mayo de 2026

‘Inútil émulo’, de José de María Romero Barea

Inútil émulo
José de María Romero Barea
Ediciones Alfar, 2025
Número de páginas: 125

INÚTIL ÉMULO DE JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA. PARODIA DEL MUNDO Y DESMITIFICACIÓN DE LA LITERATURA

En un principio, o en el primer plano, se presenta como un libro de relatos con una narrativa fragmentada, como si fuesen viñetas, donde el hilo de la trama se ve envuelto en una amalgama o lluvia de imágenes y escenas: “Estructuras independientes abiertas a través de las galerías del texto”. Urdimbre de imágenes, collages, piezas de encaje. El desarrollo de la historia se interrumpe por las propias disquisiciones del escritor, preocupaciones como sus dudas sobre el lenguaje, los vocablos que usar, la expresión o el estilo y los aspectos formales. Nos descubre los entresijos de la escritura, detallando la elaboración de la obra dentro de la propia obra. Saca a la luz las inquietudes en torno al quehacer literario para poner en evidencia la insuficiencia del lenguaje y la mentira del idioma. De este modo crea un doble plano de sentido.

Y en este primer plano encontramos relatos de asesinatos y detectives, vampiros, ciencia ficción y extraterrestres, romance; también personajes maltratados y marginados, conflictos familiares, fantasmas y lo sobrenatural, la violencia, de crítica social —propia de una película de David Lean—, intrigas políticas. Sin embargo, no es el argumento lo que le interesa a nuestro autor, este parece una excusa para homenajear a la literatura, a pesar de sus vicisitudes y, a su vez, una parodia del escritor y del mundo en el que vivimos, en tono cómico.

Como hemos comentado, se cuestiona las convenciones literarias, empezando por el propio lenguaje. ¿Un intento de liberar al lenguaje de su sentido habitual? ¿Sirve la palabra para entender? Y, más importante aún, ¿es útil la literatura para representar la realidad o la verdad? Qué realidad, se pregunta el autor, si la vida es sueño y leyenda. ¿Y dónde la verdad? No obstante, no cae en la negación absoluta cuando manifiesta: “Que tu revelación inspire a otros a comprenderse a sí mismos”. Buscamos respuestas también en los libros, pero cómo explicar las preguntas, las vivencias, el dolor o la pérdida. “En los diccionarios hay que buscar sentir, hablar, imaginar”. Afirma lo inevitable de escribir, de fabular desde diferentes perspectivas; aunque “crear es replicar, decir es repetirse”. Relatar para dar ejemplo, para ilustrar. Y no importa si lo relatado es verdadero o ficción, por supuesto. Aquí reside el homenaje, pero también la desmitificación de la literatura.

Las teorías estructuralistas consideraban que el conocimiento no procedía de la experiencia del escritor, sino de las operaciones y oposiciones que regulan el lenguaje, del uso del idioma y rechazaban la idea de que el lenguaje pudiera reflejar una realidad preexistente. ¿Qué puede representarse con el lenguaje?, se interroga el escritor. Todos los que escribimos sentimos la camisa de fuerza de la lengua y buscamos aproximarnos, arrimarnos lo más cerca posible, con la frustración y sensación de fracaso entre las manos. Eso sí, somos perseverantes.

Encontraremos en estos textos un crisol de materiales diversos y motivos variados: el retrato de una ciudad o sociedad en decadencia, con escasos lectores, identificándose al escritor con Don Quijote y al lector con su escudero; el exhibicionismo en las redes; una realidad política decepcionante con políticos mentirosos y manipuladores, gobiernos opresivos, invasiones y guerras, engaño mediático, despotismo y falta de humanidad, redes que se usan para el descrédito. El panorama nacional e internacional marcado por bombas, armas y destrucción, y ciudadanos que asumen discursos falsos. “No existe la realidad, aseguran, solo narrativas rivales, que sirven a un propósito superior”. El deseo cobra protagonismo en algunos relatos, al igual que el feminismo o el conflicto de identidad: “No estamos, no somos o somos multiplicidad”.

No tenemos nada que decir y el lenguaje nos aleja de la verdad. El tema del libro —afirma en su último capítulo, Te cuento (pero qué)— es el lenguaje, la propia escritura. No hay realidad, el lenguaje es insuficiente porque “las palabras no saben, son inadecuadas”. Asume la imposibilidad de la representación, su carácter engañoso. “No va de nada, sino de la forma en que está escrito”.

No solo aborda el problema de la representación y el lenguaje, también reflexiona sobre la lectura: “Decimos leer, pero queremos decir crear”, tal como la entiende la teoría de la recepción y Wolfgang Iser, para quienes el significado de un texto se construye en el momento de la lectura, dependiendo de la experiencia y contexto del lector. Siguiendo este criterio, el narrador convierte al lector en parte del libro, un cocreador que descifra los significados.

Dado que José de María es también traductor, define al traductor como quien no se limita a traducir literalmente, sino que, procurando conservar el espíritu del original, crea un texto nuevo.

Inútil émulo busca sorprender, liberarse de convenciones, salirse de lo estipulado y previsible, explorar combinaciones; escribir desde otro lugar o desde múltiples lugares. Procura una experiencia multisensorial, una escritura que mantiene abierta las posibilidades de interpretación. “Múltiples capas, variadas interpretaciones, estructura multifractal”.

Michel Foucault, en obras como Las palabras y las cosas o La arqueología del saber, considera la literatura como un lugar donde se rompen las reglas habituales del lenguaje, un espacio de experimentación con el pensamiento y una forma de mostrar los límites de lo que puede decirse. En su análisis de Don Quijote de la Mancha, resaltó la desconexión entre las palabras y las cosas (o realidad) en nuestro héroe. Tal vez José de María comparta esta idea y esté creando un lenguaje propio y singular, al igual que el poeta sueco Tomas Tranströmer cuando decía:Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, / pero no lenguaje…”.

Esta lectura, que me evoca al filósofo Foucault, incita a plantearme si realmente necesitamos un discurso para explicarnos o comprendernos —el pensamiento occidental afirma que el ser humano se construye a través del lenguaje, al contrario que las Filosofías Orientales—, o si acaso disciplinas como la música, la danza o la pintura logren expresarnos mejor y nos comuniquen más. ¿Qué opinan ustedes, queridos lectores?

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