mayo de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / La letra “p”

Fotografía de Marina Sogo

Conocí a alguien, nadie que me marcara, que compraba libros con alegre frecuencia. No es algo que merezca asombro. Sin embargo, observado el hecho de que no fuese lo libresco asunto escogido en sus conversaciones, ni terciara en participar cuando alguien lo sacaba a la luz, esa costumbre de comprar alegremente libros cobraba relevancia. Recuerdo que le pregunté sin disimulo si le gustaba leer, curiosidad mía que zanjó con entusiasmo. No leía. Adujo una razón convincente y otra peregrina. Alegó que los libros requerían el tiempo del que raramente disponía, no se arredró en restar importancia al hecho fundamental de que ese ingente acúmulo de libros no fuese usado, ni tampoco se desprendió en la conversación que se afanara por encontrar el modo de dar con tiempo o que el ánimo le empujase y la biblioteca, que vi una única vez, mudase de espléndido objeto decorativo a fuente de uso y disfrute. Siendo todo esto lamentable, más lo fue constatar que no tuviese propiedad ni conocimiento alguno de esos libros. Un volumen reciente y costeado de Rayuela, no mejor que mi amada y vieja edición de Alianza, se exhibía entre Bucay y un volumen que incitaba a conocer tus zonas erógenas. Busqué con interés si tuvo la ocurrencia de haberse agenciado algo de Borges, pero no lo encontré. Sentí un raro alivio. A una perplejidad le suele acompañar otra que rivaliza con ella. Un pasmo trae uno de más asombro.

Se envalentonó, una vez ofrecida su colección de libros, a mostrarme la de discos. No tan abundante, era también numerosa. Estaba ordenada en orden alfabético. Cien o tal vez más vinilos. Algunos discos compactos, entonces de moda, llenaban una golosa balsa. Era esa época, no la posterior, la del disco compacto, mucho menos atractivo, huérfano del encanto del tamaño y del romanticismo de los discos. Los escuchaba, confesó. Esa intimidad revelada me recompuso. Lo malo (lo terrible, debo añadir) es que lo hacía en orden alfabético. ABBA. Bee Gees. Chicago. Jamás John Denver antes que James Taylor. No sé en qué mes fui invitado a su casa. No podremos saber qué alambicada locura le obligaba a respetar esta rudimentaria mecánica, la de las audiciones tasadas, previstas, concebidas como una cadena en la que un engranaje promueve y alienta el funcionamiento de otro. Hace muchos años que no lo veo, no tuve con él excesivo roce, pero era de trato fácil y se prestaba a todo con agrado. Lo que hiciera en su ocio no tendría mayor relevancia si no hubiese escuchado anoche en uno de esos programas de radio en los que la gente se confiesa y airea su rica o pobre vida interior a una mujer que hacía exactamente lo mismo. Razonaba que eran peajes, lugares que le esperaban, satisfacciones más amadas cuanto más previstas. En realidad, yo soy así, si me detengo a pensarlo con calma, o usted, amable lector, si considera pensarlo también. Sé que el viernes a mediodía, cuando salga del trabajo, iré a tomar unas cañas con los amigos. Casi estoy por asegurar qué tapa pondrán o si leeré el periódico deportivo si a los demás se les ocurre retrasarse. Sé cómo se organizan mis días, el modo en que se acomodan las noches. Con cierta frecuencia, cambio una ficha en la dinámica de las cosas, tiro hacia donde ni yo mismo espero, por hacer otra cosa, por contrariar a la rutina, por no parecerme demasiado a lo que antaño me pareció ajeno a mí, alejado de lo que sea que sea mi modo de proceder, mi ir y venir por las letras de un alfabeto invisible al que le debo ineludible obediencia y hace que me levante y haga las mismas cuatro o cinco cosas hasta que irrumpe el almuerzo y más tarde otras cuatro o cinco (seis, siete, hay días intensos) hasta que toca la cena. Así que lo extraño sería escuchar a Led Zeppelin antes que a Bill Evans. El pasar del tiempo no ha hecho que levante mi pequeña amonestación moral al hecho de que aquel individuo (pongamos M.T.) no desprecintara los libros, los dejara expuestos con la clausura del plástico. Eso sí que me duele todavía. El afecto o hasta el amor a una biblioteca no se ejerce únicamente en la propia, se extiende a otras, que se dan por nuestras, en un acto de bondad cultural como la sentida cuando te agrada un cuadro que ves o una novela que has leído y crees que el autor (el pintor, el novelista) ha pintado o ha escrito para tu exclusivo goce, como si fueses el único que va a apreciar la pintura o a enredarse en las letras de la novela.

La vida es una novela en la que no sabes la evolución de su trama. Si una mañana el tenido por protagonista es en realidad un personaje enteramente secundario o si la enfermedad, que no aparecía en las pongamos primeras doscientas setenta páginas, se instala en la doscientos setenta y una y enmaraña todo lo que sucede a partir de ahí, lo emborrona y entenebrece. También puede suceder que la novela prospere en festejos, en esa alegría sencilla de las cosas que no percibes de inmediato, mientras concurre su efecto, sino más tarde, de noche, un poco antes de irte a la cama, mientras ves la televisión, y luego de una manera más reveladora al acostarte, mientras tratas de conciliar el sueño, que es azar y es caos y en donde tal vez exista un código irracional al que damos cuartel y hasta acogemos en nuestro pecho. No sé nada de él desde mil novecientos noventa y tantos. Igual sigue en sus trece, en su tener libros porque se deben tener libros o en no dejarse fascinar por el último disco de Paul McCartney (esta semana, por cierto, ha sacado uno nuevo) si no toca la letra “p” en su particular orden de escucha.

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