En 1528, pleno Renacimiento, se publicó El cortesano, obra en forma de diálogo en la que su autor, Baldassare Castiglione, prescribía a la Europa de su tiempo cuáles han de ser las cualidades más deseables del perfecto cortesano, es decir, del gentilhombre dotado de todas las prendas corporales y espirituales que exige la nobleza de alma. Las mujeres, claro, no merecieron tanto la atención de Castiglione, más que como receptoras y potenciales admiradoras de las virtudes del varón ejemplar, pero eso no iba a cambiar apenas en los siglos siguientes, o de modo muy minoritario. ¿Qué conducta es la propia, pues, de un «hombre de verdad», como cantaba antaño Alaska? El cortesano debe dominar las armas tanto como las letras —locus classicus que defendería después también Cervantes—, siendo entendido en música, en versificación, en las artes de la conversación, haciendo gala de exquisitos modales y urbanidad, y todo ello mediante la “sprezzatura”, que consiste en una suerte de desenvoltura que hace parecer natural una excelencia que ha costado su esfuerzo. Como los personajes de Henry James, que hasta cuando son francamente malvados lo son con las maneras de una dama o un caballero de primer rango. Pues bien, la obra fue un éxito rotundo en toda Europa. La gente acomodada quería ser eso, y no un patán desagradable, grosero y ruin como nos gusta ahora a estas alturas del siglo XXI. Si Castiglione quiso enseñar a todos a ser cortesanos ideales, Donald Trump está deseducando al mundo (eso que decían en la bola de cristal: desenseñar a desaprender como se deshacen las cosas…) para convertirnos en des-cortesanos indignos. Y hay que decir que está funcionando a gran escala y extendiéndose como la pólvora. Entre otras cosas, porque es el comportamiento más sencillo posible: no es necesaria sprezzatura alguna porque no hay formación ni esfuerzo detrás que disimular (y también, creo yo, porque el propio Trump, en su tosquedad superlativa, resulta más cercano y trasparente a la gente que el habitual distanciamiento, también léxico, de los políticos al uso[1]). Se cultiva la impulsividad en bruto y la bondad de corazón se considera cursi y propia de débiles. Ni siquiera se trata del «último hombre» de Nietzsche, porque el último hombre es un despojo, el peor de toda la cadena histórica, pero también era para Nietzsche el más listo de todos…
Yo nunca he sido el más refinado de los hombres (como decía de sí mismo Al Pacino «nunca fui el más alto, ni el más guapo, ni el favorito, pero aprendí a convertir mis heridas en fuego»), pero este nuevo estilo del des-estilo me enferma. Los chavales se tratan a palos, e incluso entre amigos el apelativo más común es «retrasado». Los CEOS de las empresas más influyentes del mundo hacen el saludo nazi o cantan sus propias glorias del modo más vergonzante. El reguetón(to) es una exhibición impúdica de intenciones sucias en el lenguaje más básico y primitivo posible. La UFC, mucho más dura y brutal que el boxeo, está haciendo su agosto. Y mostrar a los demás que se es egoísta, codicioso, homófobo, fanático o chauvinista es hoy la mejor carta de presentación social. Ni los asiáticos ni los latinos ni los africanos ni los esquimales parecen haberse contagiado de esta plaga. Que paren Occidente que yo me bajo…
[1] De hecho, tengo la intuición de que las masas votan más a las derechas que a las izquierdas porque las derechas te aceptan con todos tus defectos y miserias, y las izquierdas no.












