mayo de 2026

Los salones literarios y el papel de las mujeres en el pensamiento moral del siglo xvii. El caso de Madelaine de Souvré

En el surgimiento del moralismo francés, entendiendo este como una corriente de pensamiento especialmente sensible al estudio de la naturaleza humana, las pasiones y el comportamiento social, los salones literarios desempeñaron un importante papel que se extendió a la generalidad de la vida intelectual del siglo xvii.

Según el estudio de Alain Viala[1] sobre el nacimiento del escritor profesional en Francia, las estrategias de éxito para los hombres incluían la pertenencia a academias o redes de patrocinio. Así, como nos recuerda José Luis Trullo[2], La Bruyère, Chamfort y Malesherbes fueron miembros de la Academia Francesa; y Joubert fungió como inspector general de Universidades y caballero de la Legión de Honor. Sin embargo, tales espacios institucionales estaban cerrados a las mujeres. De hecho, si la Academia francesa fue creada en 1635, hasta 1980 no abrió sus puertas al mal llamado «sexo débil» en la figura de Marguerite Yourcenar; y actualmente, entre sus cuarenta miembros, solo seis son femeninos.

Por eso no es extraño que en las distintas compilaciones sobre escritores moralistas las mujeres apenas tengan cabida. Por ejemplo, el investigador holandés Louis Van Delft[3] reúne más de quinientos autores dedicados a este género, entre los cuales solo aparecen tres mujeres. Sin embargo, el libro Women moralist in early modern France, de Julie Candler Hayes[4], nos habla de una red de conocimiento y colaboración eminentemente femenina que intervino en los debates y creó las condiciones para que las ideas circularan y crecieran.

Las mujeres, pues, tuvieron que desarrollar estrategias propias para intervenir en la vida intelectual, y encontraron en los salones un lugar fundamental para intentar burlar un canon literario que, como en otros muchos momentos, era claramente masculino y tendía a invisibilizar sus contribuciones en el campo del arte.

Por otra parte, no es preciso recordar que en aquella época la división entre filosofía y literatura todavía era incipiente. De hecho, muchas obras de pensamiento moral alcanzaron un gran éxito entre los lectores, lo que demuestra que la reflexión filosófica también formaba parte de la cultura literaria y social. Es el caso de los Ensayos de Michel de Montaigne[5], escritos un siglo antes, cuyo método reflexivo, que invitaba a los lectores a abandonar ideas preconcebidas y a seguir al autor en sus exploraciones sobre la experiencia humana, tuvo una gran influencia.

También el momento histórico invitaba a ciertos cambios en el pensamiento, pues, tras el final de las Guerras de Religión en Francia, las cuestiones morales comenzaron a sentirse como una obligación individual, y no exclusivamente una tarea de la Iglesia, lo que repercutió en el impulso de la escritura moralista. El hecho de que esas reflexiones filosóficas y morales se desarrollaran ahora en máximas y aforismos, en sustitución de los grandes tratados ensayísticos, favorecía también que pudiera escribirlos gente con menor formación, aunque todas esas mujeres que frecuentaban los salones tenían una educación más que aceptable al pertenecer a la nobleza o a la alta burguesía, por lo que contaban con ciertas libertades y gozaban de tiempo libre para el cultivo de su espíritu. Su posición les permitía salirse de las normas impuestas por la sociedad a su sexo y regentar estas instituciones alternativas que fomentaron modos de escritura colaborativos y permitieron el intercambio de ideas entre filósofos y pensadores, por lo que se convirtieron en espacios clave para el desarrollo del pensamiento moral del siglo xvii y fueron igualmente importantes para el éxito de muchos escritores. Además de ello, también sirvieron para ampliar las ambiciones literarias de las mujeres, que comenzaron a participar no solo en la literatura, en la que prácticamente quedaban relegadas al mundo de la novela, para tener ahora también un papel en la reflexión filosófica y moral.

