuatro sillas. Os habíais sentado y me observabais mientras yo, con toda libertad, seguía curioseando; pero al escuchar cierta algarabía en la calle, Rafael se asomó. Bajo la sombra de los arcos de la plaza mayor, el aire se rasgó con gritos que Rafael y tú conocíais bien. Varios ganaderos habían tirado sus gorras y sacado sus navajas. Te vi avanzar hacia ellos. Tu melena suelta era una bandera. Lo que, al parecer, había comenzado por un regateo sobre el precio de un caballo, estaba a punto de derivar en un reguero de sangre. Mientras los ganaderos se embestían como las bestias que criaban, tú te abriste paso con determinación y te plantaste frente a los más violentos. No llevabas más armas que esa autoridad natural que te había convertido en la primera mujer veterinaria de España. Solo con tu presencia silenciosa se aplacó la ira. El «albéitar» estaba detrás.

Sin saber a qué bando apuntarse, muchos curiosos se habían concentrado en la plaza, mientras se oían cada vez más cerca los cascos de los siete caballos de la Guardia Civil, que al galope venían a poner orden, aunque cuando llegaron ya estaba restablecido. Observé la tranquilidad con la que volvías, te sentabas otra vez y esperabas a que yo te preguntase, como si no hubiera pasado nada.
Me costó tranquilizarme hasta que logré preguntarte por tus estudios de música, magisterio y farmacia.

—Como mi hermano, aquí presente —me decías—, no quería estudiar, fue mi padre Manuel Cerrato, que era veterinario y herrador, quien me orientó hacia el estudio, a interesarme por los animales y su lenguaje; y mi madre, que se llamaba como yo y había sido profesora de instrucción pública, hizo que me interesara el magisterio, la música y la farmacia, así mi formación se completó y pude continuar su trabajo. Además, en la Universidad de Veterinaria de Córdoba me convalidaron varias asignaturas, con lo que la licenciatura en Veterinaria la obtuve enseguida, en 1924. Me gustaba escuchar la sencillez con la que me contabas tu propia historia.

—Seguro que conociste —sigues hablando— o has oído hablar del maestro Antonio Fernández Bordas, mi profesor de violín, y de don José Tragó; con él estudié solfeo y piano. ¿Puedes creer que los animales se relajan con la música? Pues es verdad.
Conocía a alguno de sus maestros, pero no sabía de los efectos de la música en los animales. Te gustaba ir y volver en el tiempo, y regresaste a Guadalajara, a tus tiempos de estudiante de veterinaria.

—Los Arana —me lo decías con una voz dulce que aquellos dos hermanos habían dejado en tu recuerdo—. Juan Arana y Erdoiza ocupaba la cátedra de Anatomía y su hermano, Santos, catedrático de Fisiología e Higiene. Entonces eran una institución en la ciudad. Yo aprendí mucho con ellos, y fueron los que me dieron el último empuje para que me fuese a Córdoba a terminar la carrera. Aquello ocurrió en 1925 y en 1931 cerraron la Escuela de Guadalajara. Ya sabes, la República y un nuevo plan de estudios. Dijeron que las instalaciones de la vieja escuela alcarreña no reunían las condiciones higiénicas necesarias.

En la Escuela Especial de Veterinaria de Córdoba estuve poco tiempo, poco más de un año, hasta el 15 de febrero de 1925. Me convalidaron muchas asignaturas de mis estudios anteriores en Farmacia y Magisterio. Luego unos intensos meses de estudio, hasta aquel día, como si lo estuviese viviendo. Era el sábado 6 de junio de 1925 y, mientras los obreros realizaban los trabajos de puesta en marcha del nuevo alumbrado público y los ganaderos acababan de cerrar sus tratos sobre la venta de ganado, delante de mí, ya sentados tras una mesa majestuosa que parecía una muralla marcando distancia, sentía la mirada imponente del doctor D. Gumersindo Aparicio Sánchez, catedrático de Exterior y Zootecnia; en el centro, D. Rafael González Álvarez, mi catedrático de Anatomía, estaba distraído mirando unos papeles, y D. Feliciano Infante Florido, el tercero de los catedráticos, de Fisiología e Higiene, era el único que me sonreía, pero yo no sabía el significado de aquella sonrisa.

Menos mal que tenía detrás a mi mentor, D. Rafael Castejón y Martínez de Arizala, catedrático de Fisiología. Con un ligero carraspeo me dio el pistoletazo de salida para que comenzase a contestar a aquel torrente de preguntas que cada uno me lanzaba sin esperar a que yo terminase mi exposición. Entre respuesta y respuesta, perdí la noción del tiempo, pero ellos con curiosidad y yo con asombro escuchábamos cada una de mis palabras.

Cuando el presidente levantó los brazos, se dio por finalizada la prueba y estallaron los aplausos. Yo no sabía si me moría más de vergüenza o de agotamiento. Don Rafael no pudo resistirse y me dio un abrazo. Luego me rodearon los treinta y cuatro compañeros de promoción. Estaban todos. Los más cercanos también me abrazaron: Fernando Ruiz Sarabia, Felipe Vilas, Alberto Cique Moya. Pese a lo tarde que era y a lo cansada que estaba, todos querían celebrar mi triunfo. Fueron muy considerados. Me dieron a elegir entre la Casa Bravo y la Casa el Pisto. Las dos estaban cerca. Elegí la primera, había gente más joven y solo llevaba seis años abierta.
Un gallo cercano nos sacó de la fiesta. Dejaste de hablar al tiempo que un señor que yo no había visto antes se nos acercó con un suculento plato de migas extremeñas. Al parecer le había dado tiempo a hacerlas mientras charlábamos. No las había comido mejores. Caía ya la tarde y las migas no habían interrumpido nuestra charla.

—Es mi marido —me dijiste—, Agapito de Castro; nos casamos aquí el 23 de junio de 1928, en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, esa que ves ahí enfrente. Mi hermano andaba loco repartiendo puros entre los invitados, y mi madre, no te digo. Mi padre aquel día no fue a ver a los animales. Mis amigos Manuel Franganillo y Juan José Mogollón, que hicieron de testigos, creo que se emborracharon.

Hacía sol. A don Juan de la Cruz, el cura amigo de mi padre, aquel día le llenaron el cepillo de la iglesia. No había probado nunca mejores migas. Al día siguiente tenía que madrugar; el carrero hacia Badajoz pasaba temprano, pero no me pude resistir a aquella copa de vino de pitarra que precedió a una cena memorable a base de embutidos ibéricos, queso de la Serena y aceitunas aliñadas, caldereta de cabrito condimentada con pimentón de la Vera, ajo y laurel, y dulces artesanales como perrunillas y rabo de calabaza. Se notaba que tu marido y tu hermano tenían un buen apetito. Fue Agapito quien habló de aquel tiempo oscuro en el que nos sumergió al recordar a aquel otro cura que fuera párroco años después, D. Juan Moreno; al sargento de la Guardia Civil, Juan Marín Galán, y al alcalde, quienes estaban empeñados en inhabilitarte porque no aparecías por la iglesia, ni siquiera los domingos.

Las estrellas corrieron aquella noche a una velocidad inusitada a lo largo de las agujas del reloj, y fue el gallo el que me despertó poco antes de que el carrero pasara a recogerme camino de la capital. Salisteis todos a despedirme y prometí escribiros pronto, una vez acabase de recopilar toda la información que me habíais proporcionado. Fue un abrazo muy sentido, como el que os ofrezco ahora una vez acabada esta carta.

Tu siempre amiga, Eliberia.

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