junio de 2026

PRETÉRITO PERFECTO / La merienda… ¡Y a la calle a jugar!

Las vacaciones de verano estaban destinadas básicamente, o únicamente, para qué engañarnos, a divertirnos y a jugar con los amigos todo el tiempo posible. ¡Y vaya si nos cundían! En aquella época, o sea, a mediados de los 60, el verano era casi interminable: desde que acababan las clases y hasta que volvíamos al colegio había un interminable y maravilloso tiempo libre entre medias que aprovechábamos todo lo que podíamos. Además, no había problemas para rellenar tantas horas de ocio. En cuanto pisábamos la calle para reunirnos con los amigos, ya desde primera hora de la mañana, teníamos a nuestra disposición todo tipo de juegos, casi para todos los gustos: el fútbol, las canicas, el escondite, el pilla-pilla, el «churro, media manga, manga entera», el balón prisionero, el trompo o peonza, la lima, el tirachinas, el pañuelo, las chapas, las tabas, el yo-yo, el tirachinas, el tacón…, sin dejar de lado el apasionante intercambio de cromos o de tebeos —que cada cual añada otros que recuerde con sumo agrado—*. El caso era jugar, fuera a lo que fuese. Por eso, todos los días, a eso de las 9 de la noche, ya empezaban a escucharse por balcones y ventanas del barrio las voces de las madres gritando hasta desgañitarse: «¡Pepito, Juanito, Antoñito, Pablito… (el diminutivo era casi obligatorio), ya está bien de tanto jugar; así que sube ahora mismo a casa para cenar, si no quieres que baje yo y te suba con un tirón de orejas!».

Razón no les faltaba, desde luego, porque, entre unas cosas y cosas, llevábamos casi todo el día en la calle. Por las tardes, por ejemplo, el proceso era siempre el mismo: almorzar, echarnos una siesta «simulada» (no había manera de dormirse por mucho que nos obligaran a ello), coger la merienda… ¡y a la calle a jugar! Por no esperar, no esperábamos ni siquiera a merendar tranquilamente en casa. Cogíamos un trozo de pan con un par de onzas de chocolate, pan con aceite y azúcar o un suculento bocadillo de mortadela y, con el delicioso manjar en la mano, allí que estábamos ya en la calle dispuestos a entregarnos en cuerpo y alma al juego que tocase.

Cosas, desde luego, de no tener ni consola, ni ordenador, ni móvil, ni Tablet, ni en muchos casos televisor… Cosas, en fin, de no tener casi de nada, salvo muchos amigos, unas calles por las que apenas pasaban coches y unas infinitas ganas de divertirnos, fuera la época del año que fuera.

*Mis más sinceras disculpas por no hacer referencia explícita a los juegos de las niñas, pero era raro coincidir con ellas en la calle y, más aún, compartir algunos de esos juegos. No obstante, según información familiar de primera mano, debo dejar constancia de que, al parecer, los juegos que más les gustaba a las chicas eran la goma, el aro, saltar a la comba, la gallinita ciega, los recortables, el diábolo, la rayuela… e igualmente el escondite, el pañuelo, el balón prisionero, el yo-yo y el pilla-pilla. De nuevo, que cada cual añada aquellos juegos de su infancia que recuerde con mayor ilusión.

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Archivo Entreletras

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