abril de 2026

El «Papel Higiénico» de la Escritura

Viñeta del autor

A Emilio Calvo de Mora con mi admiración

La expresión “papel higiénico” evocada en el contexto de la escritura —con su resonancia cotidiana y su directa alusión a lo fisiológico— nos invita a una incómoda pero reveladora reflexión sobre la naturaleza más primigenia y catártica del acto de escribir. Si bien la primera imagen que asalta la mente es la de un desecho, lo efímero y lo descartable, la polisemia irónica de este sintagma nominal abre una puerta —la del excusado— a una comprensión profunda: tanto en lo corporal como en lo literario, la deposición es, a menudo, una necesidad, un alivio y, en su esencia más pura, una forma de catarsis: una necesidad íntima de necesaria prolilaxis personal.

Pensemos en la similitud funcional. El papel higiénico es el objeto humilde que nos asiste en el momento culminante de una liberación natural, limpiando los residuos de lo que nuestro organismo ya no necesita. Cierto que este artículo cosmético merecería por sí mismo un capítulo aparte —el papel húmedo y las toallitas son más agradables de usar que el de doble capa y no digamos ya que aquel papel de El elefante (una auténtica tortura para las almorranas externas)— pero centremos nuestra atención tan solo en el valor metafórico de esta celulosa ejemplar.

Cuántas veces las palabras surgen como una urgencia, como una presión interna que demanda ser expulsada al universo mundo. El escritor, ante su cuaderno o la pantalla en blanco, se enfrenta a una especie de “retortijón” creativo, una acumulación flatulenta de ideas, emociones y experiencias que, de no ser liberadas, se tornan tóxicas. Escribir se convierte entonces en ese “papel” que nos permite evacuar, procesar y, finalmente, limpiar el terreno mental y emocional. Ya Nietzsche veía la moral kantiana como el resultado de una dispepsia a causa del inveterado sedentarismo del “chino” de Königsberg, al que le acometían sin piedad una sarta inclemente de obscenas ventosidades.

Esta liberación no es meramente una acción mecánica; es profundamente terapéutica. La catarsis, ese concepto aristotélico de purificación y liberación de las emociones, encuentra en la escritura una de sus expresiones más potentes. Poner en palabras el dolor, la alegría, la rabia o el miedo es una forma de objetivarlos, de sacarlos de la confinidad del fuero interno y darles una forma tangible. Es un vaciamiento que, paradójicamente, nos llena de ligereza y claridad. Al igual que el cuerpo se siente aliviado tras una buena deposición, la mente y el espíritu experimentan una calma renovada después de haber “defecado” literariamente aquello que los oprimía. Cierto que muchos autores caen en la grafofilia (trastorno consignado en el DSM-5) y convierten sus obras —de ahí el verbo “obrar”— en auténticos ejercicios de diarrea o peor aún, de esteatorrea: sus textos no tienen consistencia, son livianos, sin estructura, y tiene un tufo embriagador que propende al hedor de la verborrea literaria más perniciosa, ya sea esta atroz o banal. De ahí que el acto de escribir con el esfínter requiera en tales ocasiones del auxilio de un proctólogo para evitar que semejantes heces acaben entrando en los “anales” de la historia. No deja de ser curioso que el mismo término —la escatología—referida al estudio, descripción o representación de los impúdicos desperdicios coincida etimológicamente con la palabra que se dedica a las postrimerías.

Pero la reflexión no se detiene en la catarsis personal del escritor. Si profundizamos en una interpretación freudiana, podemos explorar la fascinante conexión entre los excrementos y el dinero, el oro, lo valioso. Don Segismundo nos sugirió que en el inconsciente, especialmente en la fase anal del desarrollo, existe una identificación simbólica de la materia fecal con objetos de valor, una suerte de “oro” primario. Si al bebé le jalean esta acción con alharacas sus progenitores en el ejercicio de una mal entendida paternidad responsable, no hacen menos los dueños civilizados de los canes urbanos —que así cronifican sus impulsos de la citada fase anal— cuando marcan su territorio en todas las esquinas de la calle.

Dado que el acto de escribir es una deposición, una excreción, convendremos, pues, que lo que se produce, el texto, adquiere una resonancia particular. ¿Acaso el libro, el manuscrito, no se convierte en una especie de “excremento dorado” del escritor, un producto de su ser que espera ser valorado y, en ocasiones, monetizado? (No es extraño que el lector tradicional aborrezca el libro electrónico y que para ello apele al “olor” del papel en su apología de un formato que pone en riesgo peligrosamente las selvas del Amazonas). En este sentido, algunos escritores otorgan tristemente a su producción esta función mercantilista y amenazan con llenar el “planeta literario” con estériles exponentes de excrementos chabacanos y televisivos. La cagada sin pudor, en suma: el best-seller indecente, que puebla de detritos las casas vacías de nuestra sufrida península.

Viñeta del autor

Esta analogía nos lleva directamente a la coprofilia del lector. No en su sentido patológico literal, sino como una metáfora provocadora. El consumidor de libros (llamémoslo por su nombre de una vez, por favor), al igual que el “coprofílico” en el sentido simbólico psicoanalítico, se siente atraído por el producto de la excreción del otro, por ese “oro” literario que el escritor ha depositado en forma de zurraspa auroral en el papel. El despiadado devoraletras busca en esas páginas no solo entre-tenerse, sino también sumergirse en las profundidades ajenas, revolverse en las ideas, las emociones y las vivencias que el caganer ha purgado. Hay una fascinación inherente por el “desecho” ajeno, por el subproducto íntimo del pensamiento y la experiencia que ha sido transformado en literatura. Bien supo esto el artista conceptual Piero Manzoni, cuando expuso sus noventa latas de metal conteniendo 30 gramos de “Merda d’artista”, cada una (todas ellas numeradas y firmadas). Las latas de sopa Campbell de Warhol no  llegarían tan lejos en su denuncia paródica al aberrante mercadeo de la chef d’oeuvre institucionalizada: Manzoni creó un artefacto que hibridaba a Warhol (avant la lettre) y a Duchamp, regalándonos un misterioso bibelot convertido ya en tótem de la posmodernidad.

La atracción por el coprolito literario o artístico viaja a lomos de la fascinación por lo crudo, lo auténtico, lo que emana directamente de la entraña del ser: “voy a hacer de cuerpo”, en una expresión en desuso muy gráfica. Cuanto más visceral y descarnada es la escritura, a menudo más atrae, porque en esa vulnerabilidad y en esa “mugre” emocional que el autor se atreve a liberar, el lector encuentra un espejo de su propia humanidad. Recordemos el realismo sucio de Bukowski con su cutre colitis ulcerosa. Nos deleitamos en esos “excrementos” literarios porque en ellos reconocemos una verdad universal, una liberación compartida, un reflejo de nuestras propias necesidades de catarsis. Seguramente aquí viene como anillo al dedo la cita de la célebre máxima de las moscas —millones— y su insobornable certeza en su elección gastronómica o depredadora.

Así, el “papel higiénico” de la escritura, lejos de ser un mero objeto de desecho, se revela como un vehículo esencial para la purificación, un confidente silencioso de nuestras urgencias más íntimas y un puente entre la deposición personal y la fascinación compartida. Es un recordatorio de que, a veces, las obras más valiosas nacen de la más profunda y necesaria expulsión de nuestro ser. Como el loto, en el budismo —que nace del fango y de las aguas turbias—, la escritura transciende sus ominosos orígenes para transformarse en algo majestuoso y espiritualmente elevado.

¡Niño, caca!

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