marzo de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / Yo no soy yo exactamente

Fotografía de Marina Sogo

Al principio uno se desdice sin empeño, pero con prontitud, motivado, adquiere destreza y se gusta en la impostura. Cree tercamente que hay que convenir un criterio y esgrimirlo con oficio y hondura. Con malicioso embeleso se afana el ingenio en recusar lo que no acepta y sostener esa objeción sin verdadera fe, únicamente por el disfrute de la contienda. Creer por probar, amar sin saber, tener sin saber qué se tiene, en ese plan. A veces conviene imponer una distancia, no acabar por sentir lo que se manifiesta y ejercer la discrepancia desapasionadamente, exento de las trabas del corazón, que incurre en debilidades y flaquea a poco que se le pone en una situación de riesgo. En la desavenencia se está bien, hay en su cuerpo combativo un heroico apresto de épica, un convencimiento sincero de que no importan los motivos de la liza, sino su desempeño fiable, la consecución de su propósito, pero el ocupado en estas cogitaciones de su intelecto ocioso acaba por cansarse, así que recula, se retracta, accede a desandar el fatigoso camino recorrido y decide refutar su discurso, inmolarse, verse en el otro, en quien aplicó sus impugnaciones. Luego, una vez experimentada la disidencia, el diletantismo, la madre que parió a la burra y los etcéteras de los próceres del bienestar y de la derecha del Padre, uno vuelve a casa, se deja caer en el sillón de orejas, el favorito, y se lee unos poemas que lo conmueven extraordinariamente. Cae más tarde en un sueño plácido. Lo mecen los estros, cae en la cuenta de que tiene a mano el numen secreto de la danza del cosmos, aunque no sepa verbalizarla, darle aplomo tangible, esa especie de cartesiana rotundidad con la que a veces deseamos que se nos agasaje cuando estamos desamparados, huérfanos, más etcétera.

He conocido gente (la he visto con frecuencia, la he tratado cercanamente incluso) que ha practicado esta reversibilidad de su juicio con absoluta brillantez. Ahora blanco, luego negro. El blanco y el negro con probado magisterio. Sabida esa veleidosa inclinación moral o estética o intelectual, se les escucha con deleite. Da igual qué digan. Nos conformamos con la música de las palabras, con el deleite de la sintaxis, con la flor por fin abierta y solícita. Se asemejan a esos actores que recitan un texto sin que se aprecie otra cosa que ese texto y el concurso preciso del vehículo que lo emite. Nos importa poco que sepamos la condición de ficción del asunto. Mienten, no se creen lo que dicen, pensamos. Pero nos hacen sentir que es verdad, que ellos creen y, por el arte de la elocuencia, nosotros también. Lo de menos es atribuirles una voluntad interior, una convicción íntima. Lo que propugnan es material por completo ajeno y es esa ausencia de propiedad el valladar más férreo del que se valen para enarbolar sus principios. Se le concede a Groucho Marx la autoría de la frase «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». El influjo de la cita es amplio. Su ironía ha sido desatendida y se ha leído con atroz literalidad. Lo de los principios (su rigor, su estancia) es en sí mismo un principio mudable.  Cabe aducir, en descargo de los que varían los suyos, que hay ocasiones en que podemos sentirnos urgidos a reconsiderar nuestras valoraciones y acoger con entusiasmo las contrarias, que de esa incuestionable vocación de permeabilidad y de retractación surgen las civilizaciones, que de los espíritus menos fanáticos emana la evolución del pensamiento y la consolidación de una convivencia armónica. Cabe hasta aplaudir que en alguien prospere el vivo reconocimiento de que ha errado y admite sin que duela la variación de su criterio.

Yo mismo he mudado de parecer con frecuencia. Me acomodo bien en las novedades. Extraigo de ellas las motivaciones para arrimar a mi ánimo lo que más lo conforte o consuele. Hay, no obstante, consideraciones irrenunciables, modos de pensar o de sentir, inasequibles al desaliento, de las que no importa que no coincidan con las mayoritarias o que incluso las contravengan y exhiban alguna singularidad. Son precisamente esas las que hacen que uno medre en sí mismo, haga converger en su persona los primores de la existencia, no se sabrá cuáles habrá y si harán más daño que beneficio. Como el habitante del maravilloso poema «De vita beata» de Jaime Gil de Biedma, confinado en su país inexistente (cito de cabeza), sin mucha hacienda y ninguna memoria, viviendo entre las ruinas de su inteligencia. De esa ruina hermosa del poeta, en algún pueblo junto al mar, como la desgraciada Annabel Lee del atormentado Poe, como un amigo al que hace un siglo que no veo y del que tengo el vivísimo recuerdo de que disfrutaba en la tragedia y, oh paradoja, oh gran misterio, se sentía entristecido cuando todo soplaba a su favor y los hados (ellos quiénes serán) lo miraban con arrobo. Así que, déjenme decirles, yo no soy yo exactamente, ningún yo me representa, no habrá alguno al que dispense un afecto especial. Me gustaría manejar unos cuantos. Ser aquí uno entre muchos, ninguno quizá más tarde, ser todos si me place.

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Archivo Entreletras

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