En cuanto al funcionamiento de los salones, la anfitriona escogía a sus invitados con cuidado: cuanto más destacados eran, más prestigio alcanzaba el salón, y, en consecuencia, su anfitriona. Para poder ser invitado a estas sesiones había, pues, que tener sobrada reputación intelectual o literaria, pertenecer a ciertos círculos sociales o ser presentado por alguien ya aceptado en el salón.

En aquel ambiente selecto se leían poemas o textos en voz alta; se conversaba sobre literatura, filosofía, política, arte y sociedad, temas relacionados con la moral, la religión, la psicología, las pasiones y el comportamiento humano; se comentaban nuevas obras o manuscritos; se realizaban juegos literarios, improvisaciones y discusiones sobre el buen uso del idioma; y se compartían y se pulían reflexiones y observaciones sobre la naturaleza humana como un juego intelectual que a menudo adoptaba la forma de máximas. De esta manera los salones ayudaron a difundir ideas antes de que se publicaran en libros, crearon redes entre escritores y mecenas y moldearon el francés elegante y refinado que luego defendería la Academia, pues es indiscutible su papel en definir las normas de conversación, el gusto literario y el estilo en la Francia del siglo xvii. Por todo esto muchos historiadores consideran que los salones fueron uno de los orígenes de la vida intelectual moderna en Europa y que las conversaciones en estos círculos contribuyeron a dar forma al estilo de las máximas moralistas.

Un buen ejemplo de esas anfitrionas de salones parisinos es Madelaine de Souvré, marquesa de Sablé, capaz de convocar y reunir a importantes pensadores como François de La Rochefoucauld y Blaise Pascal.

Nacida en 1599 dentro de una familia noble francesa, recibió una educación relativamente sólida para una mujer de su época. Se casó con Philippe-Emmanuel de Laval, marqués de Sablé, de quien tomó el título por el que hoy se la conoce; y, tras enviudar relativamente joven, se instaló en París, donde comenzó a participar activamente en la vida social e intelectual de los círculos literarios y de la corte. La vida en la corte fomentó una observación constante de las reacciones y comportamientos de los demás, lo que favoreció el desarrollo de un interés por el análisis psicológico y el conocimiento del yo, así como del mundo de las apariencias propio de esos ambientes.

Con el tiempo, con su establecimiento en Place Royale, en pleno centro de la ciudad, la marquesa de Sablé se convirtió en una de las salonnières más influyentes del siglo xvii. Allí ejercía un papel tanto intelectual como social, pues no solo escribía, sino que creaba el ambiente donde surgían nuevas ideas.

Es interesante saber que madame de Sablé estuvo vinculada al entorno religioso del jansenismo, un movimiento espiritual dentro del catolicismo francés del siglo xvii caracterizado por un fuerte énfasis en la introspección moral, la reflexión sobre el pecado y la gracia y una visión rigurosa de la naturaleza humana. Muchos de sus amigos estaban relacionados con la comunidad de Port-Royal, importante centro intelectual y religioso del jansenismo. Esta influencia se percibe en el tono reflexivo y moral de sus escritos, aunque no tanto en esa «visión rigurosa de la naturaleza humana», pues la marquesa de Sablé muestra una especial sensibilidad hacia la fragilidad y tiende a evitar conflictos, suavizar defectos y mantener la armonía. Al fin y al cabo, esto formaba parte de una ética de la convivencia, clave en el mundo de los salones.

He aquí un ejemplo de cómo la marquesa de Sablé se muestra benévola y conciliadora y observa al ser humano con indulgencia, concediéndole la posibilidad de actuar bien:

«Hay que acostumbrarse a las tonterías ajenas, y no ofenderse por las necedades que se dicen en nuestra presencia».

«Estar demasiado descontento de sí mismo es una debilidad. Estar demasiado contento, una necedad».

En este segundo caso se observa su confianza en la virtud entendida no como perfección moral, sino como equilibrio alcanzable.

