
Hace bastante, con ocasión del 23F, escuché, creo que a un periodista, decir en broma que cuando vio a Tejero entrar en el Congreso de los Diputados pistola en ristre, sólo se le ocurrió pensar «¡Coño, que vuelven los cantautores!».
Se me quedó colgada la frase. no sé si aquel se preocupaba por la posibilidad de una involución que trajese de nuevo los cantos de libertad de los llamados cantautores, o si era tan sólo esa vuelta lo que le preocupaba y no la amenaza que la motivaría.
Para mí estuvo claro, era el tipo de la pistola el que me desasosegaba; los cantautores no, esos siempre me gustaron, movieron mi conciencia, alentaron mi esfuerzo y ayudaron a cambiar las cosas; porque no hay cambio a mejor si no va acompañado de la poesía y la música. Lo siento por los que sólo tararean los acordes pop del conformismo, entienden por poesía la copla cutre que esconden en el monedero o se arrebatan con las perogrulladas del reggaetón.
Cerca de 45 años desde aquella balandronada golpista, miro a mi alrededor y, afortunadamente, no escucho rumor de sables sino otro rumor clamoroso, el de millones de españoles a los que el presente, y aún más el futuro, les suena como tablillas de san Lázaro, de puro pedigüeño, sin más opciones que limosnear, emigrar adonde haya trabajo o irse de atracadores al monte.
Si me apuran, salgo de nuestra piel de toro y veo la necesidad de que se poetice y se cante contra la vesania de Netanyahu, Trump, Putin, Miley, Orban, Daniel Ortega, Maduro, Kim Jong-un, Paul Kagame y otro montón de poderosos y dictadores, por más que hayan salido de las urnas, que operan en la cincuentena larga de países sometidos a todo tipo de opresiones, gobiernos autoritarios, falsas democracias y guerras declaradas o solapadas.
No me causa horror que vuelvan los cantautores sino que quiero que vuelvan porque son necesarios. Porque si ellos no levantan los ánimos, a este triste y adocenado país y al resto del planeta le va a costar mucho más salir del agujero al que nos arrastran los miserables propios y los ajenos.
Y no es que sean los chicos, o no tan chicos, de la guitarra los que nos vayan a sacar del atolladero. Somos todos nosotros los que debemos realizar el esfuerzo, pero ellos sirven para dar aliento, para alzar los ánimos, para acompañar la marcha.
Y me dan igual muertos que vivos, españoles que extranjeros, jóvenes que canosos; me da igual que se llamen Labordeta, Serrat, Krahe, Yupanqui, Raimon, Imanol Larzábal, Luis Pastor, Adolfo Celdrán o Paco Ibáñez. Es lo mismo que suenen anarquistas, comunistas, socialistas… (el conservadurismo da para poco cantautor aunque alguno siempre cae); no importa que varios se hayan echado a perder, otros se vendieran al sistema y los más sobrevivan como puedan: Lo cierto es que los necesitamos. Hace falta un Víctor Jara que lo tenga claro, un Patxi Andión que atruene con su voz, una María del Mar Bonet que nos lo diga en catalán, una Bullonera en aragonés, un Gerena o un Benito Moreno en andaluz, un Víctor Manuel en asturiano o un Larralde en argentino.
Nos hacen falta porque, en los tiempos oscuros que nos toca vivir, la poesía y la música no traerán por sí solas el día, pero si nos ayudan a caminar hacia la madrugada.












