No voy a citar a ningún autor, Fernando de Villena tiene voz de sobra para que lo escuchemos a él mismo.
Perder a una hija de veinte años es un infierno. Y Villena pasa ese infierno bordando las palabras para sobrellevarlo y seguir viviendo. Seguir viviendo y respirando a pesar de todo. Arrancando los más escondidos restos de belleza que alimenten.
Como hacían nuestras abuelas, que bordaban las ropas o las sábanas o los manteles. Y no lo hacían solo para adornar, lo hacían para sutilizar y ahondar la vida. Y para afinar la sensibilidad hacia la piel de la vida. Ahora todo es grueso y masivo.
Villena pierde a su hija y la busca por todas partes. Incluso quiere bajar a la muerte como Orfeo buscando a Eurídice. Y dice que ya su hija está en la posesión de un secreto. El mismo secreto que tiene el mar. O el secreto que radica en la eternidad azul, más allá de todas las actualidades.
Hay un fondo insensato y desesperado que nos da fuerza a pesar de todo, que nos inspira a vivir. Villena quiere destilar ese “a pesar de todo”. Y encontrar la belleza viva en la desolación.
Escribe sonetos o formas clásicas con primor a pesar de todo. Para resistir el horror con las formas de la vida. Hacer un bordado con primor como hacían nuestras abuelas. Es una forma de resistir sin estridencias. Y una forma de apreciar la existencia.
Todo son recuerdos lancinantes, pero también llenos de vida, de sus viajes con su hija, de los momentos en que admiraba la gracia de su hija, de los detalles de compenetración con ella. Y esos recuerdos son un tesoro vivo (algo concreto, más allá del tópico) lleno de sustancia y de aliento. Son algo de valor incalculable que nadie le puede arrebatar. Algo que ha ocurrido y ya nadie puede evitar. Algo secreto metido en un cofre secreto con lo que puede subsistir.
Villena habla de una luz que vendrá por fin después de la noche obstinada, que está escondida en algún sitio. La luz de la eternidad azul, de lo que no se puede estropear. Pero al final observa que esa luz está precisamente en la noche azul llena de estrellas, es precisamente la noche la que otorga mejor esa luz. Como decían los místicos.
La mística en ese caso es una desesperación llena de esperanza salvaje, una paradoja que nos supera. Y un terreno alimenticio donde vivir.
“Pero al fin se han de abrir esas cortinas / que de gris tiznan hoy el firmamento. / La eternidad azul siempre regresa”, escribe Villena. Y es que somos más de lo que somos. Vivimos en el borde de un secreto. Esa es la convicción de Villena. Y la mía.
La fe como una forma de ver más allá de la vulgaridad de los números es algo que sostiene este libro. Y en el fondo nos sustentan la belleza y la vida. Que existe ahí pese a todo. Villena excava en el “pese a todo”. Para seguir viviendo secretamente y escribir bellos libros.
Las palomas observan nuestros afanes desde arriba. Los árboles se aman en secreto sin hacer caso de nuestras obcecaciones. Villena aprende de ellos y nos invita a aprender. Al final esa desgracia lo obliga a aumentar su sensibilidad para apreciar lo que queda. Igual que surgen flores en el desierto.
La mirada poética se aguza y se hace de una hondura desesperada. Desesperada pero con una esperanza insensata. Lo insensato al final es el terreno de la poesía.
Igual que nuestras abuelas bordaban visillos o tapetes bajo las bombas o los gobiernos tiránicos, Villena borda el lenguaje para sí mismo y para nosotros. Para que el lenguaje, que tantas veces ahora nos ofusca o nos limita, al final nos rescate. Y vuelva otra vez a señalar el misterio del mundo.
En otro tiempo Villena se enroló en el barroquismo, incluso continuó obras de poetas barrocos. Pero el barroco no solo es desbordamiento o adorno, fue también inquietud y vitalidad. Un entusiasmo desbordado o una angustia desbordada. Una forma de hacernos vivir después de las arrogantes seguridades renacentistas. Y a eso se enganchó Villena.
Su poesía, antes como ahora, sigue siendo inquietud y escapar de la vulgaridad. De la vulgaridad y el adocenamiento. Con ambición interior y con raíz.
La desafiante riqueza verbal que mostraba Villena abría torrencialmente la vida. Ningún autor me hizo descubrir palabras como Villena, y así descubrir aspectos de la vida, que hoy se empobrecen al empobrecerse el lenguaje. Un libro suyo se titulaba “Conticinio”. Y yo no conocía esa palabra, no me decía nada. Pero encontré su significado, conticinio según la RAE es el momento de la noche en que todo está el silencio. Y entonces advertí con gozo que existía ese momento. Como digo, si hay muchas palabras hay muchas ventanas a la vida.
Villena recurre al mar que siempre le habla y a una eternidad azul que siempre está ahí dispuesta. Y que nadie puede manosear ni destruir. Donde hablamos de verdad sin decir chorradas. Y a eso nos invita. Deberíamos aceptar la invitación. Y dejar las falsas seguridades para aprender de una honda melancolía reveladora.
Y percibe mejor que nunca todos los encantos de su hija. Paladea los recuerdos de sus momentos frescos y encantadores. Y los aprecia de manera tan subrayada con el fondo de la eternidad azul. Como una mujer que mira en la ventana abierta hacia un firmamento misterioso.
Villena muestra algo: Que se puede bordar en el infierno. La pérdida radical hace que vengan con furia y delicadeza los momentos extraordinarios que han sido. Y que nadie puede manchar o revocar. Así lo mejor de la vida nadie lo puede estropear. Lo que ocurrió alguna vez y sigue ocurriendo para siempre. Porque forma parte del siempre.
Villena aprende con intensidad del almendro: “Y es que el almendro sabe / la importancia del fruto/ y sabe que al final/ tras las tribulaciones llega siempre/ la eternidad azul”.
El recuerdo intenso de su hija delante de las estrellas. Como escuchar una frase irrepetible delante de un hondo silencio. Así también es el libro de Fernando de Villena.











