¡Mis queridos palomiteros!
La extensión en Madrid del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida vuelve a demostrar el enorme valor de una iniciativa que, bajo la dirección de don Jesús Cimarro, acerca a la capital algunas de las producciones más relevantes del certamen emeritense. No se trata únicamente de trasladar una programación de prestigio, sino de convertir dos importantes escenarios madrileños en espacios de encuentro con un teatro que continúa ofreciendo herramientas muy útiles para interpretar nuestro tiempo.
El Teatro La Latina acoge Memorias de Adriano, dirigida por Beatriz Jaén; Las troyanas, dirigida por Carlota Ferrer; y Cleopatra enamorada, el musical, dirigida por Ignasi Vidal. Por su parte, el Teatro Bellas Artes presentará Jasón y las furias, dirigida por Antonio C. Guijosa, y Alejandro y el eunuco persa, de Pedro A. Penco.
Esta programación constituye una magnífica oportunidad para recuperar la dimensión pública de un teatro que invita a detenerse y pensar. Frente a propuestas concebidas para el consumo inmediato, el Festival de Mérida reivindica el valor de la palabra, la reflexión y la mirada crítica sobre cuestiones que siguen formando parte de nuestra realidad cotidiana: el ejercicio del poder, la responsabilidad política, la construcción de los relatos oficiales o la relación entre el individuo y las instituciones.
Tras el interés despertado por esta programación, merece una atención especial Memorias de Adriano, una de las propuestas más sólidas y estimulantes que llegan a Madrid y que podrá verse en el Teatro La Latina hasta el próximo 21 de junio, coproducida con Teatre Romea.
Basada en la extraordinaria novela de Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903-París, 1987), escritora y novelista franco-belga y primera mujer en ingresar en la Academia Francesa, la obra sitúa al espectador en los últimos años de vida del emperador Adriano. A través de una larga carta dirigida a Marco Aurelio, el gobernante repasa sus decisiones, sus dudas y sus pérdidas, deteniéndose especialmente en la figura de Antínoo, el joven del que estuvo profundamente enamorado y cuya muerte marcaría para siempre el tramo final de su existencia. La relación entre ambos ocupa un lugar central en la propuesta y permite comprender a Adriano desde una perspectiva mucho más cercana, alejada de la solemnidad con la que habitualmente se representa a los grandes gobernantes de la historia.
Precisamente uno de los mayores aciertos del espectáculo reside en otorgar a Antínoo el protagonismo que merece. Su presencia no funciona como un simple recuerdo sentimental, sino como la pieza que ayuda a comprender muchas de las decisiones y contradicciones del emperador. La pérdida de Antínoo se convierte en el punto de partida de un examen sobre la soledad, la responsabilidad y la dificultad de conciliar la vida privada con el peso de las decisiones públicas.
La dirección de Beatriz Jaén demuestra una notable inteligencia escénica al trasladar este universo a códigos plenamente reconocibles para el espectador actual. La puesta en escena apuesta por la elegancia, la sofisticación y la depuración visual. Con apenas unos elementos de mobiliario, el espacio adquiere una enorme capacidad transformadora gracias a una videoscena de gran precisión que no desautoriza el trabajo interpretativo, sino que más bien lo pone en valor. De hecho, el uso de las proyecciones constituye uno de los aspectos más interesantes de la propuesta. Jaén explora la figura del político sometido a la observación permanente mediante una compleja red de cámaras, pantallas y dispositivos audiovisuales que adquieren un verdadero sentido dramático. No cumplen una función decorativa ni ilustrativa. Son herramientas destinadas a dar significado.
Además, la directora reflexiona sobre la seducción de la cámara y sobre el enorme poder que ejercen hoy los medios de comunicación. Adriano aparece constantemente expuesto a nuevas miradas que pretenden registrarlo todo. Existe, pues, una evidente necesidad de documentar cada gesto, cada reacción y cada palabra, como si la desaparición de una sola imagen pudiera poner en peligro la permanencia del relato histórico.
Por otro lado, la propuesta establece numerosos paralelismos con nuestra realidad política. Los dirigentes actuales viven sometidos a una permanente negociación entre lo público y lo privado, entre la gestión y la representación, entre la responsabilidad de gobernar y la obligación de desarrollar un retrato capaz de sobrevivir al escrutinio constante de los medios de comunicación.
También hay que recalcar que resulta especialmente interesante la forma en que la mirada del resto de personajes se integra en el lenguaje audiovisual. Los primeros planos y los encuadres dan buena muestra de las distintas capas de lectura de la historia y convierten al espectador en testigo directo de las contradicciones del emperador. Por ello es importante recordar que la cámara no acompaña la acción, sino que la condiciona, la multiplica y, en determinados momentos, la cuestiona.
En este sentido, uno de los grandes méritos de Beatriz Jaén consiste en haber entendido que Adriano no es solo un personaje histórico, sino un gobernante sometido a las tensiones de una sociedad que exige una exposición permanente. Así las cosas, Jaén acierta al trazar un puente hacia la política contemporánea, donde gobernar ya no consiste solo en ejercer el poder.
El reparto está encabezado por Lluís Homar, cuya interpretación de Adriano constituye el centro de gravedad de la representación. A su alrededor, Clara Mingueza, Álvar Nahuel, Marc Domingo, Xavi Casan y Ricard Boyle desarrollan un trabajo de gran precisión que va mucho más allá del acompañamiento al protagonista. Sus intervenciones permiten fragmentar y recomponer continuamente la memoria del emperador, poblando el escenario de rostros, voces y presencias que activan sus recuerdos y dan forma a sus conflictos personales y políticos.
Gracias a ellos, la función evita convertirse en un largo monólogo -increíble trabajo de memorización de Homar- y gracias a su buen ritmo se mantiene en todo momento la tensión dramática de la tragedia. Especialmente relevante resulta el diseño del personaje de Antínoo, cuya presencia atraviesa toda la representación y aporta una dimensión afectiva imprescindible para comprender a Adriano no sólo como gobernante, sino también como hombre marcado por la pérdida y por la conciencia de la fugacidad del tiempo.
El trabajo de los actores jóvenes resulta particularmente valioso porque aporta dinamismo y una energía muy necesaria para la representación. Su presencia no queda relegada a un segundo plano, sino que participa activamente en la resolución de la historia y en la articulación de los distintos planos temporales que configuran la arquitectura dramática.
Todo ello nos lleva a concluir que la propuesta alcanza una gran madurez artística y ratifica el acierto del Festival de Mérida al apostar por producciones que conjugan rigor, ambición y actualidad. Más allá de acercar grandes títulos a la capital, esta extensión madrileña reivindica el teatro clásico como una herramienta viva e imprescindible para descifrar nuestro propio presente.
Porque Memorias de Adriano no habla únicamente de Roma ni de un emperador desaparecido hace dos mil años. Habla de nuestra relación con el poder, de la creación de la imagen pública y de la dificultad de preservar una identidad propia en un mundo que demanda, casi ya por costumbre, estar expuesto a todo siempre. Y de ahí nace la importancia de un espectáculo tan inteligente como necesario.









