marzo de 2026

LAS CARTAS DE ELIBERIA / María de la Salud Bernaldo de Quirós y Bustillo (1898-1983)

Querida «Eca»:

María, para conocerte no se me ocurrió mejor idea que solicitar, del propio Alfredo Kindelán, general jefe de la base aérea de Getafe, un permiso especial para asistir al aeródromo el día de la entrega de diplomas de pilotos. Sabía que ese día te lo iban a dar a ti. Él no podía negarse; seguramente conocía mi reputación como historiadora y mis relaciones con Francia. Por eso salté de alegría cuando el cartero me llevó a casa la invitación.

La ceremonia se llevaría a cabo varios días después, el 24 de noviembre de 1928; además, me comunicaba que ponía a mi disposición al capitán Cipriano Rodríguez. Nunca supe si lo puso para servirme de guía, para vigilarme o para sacar cualquier información que pudiera ser de su interés. Me acerqué en el tren que iba de Madrid a Badajoz; me dejaba justo enfrente. Afortunadamente no había niebla, aunque sí un fuerte olor a barniz, serrín y aceite mineral. Llegaba desde las instalaciones de la empresa aeronáutica C.A.S.A., «Construcciones Aeronáuticas Sociedad Anónima», que bajo licencia construía los aviones Breguet XIX, fundamentales para la flota española. Cerca, en los caminos de carros, los uniformes militares se mezclaban con las chaquetas de pana de los labriegos.

Enseguida que le anunciaron mi llegada, salió a recibirme. Para mí, aquello sería una experiencia inolvidable. El capitán Cipriano Rodríguez se presenta, ataviado con uniforme impecable y las insignias de mando relucientes sobre el pecho. Luce un bigote poblado y canoso y, en su mejilla izquierda, se nota una tenue cicatriz. Me hace un saludo militar; su voz, al principio grave, se va relajando.

Un De Havilland DH.60 Moth estaba a lo lejos calentando motores. Más cerca, un grupo de personas entre las que pude distinguir a varios militares. Por las fotos que había visto en los periódicos, reconocí al general Alfredo Kindelán y a tu padre, D. Rafael Bernaldo de Quirós y Mier, junto a otras personas que debían de ser tus hermanos. El capitán me permitió acercarme y vi cómo empuñabas los mandos del aparato, como si no tuviesen más alternativa que obedecerte. Me quedé absorta al ver cómo realizabas los «ocho ochos» en el aire a una altura que no sabía precisar. Pero la avioneta se veía pequeña; pasaste la prueba de altura alcanzando una altitud de más de dos mil metros y permaneciendo allí durante treinta minutos. Y para terminar, realizaste un aterrizaje de precisión: tuviste que apagar el motor a no sé qué altura y planear hasta aterrizar dentro de un área marcada previamente.

Los aplausos igualaron al rugido de tu avioneta. Cuando descendiste, todos los que vestían uniforme se cuadraron y te saludaron militarmente. El capitán, admirado, me llevó hasta la cafetería de oficiales. Allí te reuniste con tu familia y, pasado un tiempo prudencial, entre copas de champán y aperitivos, nos acercamos a ti; Cipriano Rodríguez nos presentó y se alejó para darle novedades a su superior, dejándonos solas. Me encontré con una mujer nueva: decidida, apasionada y feliz.

Para que te fuera conociendo, me contaste algunos detalles de tu vida. No sabía que tus padres fueran los marqueses de Los Altares. Bueno, en realidad me decías que la marquesa era tu madre, doña María de la Consolación Bustillo y Mendoza, aunque dados los tiempos y las costumbres, y desde que ella había fallecido el sábado 15 de junio de 1912, tu padre ejercía de tal; ni que vivíais en su palacio situado en el número 48 del paseo de la Castellana. Pasaste a hablarme de tus hermanos: José María, María de la Consolación, Rafael, Luis y Carlos. No estaban todos. Volviste a sentir aquel vacío que había dejado en ti tu madre; solo tenías catorce años cuando murió. «Eca», aquel nombre con el que ella te llamaba, retumbó de nuevo en tu cabeza.

Al hablar de tu primer marido, Ramón Bernaldo de Quirós y Tineo, tu primo, con quien te casaste el 1 de septiembre de 1917 en la capilla del palacio de Los Altares (Llanes) y que había muerto en 1920, vi cómo corrían dos lágrimas por tus mejillas. A tu regreso a Madrid, os habíais instalado en un piso en el paseo de la Castellana. Tuvisteis dos hijos: María en 1918, que falleció en 1919, y Ramón, que nació y murió en 1920. Tu marido también falleció. Luego, cosa que no era habitual, te habías casado por segunda vez, me decías, con José Manuel Sánchez-Arjona y Velasco en 1922, pero al recordarlo no encontré tus lágrimas.