Porque sus máximas no condenan al ser humano, sino los excesos. No habla de «vicios» graves, sino de «debilidad y necedad», categorías más comprensivas, casi pedagógicas. Trata de entender, y a veces suavizar, los defectos humanos, frente a otros escritores de su círculo, como La Rochefoucauld, claramente escéptico y desengañado.

Podríamos decir que su esencia femenina hace que sus máximas tengan un sello peculiar. No es que las mujeres moralistas escriban sobre temas distintos a los hombres. Tratan casi los mismos asuntos, pero desde ángulos y orientaciones distintas. Coinciden en reflexionar sobre el autoconocimiento y el conocimiento de los demás (la máxima délfica es un leitmotiv en la Francia del siglo xvii, influida también por los escritores místicos y la espiritualidad postridentina), la amistad, tema filosófico desde Aristóteles o Cicerón, y la felicidad y las pasiones; pero les interesan también temas sobre los que los hombres apenas reflexionan, como el matrimonio.

Resulta muy interesante el tema de la vejez, tratado también en la Antigüedad con preguntas sobre la conducta adecuada según la etapa de la vida, pero en el que no se hablaba de ese tema en las mujeres, cosa que moralistas como Anne-Thérèse de Lambert[6] sí que hará.

Además, mientras que los moralistas hombres tienden a abstraer y a tratar las grandes verdades, las moralistas hablan de situaciones más reales y vividas. Sus observaciones, de gran profundidad psicológica, suelen ser prácticas y morales, cercanas a la vida cotidiana.

Así, los temas de reflexión más frecuentes en la marquesa de Sablé son la amistad («No hay que ver el bien que nos hace un amigo, sino solamente el deseo que tiene de hacérnoslo»), la sinceridad, la modestia («El estudio y la búsqueda de la verdad a menudo nos sirven para hacernos comprender por experiencia nuestra ignorancia natural»), el orgullo («Saber descubrir el interior de los demás y ocultar el propio es una señal inequívoca de una mente superior»), las relaciones sociales («La sociedad, e incluso la amistad de la mayoría de los hombres, no es sino un comercio que no dura tanto como la necesidad»), las apariencias («Uno puede conocerse bien a sí mismo, pero no hacemos suficiente examen de conciencia para ello, de manera que nos preocupamos más por parecer tal y como deberíamos ser que por ser como deberíamos»), el amor («El amor tiene un carácter tan particular que no se lo puede ocultar donde está, ni fingirlo donde no está») o el carácter.

En cuanto a sus fórmulas estilísticas, es explicativa, poco lapidaria, cercana a veces al consejo entre amigos como prolongación de una conversación, sin pretensión de aspirar a una verdad universal y casi filosófica más allá del salón, aunque no se resiste a decir cosas como:

«No supone gran alabanza ni gran reprobación decir que juna mente está o no está de moda. Si es como debe ser una vez, lo es siempre».

Así que, resumiendo, podríamos decir que tanto la marquesa de Sablé como otras moralistas francesas no escribían desde la pretensión de ofrecer verdades absolutas, sino desde la agudeza de quien observa con lucidez la fragilidad. Su mirada, precisa, escéptica y profundamente humana, es una invitación muy particular a pensar mejor, a juzgar con más prudencia y, por supuesto, al conocimiento y el autoconocimiento.

NOTAS

[1] Viala, Alain. Naissance de l’écrivain: Sociologie de la littérature à l’âge classique. Paris: Las Éditions de Minuit, 1985.
[2] Trullo, José Luis (ed.). Un monstruo incomprensible. Retrato de moralistas franceses (1600-1850). Sevilla: Renacimiento, 2025.
[3] Van Delft, Louis. Le Moraliste classique. Essai de définition et de typologie. Paris: Droz, 1982.
[4] Candler Hayes, Julie. Women moralist in early modern France. New York : Oxford University Press, 2024.
[5] Montaigne, Michel de. Los ensayos (según la edición de 1595 de Marie de Gournay). Barcelona: Acantilado, 2021.
[6] Lambert, Anne-Thérèse de. Sobre la vejez de las mujeres. Madrid: Guillermo Escolar Editor, 2021.

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