Todos los hombres son iguales. La diferencia entre ellos
no está en su nacimiento, sino en su virtud.
Voltaire, Mahomet (1741)
El “tecnobro” Peter Thiel está estos días en boca de todos, como si fuera un vaper entre adolescentes, por el manifiesto que él mismo —licenciado en Derecho y en Filosofía— ha redactado o que ha concebido junto a sus asesores. En tal manifiesto, el CEO propone que su emporio sorpase tanto al propio Neoliberalismo, ya que duda de que el mercado sea capaz de absorberlo todo y sabe además de la necesidad del Estado, como a Silicon Valley, por entender que las grandes plataformas están más al negocio y a la competencia que a la cruzada política global. Es una apuesta sin duda muy osada, porque disocia ideológicas que creíamos próximas (el Estado es ahora entendido como corporación, pero no como nación; se potencia la libertad económica, pero a costa de minimizar la libertad política), al tiempo que mezcla posturas ideológicas que creíamos antitéticas (se predica el trashumanismo, al tiempo que Thiel se declara católico, sin reparar en que la serpiente tentó a la pareja primigenia con aquel «y seréis como dioses…»). Como digo, Thiel es él mismo filósofo, y financia a grandes voceros de la Ilustración Oscura o Neorreaccionarismo como Curtis Yarvin, un señor que también escribe bajo un pseudónimo de resonancias lovecraftianas que nunca consigo recordar. El asunto, el verdadero asunto que subyace a esta extraña —la palabra es weird, bizarro— iniciativa es que la elite de los tecnobros ha decidido emplear las innovaciones tecnológicas, especialmente la(s) IA(s), claro, para asociarse militarmente al Estado y presuntamente encabezar la defensa de «los valores occidentales», valiéndose sin embargo, como dice mi amigo Alejandro Escudero, de las peores excrecencias de la tradición occidental, ese totum revolutum (ton-t-o revolutum es Trump, y la grotesca condición de posibilidad de todo esto) que denominan en oxímoron «Ilustración Oscura».
Pero se equivocan de medio a medio. Yo no sé qué habrán estudiado en sus correspondientes universidades de pago, pero los valores occidentales vehiculados por la filosofía consisten en exactamente lo contrario a lo que ellos defienden. Consisten, en cambio, y del modo más claro posible desde Sócrates hasta Habermas, en pensar la prioridad de la fuerza de la razón sobre la razón de la fuerza. Si alguien ha leído algo distinto en algunos sofistas, en el libertinismo barroco, en Hobbes, en Sade, en Dostoievski, Nietzsche o Jünger, que sepa que es una minoría que lo que más demuestra es precisamente que la libertad de expresión y el debate público que el Neorreaccionarismo quieren abolir han sido tan abiertos y tolerantes en nuestra cultura que incluso han dado cobijo a los disidentes más abyectos. De manera que tanto Thiel, como Trump, a quien también financió en su momento, a lo que parecen aspirar es a traicionar las esencias de Occidente1, con el fin de acercarse al modo de gobierno ruso o chino, en los cuales la división de poderes ha quedado abolida y prácticamente reina una monarquía de partido único2. Otra contradicción performativa —gracias, Habermas—, la más llamativa de todas, es la de que se persigue un comunismo que no existe en nuestra propia casa mientras que se reorganiza el comercio y el Estado para parecernos lo más posible al capitalismo de Estado chino. Kissinger, que murió hace poco, debe estar removiéndose en su tumba —o no tanto— puesto que hizo posible el pacto con Mao…
En resumidas cuentas, lo que este manifiesto anuncia es que pronto estaremos en manos de tipos —”nubelistas” los llama Yanis Varoufakis3, justificadamente— que creen que van a ser inmortales, a los que pronto se les va a ocurrir abolir la infancia (la edición genética podría ahorrarnos ese paso, habida cuenta de que esa etapa de la vida es inversión sin retorno alguno, y no se me ocurre a mí horror mayor), que se van a hacer más archirricos aún gracias al Ministerio de Guerra de Trump (con lo cual por fuerza tendrá que haber más guerras, «conflictos» quiero decir), de un apetito fáustico que no puede más que terminar en tragedia, y que defienden el servo arbitrio a la manera de Lutero o Yuval Harari. Es, a mi juicio, la batalla filosófica definitiva, y, por suerte y por desgracia -las dos cosas- vamos a asistir a ella y si es posible participar en ella. La filosofía no sólo no está obsoleta, sino que acaban de ponerla en el centro de la cuestión sobre el futuro global. Los hijos de puta —lamento el machismo de la expresión, pero es la más enérgica que tenemos en castellano— ya han hecho oír su voz, ahora le toca a la Ilustración genuina o “radiante”, que ha aprendido mucho de su propia praxis histórica los últimos dos siglos y medio. Porque yo me temo que el Manifiesto Palantir, una vez ensayado, no puede producir más que su propia reductio ad absurdum, como Trump en el estrecho de Ormuz…
NOTAS.-
1 Entre esas esencias, por cierto, no se cuenta en absoluto el relativismo, eso que Thiel denomina “pluralismo vacío”; en defensa de un pluralismo lleno que no renuncie a la universalidad el reciente Hilos de un laberinto, Quintín Racionero, Kiros ediciones.
2 Por cierto que J. J. Rousseau, en su habitual confusión, también encontró factible que la voluntad general fuese encarnada por un monarca.
3 Excelentemente sintetizado en https://youtu.be/Q68t3bGxf1E?si=OzylV9NgGQo1tpC4
¿Qué es el tecnofeudalismo? Este video de Claudio Álvarez Terán te lo explica muy bien en YouTube