Seguíamos sentadas y charlando; frente a nosotras pasó un camarero con varias copas de licor. A mí se me iban los ojos detrás de aquellos manjares que servía como aperitivos. Uno de los oficiales de aviación rondaba alrededor de nosotras; no te quitaba el ojo de encima. Te diste cuenta. «Es mi instructor», me dijiste sonriendo, «el capitán José Rodríguez Díaz de Lecea». Al mirarle, tus ojos adquirían un brillo feliz que yo conocía. Nos presentaste con una familiaridad singular, cosa que tampoco era corriente; enseguida nos tuteamos.

—Sabes —siguió diciendo tras las presentaciones—, María, a la que solo algunos llamamos así, va de salto en salto. No hace aún dos meses que la reina Victoria Eugenia le impuso el brazalete de dama de la Cruz Roja. Este mismo año, en junio y en Londres, se compró su propio avión, su De Havilland Gipsy Moth; ella no te lo va a decir, pero le llama «Eolo», como el dios de los vientos de la Grecia clásica.

Sonríes. Tenía una voz delicada y usaba un lenguaje culto. Yo intentaba recoger en los pliegues de mi memoria todos esos datos que luego me servirían para escribir una crónica, o simplemente para dejar que los que viniesen después pudieran conocerte.

—Ahora —seguía diciendo el capitán José Rodríguez Díaz de Lecea en medio de tu silencio— surca los aires, pero también ha tenido turbulencias. De hecho, yo mismo tuve que enfrentarme al director del aeródromo para que la admitieran como alumna, porque decía que a una mujer le faltaba fuerza, valor e inteligencia, los tres elementos necesarios para pilotar un avión, y además tuve que soportar el plante de los alumnos que no admitían en sus clases a una mujer.

Y os oigo decir a los dos al unísono, como en un juego de complicidad: «Pues si no ha habido hasta ahora ninguna mujer, ella será la primera».

Algunos asistentes a la fiesta empiezan a marcharse. Nosotros tenemos aún las copas medio llenas. A continuación, el militar cambia el tono de voz; ahora habla bajito, despacio, como si no quisiera que las sombras perturbasen la alegría de la protagonista en ese momento.

—Empezaba marzo de 1919 y estabas velando a tu hija, la pequeña María, la que no dormía por las noches en tu domicilio de la calle de Fuencarral número 93. Yo estaba allí y fui testigo de la noticia: Ramón, tu marido, acababa de morir víctima de la misma fiebre española que tu hija. Luego, ya en Llanes, en el panteón familiar, colocaste el pequeño ataúd de tu hija sobre el de Ramón, su padre. Aquello no fue una turbulencia, fue un terremoto que te sepultó.

—Pero tú estabas allí —te oigo decir con un hilo de voz. No se me pasa desapercibido ese gesto tuyo, espontáneo, de gratitud al colocar tu mano sobre las suyas.

Y mientras salimos a la explanada detrás de tu familia, siento un interés especial y repentino por saber cómo llegaste a aficionarte a volar.

—El 6 de marzo de 1928 hubo un aterrizaje forzoso de una escuadrilla de tres aviones cerca de Ciudad Rodrigo a causa de la niebla. Este señor —me dices deslizando una mirada cómplice a tu amigo— todavía no estaba en mi vida, aunque las cosas entre el alcalde de Ciudad Rodrigo, José Manuel Sánchez-Arjona y Velasco, o sea mi segundo marido, y yo ya no iban bien. Pero él era un caballero y se volcó en el auxilio a los accidentados: los capitanes Antonio Rueda, Ignacio Jiménez Martín y Francisco Iglesias Brage. Yo acompañé en varias ocasiones al capitán Rueda a ver el estado de su aparato. Estaba destrozado, pero él me dijo que podía arreglarlo y que volvería a volar en pocos días. Yo le observaba con intensidad mientras pasaban las horas reparando el aparato. Volar. Yo también quería volar, como una golondrina. Aquello se convirtió en una obsesión y me fui a Madrid. Primero tenía que vencer las resistencias de la tierra y después llegarían las dificultades en el aire. Lo demás ya lo conoces.

Tu relato era todo pasión. Tenía delante a una persona decidida, arriesgada, apasionada y segura. Eras el centro de todas las miradas; algunos aplaudían a tu paso. Volví a las nubes antiguas de la memoria y me pregunté por tus aficiones infantiles que desarrollaste más tarde y, al verme tan ausente, con una mirada buscaste mis pensamientos y surgió tu respuesta. Como tú, aquel «Quijote del siglo XX» del que me hablabas era un intrépido aventurero. A él un noble Rocinante le permitía galopar y a ti tu «Golondrina» te ayudaba a surcar los aires. Era un ensayo, me decías, que habías escrito hacía dos años y que fue editado en Madrid por la editorial Tipografía Artística. Tenía —no lo recordabas bien, pero eran entre 150 y 155 páginas— a través de las que explorabas la filosofía y el idealismo en el contexto de la Primera Guerra Mundial. No solo volabas con las manos y los pies a los mandos de tu avión; también lo hacías con el pensamiento, y muy alto.

