Sei Shonagon hace listas de cosas que le gustan o le disgustan. Habla de cuando está sola en el bosque, se oyen algunos pájaros de otoño, y siente una tristeza deliciosa. Qué expresión tan contradictoria, supongo que la prohibirían los tratadistas.
Expone sin tapujos sus frustraciones, sus recuerdos. Mira el mundo sin sujeciones: “En el tercer día del tercer mes me gusta ver el sol brillando con calma en el firmamento de primavera.
Los sauces están más encantadores en esta estación, con las papilas todavía encerradas como gusanos de seda en sus capullos. Cuando las hojas se han esparcido yo ya no las encuentro atractivas, realmente todos los árboles pierden su encanto cuando las flores han empezado a dispersarse”. Yo vi los sauces de Kioto en verano y todavía conservaban su gracia.
No habla de las luchas imperiales ni de los grandes heroísmos. No habla de los grandes valores convencionales. Pero ¿qué sería de nosotros si alguien como ella sobre la almohada no nos hablara de la gracia de los instantes, de las ocurrencias contradictorias?
¿Qué sería de la vida si alguien como ella no trazara las pulsiones secretas, las vivencias escondidas y fugaces?
Tiene toques secretos de rebeldía: “Cuando me pongo a imaginar cómo es ser una de esas mujeres que viven en su casa, sirviendo confiadas a sus maridos, mujeres que no tienen ni la más simple perspectiva en la vida sino creer que son perfectamente felices, yo siento desdén.
Con frecuencia ellas han tenido buen nacimiento, pero no han tenido oportunidad de encontrar lo que hay en el mundo. Me gustaría que pudieran vivir para eso, aunque sea dentro de nuestra sociedad, aun si eso significa que tienen que ser sirvientes, pero que puedan conocer las delicias que la vida tiene que ofrecer”.
Hace listas de cosas que la ponen triste: un perro que aúlla durante el día, una carta que llega de provincias, pero no viene con un regalo.
Alguien que expone penas. pero quiere ponerlas lo más atractivas que puede, alguien que te visita y que te dice continuamente: te he visitado. Alguien como ella puede decir en enumeración caótica lo que la entristece, no sigue construcciones obligadas.
Y entonces sus papeles puestos sobre la almohada palpitan delante de nosotros. Tenemos, con trazos delicados, el latido imprevisible e inagotable de la vida.
Destila perlas, destilaciones libres de la intimidad. No hay pedruscos tallados para las grandes solemnidades. Lo mismo que cuando “cummings” escribía todas las cosas con minúsculas. Lo mismo que cuando Proust hablaba de la resurrección por las magdalenas o Katherine Mansfield de la despedida sutil del Bosque de Bolonia.
Escribe manifestaciones graciosas. Graciosas porque en esos fragmentos hay un fulgor leve que nos regala la gracia. Lo aparentemente ligero generalmente es lo más profundo y queda para siempre. Y tiene un resplandor que nos rescata.
Meditamos ese toque, ese apunte de una mujer libre sobre la almohada. ¿Qué coñazo de funcionario va a buscarla cuando ya está acostada, cuando está a punto de dormirse y le va a dar instrucciones?
¿Cuándo se ha quitado la máscara, cuando está sola consigo misma e incluso puede masturbarse sin que la miren?
Nadie lee el poema épico en latín “África” de Petrarca sobre las hazañas de Escipión, que era lo que Petrarca consideraba serio e importante. Pero leemos sus canciones a Laura en lengua vulgar, que eran pasatiempos sin importancia.
Incluso la “Historia de Genji” resulta un poco pesada, es demasiado larga, aunque tiene trozos deliciosos. Pero nos encanta el “Libro de la almohada” de Sei Shonagon con sus apuntes flotantes.
Una vez yo iba por el camino de los filósofos en dirección al monasterio Rioanji en Kioto y disfrutaba susurros de riachuelos y fragmentos de sombras.
Como Sei Shonagon, yo rechacé hace mucho las grandes epopeyas y los mosaicos de Historia. En pintura me gustan mucho más los platos solitarios de Chardin a La conjura de los Horacios de David.
Me gustaba mucho más ir junto a los riachuelos, debajo de los sauces, que visitar los palacios imperiales pomposos de Kioto.
También me gusta más leer el “Libro de la almohada” de Sei Shonagon que las soflamas estrepitosas de Yukio Mishima.












