junio de 2026

La bajeza del Ku Klux-Klan tecnológico

Viñeta de Eugenio Rivera

Tu libertad termina donde comienza tu gilipollez.
Ignatius Farray

Casi lo más chocante pero al tiempo peligroso del ideario de esos niñatillos que se hacen llamar neoreaccionarios (pero que Alejandro Escudero moteja de Ku Klux Klan tecnológico) es su reiterada mención de la “grandeza”. Eso, claro, ya estaba en el MAGA —aunque personalmente sigo sin saber cuándo fueron “grandes” anteriormente, como se sabe a los nazis los derrotaron los soviéticos—, pero últimamente está adoptando un sesgo militar y de puro poderío nacionalista que no estaba, creía yo, en la gorra roja de Trump, que sugería más bien crecimiento económico y comercial. Peligroso, digo, porque cuando un determinado país ha querido ser grande así porque sí (la Mongolia de Gengis Kan, la Francia de Luís IV, la Alemania de Bismarck o de Hitler, y un larguísimo etcétera) es obvio que lo ha conseguido a costa de los demás, en un típico caso de juego de suma cero. Pero es que llevamos creyendo desde el Informe Beveridge de 1942 que la política ya no era eso que hizo célebre Von Clausewitz, la continuación de la guerra por otros medios. La política había llegado a ser, al menos en la zona desarrollada del globo, gestión, administración y disputa parlamentaria en el seno del Estado moderno, todo ello cuanto más aburrido mejor (https://hyperbole.es/2019/04/en-defensa-del-aburrimiento-en-politica/). Sin embargo, parece que el aburrimiento es precisamente lo que este Ku Klux tecnológico más detesta de la democracia, eso de que cada decisión o ley requiera de largas consideraciones, acuerdos, chanchullos y tomas y dacas les pone de los nervios, ellos prefieren un caudillo de hierro que no conozca límite alguno, expeditivo y con una determinación de cemento. Siglos oyendo hablar de la ilegitimidad de que el Estado intervenga más allá de la policía y la observancia de los pactos y resulta que esos mismos minarquistas ahora defienden la intervención en todos los ámbitos, incluida la “intervención” en la soberanía de Venezuela o de Cuba…

Se diría que echan de menos la acción, la aventura, esa clase de aventura en la que mueren otros mientras ellos dirigen el videojuego y vociferan las consignas. La guerra concebida como “higiene” del espíritu nacional, como la entendieron Marinetti y el primer Hegel. No nos hace falta, ya estamos todos muy limpitos. Y no necesitamos en absoluto de una grandeza que se conquiste con sangre, para grandeza verdadera la hazaña de fabricar una vacuna contra la Covid en un sólo año o la de prohibir la caza indiscriminada de ballenas. Dice Peter Thiel que el mundo del s. XXI le resulta personalmente decepcionante porque aún no existen los coches voladores, pero es que, señor Thiel, eso es un sueño de críos, los adultos no quieren que les sobrevuelen cacharros pesados que puedan caérseles en la cabeza, lo que los adultos quieren es que organismos como la ONU funcionen y que los vehículos se desplacen con Hidrógeno Verde. Pero qué se puede esperar de un hombre que dice que Greta Thunberg es el Anticristo… Son sencillamente incapaces de comprender el bien de los demás, porque nunca lo han experimentado en carne propia. ¿No sería mejor idea, tal vez, utilizar el potencial de la red y las IA(s) para implementar un sistema de democracia más participativa, como viene ocurriendo en Suiza? No, eso sería, de nuevo, aburrido para los milmillonarios, no tendrían otro remedio que volver a asistir a las guerras a matar civiles por diversión, como hicieron en los noventa en Sarajevo, o buscarse otro Epstein que les suministre carne fresca…

Cansados de la religión del beneficio, porque ya llegaron a su cima, ahora los tecnokuklux quieren grandeza, esa grandeza que ha de ser buscada en lo más profundo de una cloaca. A menudo se ha señalado que es precisamente el auge del comercio lo que evita guerras, y estos señores ahora quieren guerras no ya por las tierras raras u otros intereses crematísticos, sino en defensa de la “civilización occidental”. A estas harturas (sic) nos acordamos perfectamente de que lo mismo dijo Oswald Spengler, y tuvo lugar la Primera Guerra Mundial, y que luego lo dijo Alfred Rosenberg, y tuvo lugar la Segunda Guerra Mundial, y lo dice hoy de Euroasia Alexander Duguin, y Putin invadió Ucrania… Eso no es grandeza, es bajeza, y, como solía decir mi padre no muy elegantemente, se podían meter la lengua por el culo.

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