Varios coches nos esperaban para llevarnos a tu residencia en la calle de la Princesa número 21. Seguramente allí nos esperaban más sorpresas. Antes de subir, nos paramos ante un grupo de amigas que querían saludarte; destilaban elegancia. Yo solo conocía a la infanta Beatriz de Borbón y Battenberg, a Victoria Kent y a Zenobia Camprubí. Me dijiste que las otras eran María Rosa Urraca Pastor, las hijas de los marqueses de Viana (Faustina y María Teresa Saavedra y Zumelzu) y Concepción Zuluaga Cuadrado. Tendría que estudiar sus biografías; seguramente serían interesantísimas. Pero yo entonces me imaginé volando. El suelo era duro, los caminos laberintos que acaban siempre en el mismo mar. En el aire, donde no existen murallas, el viento te empuja siempre hacia el futuro: misterioso, apasionante.

Nos montamos en uno de los coches. El chófer saludó militarmente al capitán; luego abrió la portezuela trasera para permitirnos la entrada a ti y a mí y, una vez que Díaz de Lecea estuvo sentado, emprendimos la marcha hacia tu residencia. Se quedaron atrás carros de caballos, naves industriales, algunos de los primeros automóviles Ford, campos de cultivo de cereales, hortalizas y legumbres, hasta llegar a las obras de la calle de San Miguel que, al parecer, iba a ser absorbida por una nueva Gran Vía, más moderna.

José Rodríguez Díaz de Lecea seguro que ya sabría cuál era la sorpresa que me tenías preparada. El domicilio estaba acondicionado para el gran recibimiento. Todo estaba a tenor con el nivel de la protagonista y su hazaña, pero para mí todo quedó en un segundo plano cuando me dijiste que el «Eolo» era un biplaza en tándem, descubierto, y que querías que te acompañase en tu próximo viaje a Llanes; así podía tirar yo las flores. Solo de pensarlo ya empecé a marearme. Tal vez fuese una temeridad, pero en ese momento decidí aceptar la invitación. Recorrería aquellos quinientos kilómetros a bordo de un pájaro, como una golondrina.

Apenas me enteré de lo que habían preparado para tu recibimiento; tampoco tuve conciencia de cuándo se empezaron a encender las primeras luces. Sentí cómo me cogías del brazo, me levantabas de la silla y me acompañabas a la puerta. Vivía un momento de borrachera de la impresión y del miedo. Quizá habían pasado tres horas y en ellas había hecho con la imaginación más de veinte veces el viaje, por diferentes rutas, distintas vicisitudes, tragedias y desenlaces. Al verme en ese estado, decidiste acompañarme a casa.

La noche se me hizo tan corta que enseguida llegó la hora del despegue. Encargué un gran cargamento de flores; no pesaban. Las coloqué a mi lado. Me dijiste que me pusiera un traje especial; no cabía dentro. Me ofreciste un casco; me estaba justo. Quedaron abajo las casas, las nubes, las montañas y el miedo. No me dejaste empezar a lanzar las flores hasta que el «Eolo» no inició el segundo vuelo rasante sobre los tejados de tu pueblo, por encima de donde, en aquel momento, pasaba la solemne procesión de la Magdalena.

Aquel 22 de julio en Llanes era todo azul. Entre el olor a manzanas, el aroma de la sidra y el alegre sonido de las gaitas, había una gran rivalidad entre los tres bandos: el bando de la Magdalena, con sus mantos y túnicas de color azul; el bando de San Roque, ataviados con ropa verde; y el bando de la Guía, con sus vestiduras moradas; pero era una competencia festiva, alegre, fraternal. Primero se hizo un silencio expectante, luego las flores y los aplausos.

Yo quería huir de toda aquella algarabía que se concentraba en tu residencia, el palacio de Los Altares, sola y feliz después de la gesta, lejos de los mantones de Manila, sombreros de copa y el sonido de las orquestas de moda. Todo estaba adornado con guirnaldas y flores azules, color emblemático del bando de la Magdalena. Quería separarme de aquel lugar, de los bailes de sociedad y los brindis con champán; prefería el silencio y el fervor religioso de la villa. Era el mejor momento para celebrar el haberte conocido y despedirme de ti con ese calor que desprenden los asturianos.

Un abrazo de tu amiga Eliberia.

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